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El cambio más profundo y verdadero

No puedo decir que si volviera a nacer haría  lo mismo. No. Sería un arrogante y mentiroso. Hay cosas que jamás volvería a hacer

Este año ha sido duro por los entrañables amigos que se me han muerto.  Personas con las que compartí días y noches extraordinarias de esperanzas y miedos, de alegrías y tristezas, pero siempre con una fe indestructible en un futuro mejor.

Cierro los ojos y me parece que fue hace solo unos días que conversaba con Hernán Vera, el inolvidable Maravilla de la Venceremos, a la luz del fogón de la cocina guerrillera.  Tengo nítido el recuerdo de Santos Lino, comandante César, alto, blanco, fuerte, cuyo aspecto y fiereza en el combate, no concordaba para nada, con su humildad de campesino pobre.

Como no acordarme de Tino, una de las personas más generosas que he conocido. Recuerdo especialmente el momento aquel cuando encerrados en una casa clandestina, en Tegucigalpa,   con el batallón especial Cobras rondando, me pidió  que le enseñara a tocar en la guitarra la canción “Butterfly”, aquella que dice “sabes bien que volveré”, la única que se tocar en guitarra y mal.

Se me vienen a la mente Calín, maestro de profesión, reformador social por vocación,  y tantos otros que se salvaron de la metralla, la artillería y el fuego aéreo para morir jóvenes aún, en una cama de hospital humilde, la mayoría de ellos.  

Este año también se me fue Gabriel Galeas, maestro, padre y hombre ejemplar. Era el único hermano varón de mi padre.  No puedo evitar recordar, de tanto en tanto, a Delfina María, su hija menor, mi prima, rota en llanto diciendo sobre el ataúd “despiértese ya papito”.  Y a Ernesto su hijo mayor conteniendo las lágrimas de dolor pero sereno, con esa serenidad que sólo Dios da en momentos tan difíciles.

Dijo adiós también este año, el Tío Carlos Galeas, con quien tuve el honor de compartir tareas y misiones, hace sólo unos meses en la Fundación Vito Guarato. Su temperamento suave y su espíritu altamente emprendedor pervivirán en mis primos Carlos y Carolina, seguramente.  

Pero no todo ha sido muerte y dolor en lo que va de este año que pasa veloz como ninguno. También ha sido el año de muchos sueños realizados. De ver a estas mujeres bellas que son mis nenas, haciéndose cargo ya de sus propias vidas, buscando emprender, construir, hacer cosas buenas e innovadoras.

Pero es precisamente cuando las veo tan llenas de vida y alegría, que tengo ganas de decirles,  y les digo,  que no esperen a tener mi edad, para entender cosas que yo debí haber aprendido hace mucho. Cuantos errores no hubiese cometido.  No puedo decir que si volviera a nacer haría  lo mismo. No. Sería un arrogante y mentiroso. Hay cosas que jamás volvería a hacer y otras muchas que no había hecho, hasta hoy las he comenzado a hacer.

Lo bueno es que, como dijo alguien, tengo la edad que quiero y puedo ahora tomar decisiones con más calma y quizá con más sabiduría. Me inspira la esencia de las palabras encontradas en la tumba de un obispo anglicano del Siglo XI en un templo de Westminster. Hago  mías esas palabras  y las adapto a mi vida.

Cuando era un adolescente  quería cambiar al mundo. Pero me di cuenta que no podía.  Entonces a los 20, me metí a la guerrilla para tratar de cambiar a mi país, y casi nada cambió a pesar de tanta muerte y destrucción.

Luego de pasados algunos años de los acuerdos de paz traté de cambiar en algunas cosas a mis hijas, pero me di cuenta de que, aunque sean sangre de mi sangre, lo único que puedo hacer es darles consejos, además son buenas personas por naturaleza.  He comprendido pues que lo único que puedo cambiar es a mí mismo. Tratar de ser cada día mejor persona y a cada instante dar lo mejor de mí en todo lo que hago.

Quizá sólo así pueda inspirar a  cambiar a otros  y esos otros a otros, y a otros y  volver así  a soñar, otra vez,  con cambiar al mundo. Es el único y más profundo cambio. Y es el mejor tributo a mis amigos y familiares que ya partieron.
 

* Columnista de El Diario de Hoy. marvingaleasp@hotmail.com