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Carta abierta a Salvador Sánchez Cerén

Nadie que lea mis columnas pensará que voy a votar por usted, profesor. Pero mi propósito con esta misiva no es ahondar en las ideas que siempre he adversado a su partido, sino dejar un testimonio por escrito de las razones que muchos salvadoreños encontramos para seguir desconfiando del FMLN, incluso por encima de las debilidades que también vemos en ARENA. Porque ninguna de las dos opciones asegura gobiernos ideales. La diferencia es que la de la oposición es una alternativa sin saltos al vacío, mientras que la suya, Salvador, se muestra incapaz de garantizárnoslo.

La semana pasada le escuché a usted en dos entrevistas muy reveladoras. En ambas se mostró como el candidato de una izquierda moderna, dialogante, respetuosa de la institucionalidad y dispuesta a someter a revisión sus ortodoxias ideológicas. Cualquiera habría pensado que escuchaba al vocero de la socialdemocracia alemana o algo parecido.

Usted afirmó querer trabajar para que "todos, todos" --y aclaró que no hacía distinciones entre ricos y pobres-- "seamos felices en El Salvador". Por muy "revolucionario, democrático y socialista" que se defina el FMLN, fue usted enfático al proclamar que "la ideología no se impone". Y agregó: "Tampoco estoy en la lógica de que en esta sociedad debe de haber un enfrentamiento de clases". Esa idea de que "los pobres tenemos que quitarle a los ricos", dijo, era una "concepción dogmática". "Ahora la realidad es otra. Ahora tenemos que construir juntos".

Si ninguno de los que escuchamos sus palabras, Salvador, hubiéramos vivido en El Salvador en los últimos 30 años, sería fácil creerle. Pero el abismo que existe entre su actual discurso democrático y la trayectoria sucesiva del Frente --como guerrilla, oposición política y partido de gobierno-- ofrece amplios márgenes a la suspicacia.

A mí me preocupa que usted califique al gobierno de Mauricio Funes como uno "de concertación" y "entendimientos". Si tal hubiera sido el caso, los índices económicos del país serían otros. Lo que en realidad ha caracterizado al gobierno actual es la confrontación, montada en ese discurso divisionista entre ricos y pobres que hoy usted llama "dogmático". Pero para poder creerle, Salvador, no basta con que haga a un lado el recetario marxista, sino que acepte que la imposición de dos reformas tributarias, por ejemplo, o el manejo interesado del CES, o la poca transparencia en el gasto público, son reflejo de una manera errónea de concebir el ejercicio gubernamental.

"Nosotros no vamos a reformar la Constitución. Y se lo digo aquí a los salvadoreños". Fueron palabras suyas, profesor, delante del periodista Moisés Urbina. También habló de un Estado "no interventor, respetuoso de la propiedad privada, de la libertad empresarial" y "que da seguridad jurídica". ¿Le parece que el FMLN ha dado muestras inequívocas de esto? Funes, de hecho, lleva meses violando las leyes electorales y la propia Carta Magna; los negocios Alba no han competido, desde el origen de sus recursos, en igualdad de condiciones en nuestro mercado, y el Frente ha encabezado una insensata cruzada contra la Sala de lo Constitucional.

Pero si me lo pregunta a mí, Salvador, lo que más alarma de su postura como candidato es lo que no se atreve a decirnos sobre la situación en Venezuela. Lo que está pasando allá es trágico, y resulta muy revelador que usted insista en recordarnos que el régimen de Nicolás Maduro ha sido "legítimamente electo por el pueblo", ¡afirmación que igualmente cabía hacer de Adolfo Hitler en la Década de los Treinta! No, profesor Sánchez. La legitimidad de un gobierno radica también en que no abuse del poder para ganar elecciones, algo que en Venezuela sucede desde hace varios años y que aquí en El Salvador está empezando a alcanzar niveles de descaro nunca vistos. Todo esto, por cierto, en el marco de un primer gobierno del FMLN. ¿Cómo no va a preocuparnos, Salvador, lo que pueda pasar en un segundo mandato de su partido?

*Escritor y columnista de El Diario de Hoy.