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El camino

La sociedad civil acaba de mostrar otra vez el camino que hay que seguir para detener el ataque concertado que el FMLN está haciendo contra todas las instituciones democráticas del país. Como en el caso del Decreto 743, la firmeza de la protesta contra las reformas que emascularon la Ley de Transparencia hizo que el FMLN, que con plena conciencia promovió la aprobación de las reformas, se volteara y pidiera que el Presidente las vetara. El Presidente, que todo el mundo pensaba que había promovido las reformas tanto como el FMLN mismo, las vetó y prometió que nombraría a los titulares del Instituto de Acceso a la Información Pública, que él no había querido nombrar por meses desde que se aprobó la ley, incluso después de que la Sala de lo Constitucional le ordenó hacerlo.

El cambio del FMLN es muy significativo. Ha generado lecciones y consecuencias que se aplican no sólo en este caso específico. De repente, y por segunda vez en menos de un año, esa maquinaria prepotente que está comprando al país entero con dinero venezolano y pasando ley tras ley para debilitar la democracia, se ha encontrado con una oposición fuerte y decidida que lo ha obligado a retroceder. Eso contradice a todos los que creen que la combinación de Cuba, Chávez o sus sucesores, Alba, el FMLN y sus sumisos partidos satélites son imparables. Muestra lo que una verdadera oposición, algo que ya habíamos olvidado que podía existir, es capaz de hacer si es que tiene la voluntad y el carácter para hacerlo.

Es muy significativo que, aunque las reformas a la ley fueron pasadas por partidos políticos (el FMLN y sus asociados), su veto no fue forzado por ningún partido político sino por la sociedad civil. Esto es más significativo todavía porque, como sucedió con el Decreto 743, el alma de la oposición la formaron individuos y organizaciones de izquierda y derecha, que sólo unos meses antes no hubieran soñado con colaborar en algo por considerarse enemigos ideológicos. Con los ataques coordinados del gobierno, el Alba, el FMLN, y sus partidos satélites, sin embargo, los grupos de convicción democrática se han visto obligados a reordenar sus prioridades y a ser más objetivos en su visión de los otros grupos en la sociedad.

Como consecuencia, se han dado cuenta de que en las circunstancias actuales es necesario defender los principios más fundamentales de la democracia y el Estado de Derecho, y que hay defensores de estos en el otro lado de la línea que por décadas ha separado a la izquierda de la derecha. La gran batalla de nuestros tiempos se está dando no entre izquierdas y derechas, sino entre defensores y enemigos de la libertad y la democracia, y entre personas honestas y corruptos.

Este descubrimiento va mostrando que el mapa político del país está cambiando, y que hay un potencial enorme para crear una nueva coalición ciudadana que dé al país la estabilidad política que tanto necesita. Esta coalición debe abarcar más que un solo partido político. No debe ser una coalición de partidos tampoco. Es una coalición de ciudadanos de distintas ideologías que han decidido que el país tiene vocación democrática y que ellos están dispuestos a trabajar por ella. Todas las encuestas y los resultados electorales demuestran que esta coalición acogería a más de las tres cuartas partes de la población. De ella pueden salir al menos dos partidos políticos modernos, aliados en la defensa de la libertad y los derechos, rivales en los programas de gobierno.

Con esta coalición activa, la sociedad no tendría nada qué temer de los ataques del FMLN, que es y siempre ha sido una minoría que es capaz de amenazar sólo porque su presa se mantiene tontamente dividida en izquierda democrática, centro, y derecha democrática. Esta coalición es la que mantiene la democracia en todos los países desarrollados. Es hora de que la tengamos aquí.

*Máster en Economía, Northwestern University. Columnista de El Diario de Hoy.