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En Cancún el calentamiento global cambió de nombre

Después del fracaso de Copenhague, se acertó al reunirse en un lugar y clima más agradables: las tibias y bellas playas mexicanas de Cancún. Allí la madre naturaleza siguió con su peculiar sentido del humor. Si antes se había burlado de los "calentólogos" con sucesivos inviernos de enormes nevazones paralizantes de toda actividad en EE. UU., Europa y gran parte de Asia, ahora, durante los días que duró la reunión en Cancún, les obsequió con temperaturas extrañamente bajas: 12,5C° (53F°) récord para el lugar. Pero no importó demasiado porque el tequila y el güisqui corrieron abundantes durante todo el transcurso de la reunión.

Allí algunos estudiantes crearon una falsa petición para probar la ciencia ecológica de los delegados de las Naciones Unidas. Pidieron en un escrito, solicitando firmas a los que estuvieran de acuerdo, que se prohibiera el uso del monóxido de dihidrógeno, "peligrosa sustancia que contribuye al efecto invernadero, la principal sustancia de la lluvia ácida y que resulta mortal si es inhalada". Casi todos los delegados a los que se les presentó ese escrito firmaron sin titubear y sin percatarse que el monóxido de dihidrógeno es simplemente agua = H2O.

Uno de los dos éxitos de la reunión de Cancún fue desechar el término "calentamiento global" y pasar a usar la nueva terminología de "El cambio climático", verdadero acierto de publicidad y mercado.

Que el clima es de suyo, en todas partes y en todos los tiempos, una entidad cambiante es algo evidente que no necesita estudios ni reuniones globalizantes. Pero desde Cancún se usa con esa singularidad misteriosa: ha habido "Un cambio climático" que sugiere algo especial, inusitado y ominoso, aunque nadie explica en qué consiste. Si ustedes insisten en que les expliquen características de ese singular y misterioso cambio, al final tal vez consigan que les susurren el mismo cuento de siempre: el CO2 de origen humano está produciendo un calentamiento global del planeta con consecuencias que serán pronto desastrosas.

El otro éxito se vería a largo plazo y fue como el parto de los montes de la vieja fábula de Lafontaine, donde la montaña después de fuertes gritos y temblores parió un pequeño ratoncillo. En Cancún, después de tanta alharaca catastrofista, de cómo frenar la emisión excesiva de CO2… no se acordó nada en firme. El ratoncito parido en Cancún fue sólo un acuerdo para destinar unos cuantos millones para que los países no desarrollados, en vez de utilizar las tradicionales fuentes energéticas del petróleo, sus derivados y el carbón, instalasen fuentes de energía no contaminantes: la solar y la eólica.

Podría decirse que "Las cosas de palacio, van despacio"… pero al final están llegando. Esos milloncejos se acordaron a finales del 2010 y sólo ahora, en 2013, vamos viendo en los diarios cómo la dictadura ideológica del cambio climático ya comienza a levantarlos, en México, Chile, Honduras, Costa Rica, Brasil… ¿Cuándo le llegará a El Salvador…?

Yo estuve en Navarra (España) en noviembre pasado donde están extendidos por toda la región las turbinas eólicas. Pregunté y supe que están subvencionadas. Producen poca electricidad y muy cara.

¡Ay de esos modernos "molinos de viento", aptos para que un moderno y lúcido Don Quijote arremeta contra ellos porque son peores que un encantamiento maligno!

Paul Driessen, antiguo ecologista, ya advirtió que lo que más le preocupaba de esta política solar y eólica es el efecto desastroso que tendrá sobre los países pobres del mundo, forzándoles a que renuncien a las fuentes baratas del petróleo y el carbón, y se vean empujados y casi obligados a usar las energías más caras y menos rentables, como son la solar y la eólica. Eso es lo mismo que venir a decirles que sigan sumidos en la pobreza y el subdesarrollo. Detrás de todo esto, la cultura de la muerte vuelve a mostrar su fea cara imperialista.

*Dr. en Medicina.

Columnista de El Diario de Hoy.

luchofcuervo@gmail.com