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Cantemos lo nuestro

Así tituló el ahuachapaneco Alfredo Espino, uno de los más célebres poetas salvadoreños, una de sus obras mejor logradas. En ella, imprime la nostalgia y el cariño por el terruño, resaltando con ternura, que es en nuestro país donde se esconde la musa inspiradora que mueve a los poetas (u otros artistas o emprendedores).

Afirma que la musa es local, pues nuestra tierra esconde con sus olores y sonidos riquezas propias que nada tienen que envidiarle a otras.

Dice al respecto Espino, "El terruño es la fuente de las inspiraciones: ¿A qué buscar la dicha en suelos extranjeros? ¡Si tenemos diciembres cuajados de luceros! ¡Si tenemos octubres preñados de ilusiones!". Hay que distinguir sin embargo, que Espino no menosprecia con esto los suelos extranjeros, sólo resalta que los propios también tienen lo suyo para ofrecer.

La humilde lección que nos deja este poeta salvadoreño es una que vale la pena recordar en el contexto de los nacionalismos absurdos que tiende a exacerbar la Copa Mundial de Fútbol.

Y vale la pena recordar esa simple lección, de que el cariño por lo propio no debe implicar el odio a lo ajeno o desconocido, a la hora de que las pasiones desbordadas en el contexto del Mundial lleven a la trivialización de racismos colonialistas o a la expresión de xenofobias pueblerinas.

Como bien dijera Mario Vargas Llosa, el nacionalismo es enemigo de las libertades y una cultura de incultos: "un viejo colectivismo que atrae como un imán en nuestra época a los nostálgicos del fascismo y el comunismo".

¿No es, pues, nacionalismo irracional lo que despierta rivalidades entre países vecinos, cuya geografía común debería generar una convergencia inevitable en necesidades, problemas y culturas? ¿No es, al final del día, nacionalismo poco pragmático lo que levanta absurdas barreras migratorias entre los países del Istmo centroamericano?

Nacionalismo, de ese ponzoñoso que disparan políticos tanto de izquierda como de derecha en Estados Unidos para justificar sus posturas antiinmigración con el fin de limitar la competencia en mano de obra que tanto favorecería a su crecimiento económico.

Nacionalismo nada diferente al que lanzan en sus discursos demagógicos los embajadores del bolivarianismo del Siglo XXI contra "el imperialismo yankee", un constructo que cuando envían tweets desde sus iPhones o se pasean por Florida tienden a ignorar.

La Copa del Mundo debería, más que exacerbar el nacionalismo pueblerino, servir como representación enorme de los avances de la globalización y como celebración deportiva de nuestra humanidad compartida: celebración del hecho de que el Babel políglota en el que vivimos pueda, por un momento callar sus voces disonantes y guardando silencio, dar paso a comunicarse con el lenguaje común del fútbol, donde por 90 minutos no se distingue entre razas, lenguas, religiones o tamaño del PIB.

En la cancha, todos se ven iguales y se miden con la misma vara. Y eso, vale la pena celebrarlo.

*Lic. en Derecho.

Columnista de El Diario de Hoy.

@crislopezg