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La casa no está quebrada

El gobierno entrante será recibido con coros que le dicen que la economía, el gobierno, o ambos están quebrados, en una situación tan mala que requiere de acciones desesperadas, de esas que cuando se toman tiran la imagen del país al trasto de la basura en los mercados internacionales, volviendo casi imposible conseguir crédito y forzando al gobierno a tomar posteriores medidas de ajuste tan drásticas que tienen un altísimo costo político. De hecho, como cualquier estudiante de secundaria puede entender, sólo con decir que uno no puede pagar sus deudas, y que quiere renegociarlas, cierra las puertas del crédito internacional. ¿Quién le va a prestar a alguien que dice que no puede pagar sus deudas? Peor aún si en adición a decir que no puede pagar sus deudas, un país hace locuras que aseguran que efectivamente no las podrá pagar.

Decir que uno no puede pagar es bien tonto no sólo por eso sino porque no es ni lejanamente cierto. La verdad es que la situación es delicada pero no crítica. Esta situación no es sin precedentes, tampoco. En 1989, el gobierno recibió una deuda que además de una deuda que como porcentaje del Producto Interno Bruto (PIB) era tan alta o más que la actual, y una inflación que era de más del 30 por ciento anual, y un país que estaba en guerra. Todo esto mejoró inmediatamente. La deuda se redujo como porcentaje del PIB a menos de la mitad (de más de 50 por ciento en 1989 a 24 por ciento del PIB en 1998), la inflación se redujo en el 2 por ciento para 1997, y el país, que era un derelicto en los mercados de crédito internacionales, obtuvo una calificación de grado de inversión en 1997. Y en todo este período, el gobierno pudo no sólo cumplir con sus obligaciones normales sino que, además, financió y pagó un porcentaje alto de los costos de los Acuerdos de Paz. Y la situación de 1989 no era una situación que pudiera calificarse entre las verdaderamente catastróficas. En esas, se pierde el control de la economía, la inflación se va al techo, se pierde las relaciones armónicas con los acreedores.

Nada esto está pasando ahora. Ciertamente que el manejo de la economía de este gobierno ha sido desastroso en todas las dimensiones de las políticas económicas: los ataques verbales contra los inversionistas disecaron la inversión, la agresividad de muchos burócratas contra las empresas volvieron más lento el ritmo productivo, los desmanes en los gastos dilapidaron la recaudación de impuestos (una de las pocas variables que mejoraron), todos los indicadores de productividad y eficiencia cayeron, la calificación del país cayó de grado de inversión a grado especulativo. El gobierno ha dilapidado los recursos tan terriblemente que casi no tiene liquidez.

Pero todo esto, y más, puede resolverse con una buena administración económica, sin causar una crisis, sin faltar un día en el pago de la deuda del país, sin dejar de atender las necesidades sociales del país, y generando un muy deseado crecimiento económico. Esto es porque las bases fundamentales de la economía estaban tan bien plantadas cuando entró este gobierno que han mantenido la estabilidad del país aun después de cinco años de abusar de ellas.

Es importante, sin embargo, que el nuevo gobernante sepa que él no gozará de esta ventaja. Diferente de lo que pasó con este gobierno, el suyo sufrirá las consecuencias de sus propias acciones, en su propio período. Este gobierno se gastó la reserva de estabilidad y dinamismo que había quedado de administraciones anteriores. El nuevo gobierno no tendrá esta reserva. Ya este gobierno se la acabó.

Por su bien, entonces, el nuevo gobernante debe alejarse de esos que le pintan escenarios catastróficos en el corto plazo para justificar medidas alocadas que lo único que harían sería destrozar las posibilidades de éxito del nuevo gobierno. El nuevo gobernante podría en ese caso despedir a los que le aconsejaron las locuras, pero ya el daño habría sido hecho, y en vez de tener una economía sana que puede crecer si se le atiende bien, se quedaría con un desierto de actividad económica que no podría rescatar en sus siguientes cinco años.

*Máster en Economía,

Northwestern University.

Columnista de El Diario de Hoy.