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Cataluña y España

Una parte sustancial de los catalanes quiere separarse de España. Crearían, si los dejan, un Estado independiente. ¿Cuántos son? Parece que algo más del 50%, pero no se sabe con precisión porque la Constitución no autoriza los plebiscitos. (Rajoy tiene razón: no puede admitir lo que la ley prohíbe). En todo caso, el número de los secesionistas aumenta paulatinamente. Dato, este último, que tiene dos lecturas. De la misma manera que, coyunturalmente, crece, también puede reducirse en el futuro.

El nacionalismo catalán es de vieja data. Tuve cuatro tías abuelas que se quedaron solteras en La Habana, pese a ser bonitas y educadas, porque nunca encontraron catalanes con los cuales casarse. Mientras estuvieron en edad de merecer viajaban anualmente a Cataluña en busca de compañeros, pero regresaban con las piernas vacías. Ejercían una forma extrema de nacionalismo genital. Hace muchos años, cuando se lo conté a Jordi Pujol, entonces Presidente de la Generalitat, se le aguaron los ojos de patriotismo.

En todo caso, los catalanes independentistas esgrimen argumentos dotados de cierto peso. Tienen una historia parcialmente diferente y hablan una lengua romance distinta al español. A lo que el resto de sus compatriotas les responden que cada región de España también tiene una historia diferente y, al menos dos de ellas, conservan otros idiomas además del castellano: el gallego y el euskera.

España, precisamente, es eso: un mosaico de trozos medievales surgidos, esencialmente, de un pasado edificado sobre un milenario sustrato celtibérico al que Roma, a lo largo de muchos siglos, dotó de una lengua, una ley, una religión y un perfil urbano comunes. Fue con esos mimbres con los que los Reyes Católicos, finalmente, tras derrotar a los moros en Granada, trenzaron algo parecido a España a fines del Siglo XV.

Pero el nacionalismo no es un asunto que atiende razones. El nacionalismo es una cosa del corazón. Una emoción profunda que tiene su asiento en los lazos secretos que unen las tribus. Esto lo entendí muy bien leyendo los papeles de un culto antropólogo español llamado José Antonio Jáuregui, a quien, injustamente, casi nadie toma en cuenta en nuestros días.

Para Jáuregui, nuestra especie estaba a merced de la acción de los neurotransmisores, grandes fabricantes de sensaciones placenteras o dolorosas, y a éstos desalmados mecanismos sólo les interesa que el bicho humano se reproduzca y prevalezca. Para esos fines, los nexos unificadores eran importantes porque forjaban metas comunes que no estaban al alcance de individuos aislados.

El amor a la patria, el temblor emotivo al escuchar los himnos nacionales, el orgullo por las victorias de nuestros ejércitos, o las distinciones conferidas a nuestros héroes, incluso el grito de alegría genuina cuando gana nuestro equipo, son estrategias de supervivencia inducidas por los neurotransmisores. Nos gratifican con esas sensaciones agradables con el objeto de que las reproduzcamos. Nos castigan cuando nos movemos en la dirección opuesta.

Por eso es inútil decirles a los catalanes independentistas que la separación es un mal negocio o rebatirles los argumentos históricos o culturales con informaciones eruditas que demuestran los errores en los que incurren. A las emociones no se les combate con razones. ¿Qué se hace entonces?

No hay una respuesta clara. Tal vez la solución menos mala es juntar a los partidos nacionales (el PP, el PSOE, y UP y D) y forjar una barrera legal infranqueable. Tal vez sea modificar la Constitución para dejar abierta la puerta de la secesión, como los canadienses en Quebec o los ingleses en Escocia, evitando que, algún día, en el futuro, la sangre llegue nuevamente al río.

Es probable que la mayor parte de los habitantes de Cataluña no quieran la independencia si pudieran acceder a ella, como sucede en Quebec y en Escocia, pero acaso la imposibilidad de separarse de España sea uno de los factores que aumenta la tendencia rupturista, en la medida en que les multiplica a los secesionistas la sensación de ser víctimas de una gran injusticia, factor que incrementa la temperatura nacionalista.

En todo caso, lo más importante es solucionar el conflicto pacíficamente. El pasado 1 de abril se cumplieron 75 años del fin de la Guerra Civil española. Varios cientos de miles de personas dejaron la piel en aquel conflicto fratricida. Uno de los factores que los lanzó a las trincheras fue el separatismo. Nunca más debe suceder algo así. Paradójicamente, tal vez la manera de evitarlo es abrir la puerta, pero invitando sinceramente a los catalanes a que se queden. Son una parte fundamental de España.

*Periodista y escritor. Su último libro es la novela Otra vez adiós.