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Caminos para la paz

"Hemos intentado muchas veces y durante muchos años resolver nuestros conflictos con nuestras fuerzas, y también con nuestras armas; tantos momentos de hostilidad y de oscuridad; tanta sangre derramada; tantas vidas destrozadas; tantas esperanzas abatidas... Pero nuestros esfuerzos han sido en vano".

Esas palabras son parte de una oración que el Papa Francisco recitó en el encuentro que el domingo pasado sostuvo con los presidentes de Israel y Palestina, en el marco de una plegaria inter confesional para rogar por la paz en el Oriente Medio. Un encuentro de oración ciertamente, pero también de diálogo.

Francisco es realista y sabe que para conseguir la pacificación definitiva, la voluntad de Dios cuenta con la voluntad y las actitudes de los actores temporales, por eso les dijo: "Para conseguir la paz, se necesita valor, mucho más que para hacer la guerra".

Pero si el Pontífice actuara como un simple mediador, como un facilitador que pone las condiciones y media entre partes en conflicto, habría hecho traición a su identidad. Francisco es hombre de fe, y por ello las coordenadas en que colocó el encuentro cobraron una dimensión más: la espiritual.

Además, es necesario tener en cuenta que los reunidos son creyentes, y son también conscientes de que tienen entre las manos un conflicto y unas circunstancias que se salen de sus posibilidades meramente humanas, por eso aceptaron de buena gana la invitación del Papa, y se unieron a sus palabras cuando les dijo: "La historia nos enseña que nuestras fuerzas no son suficientes. (…) Por eso estamos aquí, porque sabemos y creemos que necesitamos la ayuda de Dios".

Leyendo la crónica del encuentro, y el discurso del Papa, no pude impedir que el conflicto del Medio Oriente evocara en mí la situación de tremenda zozobra que vivimos. También aquí se han hecho esfuerzos, se ha intentado aplicar la ley, se han emprendido acciones de prevención y educación enrumbadas a conseguir la paz, pero a pesar de todo, vivimos en una tierra en la que más de una docena de personas muere cada día por medios violentos. No tenemos paz.

Francisco abre una posibilidad seria para conseguir la anhelada paz en Israel y Palestina. Y lo hace con los pies bien pegados al terreno, pero con la mirada puesta en el cielo: "no renunciamos a nuestras responsabilidades, pero invocamos a Dios como un acto de suprema responsabilidad, de cara a nuestras conciencias y de frente a nuestros pueblos".

La paz pasa por la unidad, y la unidad necesita un proyecto común. Después del discurso del presidente en su toma de posesión, el leitmotiv de su discurso: "Unidos crecemos todos", no ha dejado de resonar en la conciencia de muchos.

Pero tengo para mí, que en la mente de bastantes, esa declaración ha sido entendida más en clave de crecimiento económico que de progreso social. Más en son de inclusión y equidad económica que social. Incluso la deseada paz es entendida por más de un analista, empresario o político, como condición para el progreso económico únicamente. No debería ser así.

Si seguimos haciéndolo de esa manera, continuaremos subordinando la persona al capital, la dignidad a la producción, y difícilmente conseguiremos una paz que vaya más allá del mantenimiento de unas condiciones de tensión, o de equilibrio interesado.

El Papa apela a la propia responsabilidad, y al valor necesario para "decir sí al encuentro y no al enfrentamiento; sí al diálogo y no a la violencia; sí a la negociación y no a la hostilidad; sí al respeto de los pactos y no a las provocaciones; sí a la sinceridad y no a la doblez". Sólo así se puede llegar a una paz estable y duradera.

*Columnista de El Diario de Hoy.

@carlosmayorare