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El cambio…

Las elecciones presidenciales de 2009 representaron un buen momento para entender los motivos que impulsaron a los salvadoreños a pedir un cambio. Los expertos citaban a la alternancia política como la causa principal que movilizó a los individuos con el propósito de culminar el proceso democrático iniciado en 1992 a través del acuerdo de paz. Pero los electores tenían explicaciones menos sofisticadas que los analistas. Los habitantes identificaban una doble crisis como la razón de su inclinación para ejercer el sufragio. Se trataba de la inseguridad pública y del estancamiento económico.

Esos eran los problemas que hace cinco años agobiaban más a la sociedad entera. En consecuencia los votantes no fueron a las urnas motivados por un "clivaje ideológico" que los empujaba a elegir entre el comunismo y el sistema de libertades. Participaron en el proceso electoral con la firme convicción que un nuevo gobierno garantizaría que sus hijos no serían asesinados por las pandillas y además por la ilusión de conseguir un empleo si la economía presentaba signos de recuperación.

A diferencia de otros países, en los que determinadas "fracturas sociales" determinan el voto, en El Salvador es la aspiración de mejorar las condiciones de vida la que estimula a la población a elegir a uno u otro candidato. En sociedades como la boliviana la existencia de una importante comunidad indígena constituye un clivaje de tipo étnico que contribuye a que sus electores se inclinen por una opción con la que ellos se identifican. Por esa razón Evo Morales ocupa en la actualidad la presidencia de ese Estado suramericano.

Una encuesta de Naciones Unidas reveló en 2009 que en nuestro caso la doble crisis de inseguridad y ausencia de crecimiento económico agitó la conciencia ciudadana y generó un amplio consenso acerca de la necesidad de un cambio. Cuanto más inseguridad y más serio el problema económico más radical debería ser el cambio implementado por las autoridades de turno. Por el contrario, según esa misma encuesta, en la medida que la gente se siente más segura y con menos complicaciones económicas, entonces piden un cambio de tipo moderado.

De hecho, durante la anterior elección presidencial, la población estaba dividida en relación a la magnitud del cambio que debía implementarse por el siguiente gobierno. El 50.5% de los ciudadanos se inclinaba por los cambios moderados, el 49.3% se mostraba a favor de cambios extremos y 0.4% señaló que ni lo uno ni lo otro. Finalmente ganó la oposición política sellando de una vez por todas el episodio que le faltaba a la historia para probar que efectivamente habíamos madurado políticamente.

Sustituir al partido que durante veinte años había gobernado era para algunos salvadoreños la solución a muchos de los problemas que venían enfrentándose. Cuatro años después en las encuestas de opinión pública continúan señalándose esas mismas situaciones con la diferencia que ambas presentan una mayor complejidad por diversas circunstancias. La encuesta de uno de los periódicos de mayor circulación indicaba que 50.6% de los entrevistados desea que llegue otro partido político al gobierno. Nos encontramos entonces donde empezamos esta historia en 2009 y con las mismas razones que de nuevo fundamentarán el voto.

Independientemente quien acceda al poder en 2014, lo cierto es que existe una alta probabilidad que los ciudadanos elijan de nuevo, no por inclinaciones ideológicas, sino por la ansiedad que les causa su situación familiar. Siguen amenazados por la delincuencia y en una precaria situación económica. Si esta doble crisis se profundiza entonces es posible que otra vez la población se divida entre quienes piensan que las transformaciones deben ser extremas y otros que las prefieren mesuradas.

En todo caso, uno u otro tipo de cambio, tendrán efectos diferentes en función del sistema político y económico en el que se decidan implementar. No es lo mismo un cambio radical en el marco de una economía social de mercado a otro que se intente desde una economía más centralizada en donde el Estado asume el papel que le corresponde a los privados. En consecuencia el próximo gobierno tiene un amplio margen de maniobra en relación a las políticas públicas que impulse aunque estará muy restringido por las condiciones en las que se encuentran las finanzas públicas, el crecimiento económico y la seguridad. Impactar en estos tres aspectos requerirá de audacia, consensos y responsabilidad.

*Columnista de El Diario de Hoy.