Lee la versión Epaper
Suscríbase
Lee la versión Epaper

Carta a María Paulina

El 26 de marzo de 2011, el día que me convertiste en padre, fueron mis lágrimas las que acompañaron tu primer llanto. Tu madre, que había llorado de frustración tras varias horas en labor de parto, te dedicó la mirada más tierna que he visto en un ser humano. Imposible describirte aquel momento único, irrepetible. Los cuatro años que han pasado desde aquella fecha no han podido darme la combinación de palabras que hoy necesitaría para expresar lo que sentimos al contemplarte por primera vez. Eras la diminuta encarnación del amor que tus papás se habían prometido ante Dios, y eras a la vez una nueva promesa. Nuestras vidas, lo intuíamos, no volverían a ser las mismas, e intuíamos también que nunca íbamos a lamentarlo.

Cuando te trajeron a la habitación del hospital venías envuelta en delicados paños, bien apretadita como un tamal. Ya no estabas morada ni había crispación en tus deditos enjutos. Reposabas con los ojos cerrados y solo abrías la boca para bostezar. ¡Casi se diría que no eras tú quien había dado tanto trabajo la noche anterior! Yo me acercaba para verte mejor, hasta casi juntar mi nariz a la tuya. Apenas podía creer que por fin estuvieras allí, con tu manita aferrada a mi índice. Ahora que lo pienso, hubiera podido morir tranquilo aquella misma noche, porque acababa de atestiguar el milagro de tu nacimiento.

Nadie había adjuntado ningún manual en el paquete que llevaba tu nombre. Aprender a sujetarte fue nada comparado con la búsqueda de tus primeros eructos, remedios que no siempre llegaban con la celeridad necesaria para evitar los temibles cólicos. Conducirte hasta la casa me produjo el descubrimiento de una nueva habilidad motriz, porque jamás en la vida he vuelto a manejar tan despacio. ¡Yo hubiera querido que todos los vehículos de la ciudad amanecieran sin gasolina aquella mañana! ¿Qué no se daban cuenta los demás conductores que acababas de nacer y hacías tu primera incursión por las calles de San Salvador?

Un alma caritativa nos había advertido que nuestras noches iban a verse trastornadas para siempre. Le creímos solo la primera parte. Pero hasta los desvelos por llanto fueron menos trabajosos que las sentadas nocturnas a la par de tu cunita escuchando con angustia una tos seca o una respiración flemosa. ¿En qué universidad podría alguien preparar a nadie para enfrentar semejantes niveles de ansiedad?

Pues sí, princesa: tus progenitores fueron aprendiendo en el camino. La falta de instructivos hizo que nuestro máximo esfuerzo se convirtiera, por gracia divina, en la contribución exacta que la biología necesitó siempre para contrarrestar nuestra ignorancia. Y la bendición de tener una esposa como tu mamá hizo que los errores de tu papá tuvieran repercusiones más bien benignas. Para decírtelo con la claridad debida, ¡no sé qué habría sido de ti y de mí sin las intuiciones de tu madre! Sin ese instinto tan particular que cría hijos al tiempo que termina de criar esposos, ¡imposible sacar adelante un hogar!

Hoy celebro por cuarta ocasión un día que solo tiene sentido porque estás con nosotros, porque tu risueña existencia ilumina esta familia que Dios dispuso para ti. Sin embargo, María Paulina, no he querido dejar de aprender lo que el amor puede enseñarme. Una frase que ha sido atribuida a Elizabeth Stone dice así: "La decisión de tener un hijo es trascendental. Se trata de decidir para siempre que vas a tener tu corazón caminando fuera de tu cuerpo". Y así es, en efecto.

Cada mañana salto de la cama para elevar al cielo una oración en la que eres protagonista desde antes que nacieras. Y a ese Padre bueno, mío y tuyo, le pido las luces que por mis solas fuerzas me sería imposible alcanzar. Nunca voy a amarte como Él te ama, pero sí puedo luchar cada día por amarte más y mejor. ¡Felicidades a todos los padres en su día!

*Escritor y columnista de El Diario de Hoy.