Lee la versión Epaper
Suscríbase
Lee la versión Epaper

Como los primeros cristianos

El 6 de octubre de 2002 el Papa Juan Pablo II canonizó al fundador del Opus Dei en la plaza de San Pedro ante más de 300.000 personas llegadas de todo el mundo. El pasado 27 de septiembre era beatificado en Madrid su inmediato sucesor al frente de esa Obra, Álvaro del Portillo, ante una muchedumbre. A la cifra de cuántos fueron en una y otra ocasión yo no le concedo una primordial importancia, aunque pienso que las cifras dadas en los medios informativos están estimadas muy por debajo de la realidad. En cambio, sí señalo como muy significativa la impresión que tuvieron personas ajenas a esa institución de la Iglesia, que estuvieron allí por otros motivos: guardias suizas en Roma, policías municipales en Madrid y, en ambas ocasiones, personal de medios informativos y curiosos.

¿Qué es lo que les impactó profundamente? Presenciar una multitud no masificada sino muy personalizada, gente pacífica, ordenada, de edades y estratos sociales muy diferentes. Gente de países de los cinco continentes del mundo, pero todos ellos con un cierto aire familiar, donde abundaban los saludos de los que volvían a verse, personas con una alegría desbordante y que llegado ese momento de la misa en que se produce la consagración del pan y del vino, se recogían en un silencio absoluto, un silencio que se oía extendiéndose por todo el lugar y sus alrededores.

Ante ellos, no pude por menos de pensar en los cristianos de los primeros siglos. Entonces, como ahora, cristianos corrientes, de la calle, que, salvo por su vida de fe, por su decidido afán de tratar de ser santos, son iguales en todo a sus vecinos y compañeros de trabajo. Podrían muy bien decir estos cristianos de ahora lo mismo que Tertuliano decía de aquellos cristianos del Siglo II en su "Apología contra los gentiles: "Vivimos como los demás hombres, no nos pasamos sin la plaza, la carnicería, las termas, las tabernas, los talleres, los mesones, las ferias y los demás comercios. Con vosotros, también nosotros navegamos; con vosotros somos soldados, labramos el campo, comerciamos, entendemos de oficios y exponemos nuestras obras, para vuestro uso".

Todos los católicos viven hoy en medios hostiles. Unos en medio de la intoxicación espiritual que difunde, con insistencia e intolerancia, la cultura de la muerte. Otros, en países que practican religiones muy excluyentes, que tratan a los demás con violencias hasta el asesinato. Algo semejante al ambiente hostil del paganismo contra los católicos que existió en el Imperio Romano decadente y que culminó en los genocidios de los emperadores Nerón, Domiciano, Adriano, Antonino, Decio y Diocleciano. Con razón el Papa Francisco ha señalado que los mártires cristianos de hoy superan en número a los de otros siglos. ¿Motivos para el pesimismo? Yo pienso que no, que en un mundo como el actual, que cada vez se torna más hostil contra Dios, contra el cristianismo y muy en especial contra la Iglesia Católica, porque constata que en ella se encuentra la mayor resistencia ante los ataques de la cultura de la muerte, hoy, como ayer, "la sangre de los mártires es semilla de cristianos".

En cuanto al Opus Dei, ahora es muy evidente que lo que el sacerdote Josemaría Escrivá predicaba allá por las primeras décadas del siglo veinte, en medio de incompresiones, persecuciones y calumnias, vino a tener su rotundo reconocimiento en el Concilio Vaticano II con su llamada universal a la santidad de todos los católicos y con la importancia decisiva que ese concilio le dio al apostolado de los laicos en la vida y expansión apostólica de la Iglesia Católica, en la evangelización del mundo entero.

San Josemaría pudo decir, con toda razón, "se han abierto todos los caminos divinos de la tierra" porque el Opus Dei trazaba un camino abierto a la santidad de todos los laicos, de los cristianos corrientes, que saben encontrar a Dios en medio del mundo.

*Dr. en Medicina.

Columnista de El Diario de Hoy.

luchofcuervo@gmail.com