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Campaña sucia

Quedan quince días para las elecciones legislativas y municipales. Mientras tanto hemos visto y oído de todo; desde un candidato a alcalde que ofrece que los sepelios serán gratis en su municipio (siempre y cuando él gane la alcaldía, claro está), hasta los que prometen imposibles de unificación centroamericana si son elegidos parlamentarios.

Cuando la comunicación es unilateral, puede decirse cualquier cosa porque el papel, la valla publicitaria o la entrevista aguantan con todo… Pero cuando hay confrontaciones directas entre candidatos (y ya no se diga en la guerra de "troles" de las redes sociales) es frecuente que aparezca en el discurso la socorrida campaña sucia, a la que se apela cuando a un candidato le sacan los trapos al sol, y no tiene argumentos para reivindicarse frente a la audiencia.

No olvidemos que la libertad de expresión, como cualquiera de las libertades civiles, es limitada. Tiene unas fronteras jurídicamente determinadas: la injuria y la calumnia, por un lado, y por otro, horizontes que desbordan el ámbito meramente legal: la tolerancia que reclama el contexto político y social en el que vivimos, y la responsabilidad personal del que hace uso de dicha libertad de expresión.

Ante la ofensa por injuria, calumnia o difamación, se puede recurrir a los tribunales; pero hay sarcasmos, ironías, opiniones, caricaturas, etc., por los que no es necesario acudir a la justicia del Estado, pues deberían estar sujetos al sentido común, que sugiere la indiferencia o la sanción social ante los despropósitos.

En una sociedad en la que prima la libertad personal, es casi imposible que en el ejercicio de la misma deje de haber conflictos de derechos. Pero como ningún derecho es ilimitado, se hace necesario encontrar una salida al dilema, pues si fueran absolutos, abocarían a un absurdo o a un litigio interminable.

Por otra parte, los sistemas democráticos se distinguen porque en su seno no hay nadie que a priori sea excluido, ningún ciudadano tiene vedado disfrutar de garantías y derechos. Sin embargo, en estos días hay políticos que por lo que dicen de sus rivales, parecería que los consideran, prácticamente, enemigos de la patria, personas indeseables que no merecerían optar por un puesto público. Para justificar sus apreciaciones, echan mano de argumentos tan simples como "se rodea de amistades peligrosas", "es un incapaz" (por su experiencia de vida, por su preparación), "lleva muchos años ejerciendo el poder y no ha hecho nada", etc.

Pero lo peor no es el tráfico de descalificaciones, sino que quienes las reciben y sus partidarios, en lugar de defenderse o argumentar, recurren al tópico de "campaña sucia"… y con eso ellos y sus seguidores se dan por satisfechos. Aunque, también hay que decirlo, a veces tampoco los "acusadores" sustenten sus señalamientos con pruebas ni nada que se les parezca.

La que sale perdiendo es la democracia, porque ponerle sin más el cartel de campaña sucia a una acusación legítima, o endilgarla sin sustento, es recurrir a la fuerza en lugar de la razón.

No hay que perder de vista que, como se ha escrito: "en el juego democrático nadie es indeseable. Todo el mundo es deseado. Y especialmente quienes piensan de modo disidente, porque ellos marcan los límites de la cordura de los demás". Por eso una democracia sana es incluyente, no deja a nadie fuera de la participación, y prefiere tolerar en lugar de desterrar, argumentar en lugar de recurrir a lugares comunes, dialogar para enterarse cómo piensa el rival, y dar los propios puntos de vista en relación a los problemas y situaciones.

Campaña sucia será en todo caso decir mentiras del rival político, pero decir verdades que duelen, siempre que estén sustentadas, es simplemente parte del juego democrático.

*Columnista de El Diario de Hoy.

@carlosmayorare