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Celebrando en familia

En siete días todos estaremos celebrando la Navidad. Es importante aprovechar la oportunidad para ayudar a nuestros hijos a desarrollar su propia fe. No trivialicemos la festividad. Aunque no seamos cristianos, mucho se puede aprender de reconocer al menos al Jesús histórico y compartir en familia las creencias y valores de esta persona que vino a cambiar el mundo.

Para los católicos lo principal es haber participado de manera consciente y perseverante en estas cuatro semanas de preparación. Los que somos padres hemos conocido la ilusión de la espera. Por nueve meses nos preparamos para la venida. Al inicio tratando de asimilar la alegría y la angustia de ser padres. Luego estando alertas a los pequeños cambios en la mujer conforme ese nuevo ser crece y se fortalece. Para finalmente prepararnos alistando el pequeño espacio en el hogar donde lo recibiremos.

Jesús ha nacido entre nosotros y ahora nos preparamos para recibirlo de nuevo. Hemos decorado nuestra casa y hemos alistado un pequeño pesebre donde llegará a nuestro hogar este ser especial el 24 de diciembre por la noche. No importa la sencillez o la ostentosidad de los arreglos navideños. Importa cómo hemos preparado nuestro corazón y cómo cultivamos en la familia este amor a Jesús y a sus padres.

Hay que recordar algunas de las lecciones importantes de este aniversario. Jesús no nació en un lugar sencillo. Nació en un lugar peor. Eligió un establo, el lugar destinado para los animales. Y allí en medio de ellos nace un Salvador. Un Dios que se hace hombre para salvarnos. Un rey que se humilla para resplandecer mejor. Hay muchos en nuestro querido país cuyo hogar es incluso peor que ese establo. No olvidemos visitar a los pobres y aprovechar estas navidades para dignificar en ellos al Rey de Reyes. Tampoco olvidemos que no necesitamos grandezas para resplandecer ante los ojos del Padre.

Los primeros en llegar a visitar a Jesús fueron pastores. No llegaron famosos dignatarios, ni funcionarios, ni los poderosos de Belén. Llegaron las personas más sencillas y humildes del pueblo. Ellos fueron los elegidos para que visitaran a Jesús. Aunque sus principales características pueden ser la humildad y sencillez, también permiten entender que por vocación dan protección y guía. Dejemos pues nuestros carros de lujo a la puerta. Despojémonos del hombre viejo para acercarnos con humildad al pesebre.

Luego llegaron unos magos de Oriente, hombres sabios, a adorarlo. Ellos durante muchas lunas siguieron una estrella. Buscaban al Salvador y descifraron signos que les ayudaron a encontrarlo. Nosotros debemos buscar la estrella que nos guiará al encuentro con Jesús. Me imagino que no todas las estrellas serán iguales. Pero, si hemos buscado bien, todas nos llevarán a Jesús, aunque antes debemos haber aceptado el llamado del Padre. A María un ángel le anunció que sería madre del Altísimo. Aunque al inicio con miedo, ella acepta recibir a Jesús, permitir que crezca en su vientre y dar a luz. ¿Cuántas veces no hemos recibido esa invitación nosotros? ¿Habremos aceptado ya el reto de recibir a Jesús para amarlo?

El Padre ha enviado a su hijo por nosotros en una clara lección de amor. Padres e hijos juntos podemos cumplir una misma misión en la vida. Cada uno tendrá su propia realización personal y sus propios logros y fracasos. Sin embargo, en lo fundamental no sólo podemos, sino que debemos estar unidos. La misión de amar al prójimo, de dar aquellos pequeños pasos que a veces para los demás son gigantescos saltos, de permitir la dignificación de la vida. Padres e hijos estamos llamados a cambiar el mundo. Aprovechemos esta Navidad para recordarlo y para celebrar un año más la venida del Salvador.

*Columnista de El Diario de Hoy.