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La chispa que encendió la hoguera

El recuerdo más nítido que tengo de las elecciones presidenciales de 1972, es la urna que, llena de papeletas, yacía en el techo de la alcaldía municipal de Jocoro. Se miraba desde un alto balcón interno de la casa de mis abuelos. En esa manzana frente al parque estaban el mercado municipal, la clínica de salud, la oficina del telégrafo, una casa comunal, una oficina del Ministerio de Agricultura y Ganadería, el cuartelito de la Guardia Nacional, la alcaldía y la casona de mis abuelos.

Esos meses de febrero y marzo de 1972, fueron locos. Pasó de todo en poco tiempo. Una intensa campaña electoral que puso en tensión al país como nunca antes; elecciones presidenciales y denuncias de un escandaloso fraude electoral; protestas callejeras; anuncio del surgimiento del Ejército Revolucionario del Pueblo tras dar muerte a dos guardias en San Salvador; golpe de Estado fallido contra el presidente Fidel Sánchez Hernández y contragolpe en medio de fuertes combates. Todo en menos de 60 días.

No exagero al decir que lo ocurrido en ese corto período fue la chispa que encendió la hoguera de la violencia nutrida que se desató en el país desde entonces. Hacía décadas que se venían acumulando las causas diversas que dieron origen a la guerra que estalló en toda su magnitud a principios de los Ochenta. A las deplorables condiciones en las que vivían grandes sectores de la población se sumaban el autoritarismo de los regímenes militares, fomentado por los Estados Unidos en el marco de la guerra fría y la perseverante prédica clasista que se hacía desde diversas tribunas, incluyendo púlpitos y cátedras.

El fraude de 1972 fue el gran desencadenante. La gente quería cambiar el rígido orden militar establecido por medio de vías pacíficas. Por eso vio en la gran alianza que formó la Unión Nacional Opositora, que incluía a demócrata-cristianos, social demócratas y en menor grado a los comunistas (siempre colados en todas las ensaladas), una esperanza. Ya para entonces la incipiente guerrilla daba los primeros pasos para conformar sus frentes de masas.

Tras el fraude y el fracaso del golpe de Estado, que también fue visto con alguna simpatía por una expectante población, las organizaciones de masas de izquierda se convirtieron en la gran alternativa para realizar los cambios. El crecimiento del Bloque Popular Revolucionario, las Ligas Populares 28 de febrero y el Frente Amplio Popular Unido, fue vertiginoso. De pronto esas organizaciones eran capaces de movilizaciones diarias a nivel nacional y hasta de poner a decenas de miles de manifestantes en las calles cada vez que querían.

Muchas de esas manifestaciones, en las cuales iban milicianos armados, tenían enfrentamientos con los Cuerpos de Seguridad. Las calles de las ciudades, especialmente San Salvador, se convirtieron en campos de batalla con templos y sedes diplomáticas tomadas, muertos en las calles, atentados dinamiteros, huelgas. Y de fondo las desapariciones de opositores al gobierno y los secuestros de empresarios. Así la escalada violenta fue ascendiendo hasta que estalló la guerra abierta en todo el país. Una guerra que cobró la vida a decenas de miles de personas, además de la destrucción de la infraestructura productiva.

La guerrilla se hizo fuerte alimentada por las organizaciones de masas multitudinarias. Y estas a su vez crecieron cuando los partidos políticos perdieron credibilidad como los principales agentes del cambio, producto del fraude de 1972. Al parecer hay mentes, y no pocas según parece, en el FMLN que acarician la idea de un fraude en caso de perder las elecciones. Deberían recordar que fue precisamente hacer trampa a la voluntad popular la chispa que encendió aquella hoguera.

* Columnista de El Diario de Hoy. marvingaleasp@hotmail.com