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Choque de trenes

Por lo visto últimamente, da la impresión de que a bastantes se les ha olvidado que el Estado se fundamenta en la articulación y balance de tres poderes: uno legisla, otro ejecuta y un tercero garantiza que todo se viva de acuerdo a la ley. No cualquier ley, la Constitución.

Cualquiera de los tres que piense que es absoluto no puede sino desentonar, y si además se alía con otro para arremeter contra el tercero, en la medida en que el restante se mantenga firme en su posición, basándose, claro está, en la Constitución y no en caprichos, ideologías o componendas, el espectáculo evoca un choque de trenes. 

Además, parece que se les olvida que si una votación fue hecha por los diputados de manera inconstitucional, nada prohíbe que se vuelva a plantear el asunto y se haga legítimamente. 

Un buen número de políticos han actuado de manera un tanto agresiva. Colaborando en muy poco a abonar en la cultura de paz que el país necesita. Como si no supieran cómo funcionan las cosas: acusan al juez, no de aplicar la ley, sino de crearla. Achacan las consecuencias de actos inconstitucionales al que señala la inconstitucionalidad y no al que se ha saltado la ley fundamental; dicen que hay injerencia cuando lo que se ha dado es cumplimiento de una función contemplada en la misma Constitución que todos han jurado obedecer… En fin. Se enfurecen con el mensajero y se les olvida el mensaje, critican al que aplica la ley, y obvian la ley misma.

¿Y los intelectuales? Quienes aparecen en editoriales, entrevistas, algún seminario, conferencias, miembros de tanques de pensamiento. Tengo para mí que se debaten entre dos sensaciones: la incredulidad y la indignación. La tónica general es dar por supuesto que todos los que critican las decisiones de la Sala son entendidos en derecho, o al menos asesorados (perdón por la mala palabra) por expertos que conocen la ley y sus alcances. Y por ello no salen de su perplejidad al oír declaraciones que dan pie a pensar seriamente que quienes las hacen son necios, o simplemente perversos. Y ya se sabe que es muy difícil criticar o razonar con alguien que pertenezca a una de esas dos categorías.

En cuanto a la indignación, está fuera de duda que la comparten con la mayoría de la gente. Además, en estos dorados tiempos en que el estamento político se ha ido devaluando cada día más por todas las noticias, tanto de acciones de corrupción en el extranjero (desde parlamentos hasta la FIFA, pasando por bastantes presidentes), como en el propio patio. De hecho, ya no extraña a nadie que prácticas habituales en el pasado: madrugones legislativos, aceleración de procesos de aprobación de ley, negocios particulares fundamentados en información privilegiada obtenida por posiciones públicas, el puro y duro nepotismo, etc. Sean ahora rechazadas cuando antes, simplemente, eran ignoradas.

Por eso, cuando uno contempla a ciertos políticos, uno que otro intelectual, y bastantes troles defendiendo la posición que identifica a la Sala como la madre de todas las desgracias, no le queda más que preguntarse por qué no llegan a comprender que las condiciones de circulación de la información, y la comprensión de la gente común y corriente de asuntos constitucionales ha mejorado considerablemente. 

La respuesta podría venir, quizá, de entender que quienes ven las cosas desde una posición ideológica no miran lo que es sino lo que quieren ver, o de considerar, lo que es más preocupante aún, que su cinismo les lleva a pensar que hagan lo que hagan están tan atornillados en el poder, que no importa cómo procedan o lo que digan, pues al final siempre habrá quienes voten por ellos.

*Columnista de El Diario de Hoy.

@carlosmayorare