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El cambio climático y su misterio

Estoy totalmente harto de cómo se explota la ignorancia de las masas humanas con sucesivos terrores globales: El agujero del ozono, el fin del mundo profetizado por los mayas, los cometas que chocarán sobre la Tierra, los extraterrestres, las predicciones de Nostradamus y sobre todo con el más bello e insistente de esos mitos: el calentamiento global producido por el CO2 de origen humano.

Ya escribí hace años sobre el calentamiento global, con datos muy concretos e irrebatibles. Hoy no puedo o no quiero consultar aquellas fichas. Sólo quiero comentar, con humor y relajadamente, algunos puntos claves de este montaje mundial, para lectores interesados en sonreir.

La cosa lo empezó, sin prever su alcance ni su gigantesco desarrollo, doña Margaret Thatcher cuando tenía serios problemas con los sindicatos de obreros del carbón y creo que también con los del acero. Por ese entonces un casi desconocido naturalista escandinavo aventuró la hipótesis de que la emisión de CO2 soltado por la respiración de los humanos y por sus vehículos e instalaciones industriales, podría estar acumulándose en los niveles altos de la atmósfera y producir un "efecto invernadero" al retener la radiación solar causando un aumento de la temperatura media de nuestro planeta. La Thatcher dio el paso fatal cuando dijo: investiguen eso, hay dinero para ello. Y así surgió una entidad intergubernamental dispuesta a investigarlo: el IPCC.

Se veía venir el resultado. Si la investigación demostraba que el CO2 de origen humano no producía un aumento de la temperatura media de la Tierra, entonces se acababa el estudio… ¡y se acababa el dinero! Por lo tanto el resultado tenía que ser, costase lo que costase, que sí, que los humanos al hablar, al respirar, con nuestros carros y nuestras industrias, éramos un peligro ecológico para la buena salud de nuestra amada Mamá Tierra. (Pachamama).

Y así se inventó, contra toda verdad, unas gráficas donde la temperatura de la Tierra se mantenía por siglos en niveles muy estables dibujando una larga línea casi recta y de pronto con el comienzo del Siglo XX sufría un brusco y pronunciado aumento de temperatura. Se le puso un nombre atractivo: el palo de golf. La parte larga de siglos era la parte larga del palo; el brusco aumento actual, la parte del palo de golf con la que se golpea la pelota.

Al final, como en abusos más recientes de otro tipo, siempre hay alguien que descubrió el pastel: las gráficas adulteradas. Y el palo de golf y su inventor fueron borrados de todas las publicaciones pero siguió el mito del calentamiento global.

La posterior reunión en Copenhague sólo sirvió para recordar al Hamlet de Shakespeare con su famosa frase "algo huele a podrido en Dinamarca". No se llegó a ningún acuerdo útil por la sencilla razón de que nunca hubo una evidencia científica de que el CO2 androgénico tuviera importancia decisiva en el aumento o disminución de la temperatura de la Tierra.

Pero mientras tanto el vicepresidente de EE.UU. señor Al Gore, había aprovechado el asunto para vaticinar una catástrofe ecológica sin precedentes, por ese aumento global de temperatura, si no se actuaba a tiempo y heroicamente. Con ello Al Gore ganó el más injusto de los Premios Nobel de la Paz. Y nunca se le ocurrió devolver el dinero de ese Nobel disparatado que los años se encargaron de dejar en ridículo. Pero doña Naturaleza sí que lo sintió y expresó su rechazo o su indignación a toda esta pantomima obsequiando al hemisferio norte con una serie de inviernos de nevadas masivas, paralizantes de toda actividad, con algunos muertos de frío… ¿Dónde estaba el calentamiento global?

Había que hacer algo. Y lo mejor hacerlo en las bellas y templadas playas mexicanas de Cancún. De allí salió la nueva consigna, la nueva nomenclatura. Ya nada de calentamiento, ahora sólo un nuevo título, misterioso, un enigma: "El cambio climático".

*Dr. en Medicina.

Columnista de El Diario de Hoy.

luchofcuervo@gmail.com