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La clase media sale a la calle

Las pasadas semanas pareciera como que el mundo entero salió a la calle. Desde Egipto hasta Brasil, pasando por Nicaragua, las protestas masivas fueron el medio a través del que poblaciones descontentas canalizaron sus frustraciones y deseos de cambio. En Egipto, el descontento y la presión lograron ponerle fin al gobierno de Morsi y la Hermandad Musulmana. Para muchas mujeres la protesta era un medio para, además de exigir un gobierno diferente, luchar por sus derechos en una cultura cuya legislación impone estándares diferentes para hombres y mujeres y en la que los abusos y violencia sexual son pan de cada día.

En Brasil, las protestas que en un principio eran en contra de un aumento a la tarifa del transporte público, reflejaron algo más: descontento con la clase gobernante, cansancio de la corrupción y burocracia intrincada, hartazgo con una mala administración que demagógicamente, se puso del lado de las protestas, como si no tuvieran que ver con ellos. Los rótulos que se veían entre la gente permitían analizar los sentimientos que movían a muchos para estar ahí. En uno podía leerse: "Si importan médicos cubanos para mejorar la salud, que importen políticos suecos para acabar con la corrupción".

Los brasileños tienen una de las cargas fiscales más altas con servicios de pésima calidad. Brasil, que si bien es la sexta economía del mundo por el tamaño de su PIB, pero si se divide entre su población, el PIB per cápita los deja en el lugar 106. Las protestas lograron que en la legislación se aumente la severidad de las penas por delitos de corrupción, sin embargo, en un país con débil institucionalidad la ley y su cumplimiento tienden a ser cosas muy diferentes.

Mientras tanto, en Nicaragua, una protesta de adultos mayores (y grupos de ciudadanos que se convirtieron en sus aliados) dejó asomar la cara del horroroso abuso de la fuerza. Daniel Ortega, conocido mundialmente por su gobierno cleptócrata y su presidencia de dudosa constitucionalidad, buscó reprimir la protesta pacífica con gas pimienta y policías abusivos, que sirvieron para "restablecer el orden", pero que en nada transforman ni mejoran su evidente mala administración.

Lo que todas las protestas tienen en común, aparte de los tristes abusos de la fuerza del Estado en contra de los mismos ciudadanos que lo sostienen con sus impuestos, es la demostración de la fuerza de la clase media. Si bien en Nicaragua la situación socioeconómica de los adultos mayores, que se manifestaron es menos privilegiada, encontraron a sus mejores aliados en la nueva generación de ciudadanos de clase media, conectados y organizados a través de las redes sociales y educados sobre el evidente fracaso de sus gobernantes.

La protesta es una bandera propia de la clase media: la clase alta no la necesita, y para la clase baja el costo de oportunidad de salirse a protestar tiende a ser demasiado alto. Los mismos políticos que romantizan a la clase media, pues son un atractivo grupo qué atraer a las urnas, serán irónicamente quienes más padezcan sus reclamos, pues está inconforme, está harta y se ha dado cuenta de que más que ayudar, muchos gobiernos se están convirtiendo en un obstáculo para su movilidad social. Lo anterior es sumamente valioso, pues es un gran paso para construir sociedades en que los gobernantes sean realmente mandatarios y los ciudadanos, sus jefes.

*Lic. en Derecho.

Columnista de El Diario de Hoy.

@crislopezg