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Cambiar o morir

Aunque teóricamente casi todos aceptamos que la renovación tanto personal como de las instituciones es necesaria, difícilmente damos los pasos para el cambio.

La comodidad de hacer lo que siempre se ha hecho, el miedo y los intereses particulares se vuelven los principales factores de bloqueo. Utilizo conscientemente la palabra cambio en vez de renovación para efectos de esta columna. Renovación, me connota algo así como cambiar algo para no cambiar nada.

Echarle una mano de pintura a la casa que tiene destruido el sistema de cañerías y el techo roto. Decir cosas nuevas, pero seguir haciendo lo mismo.

El cambio, al que me refiero acá, será siempre positivo o no lo es. Hablo de evolución, no de descomposición que estrictamente hablando también es un cambio. Pasar de rico a pobre es un cambio de situación obviamente. Pero aquí el cambio lo tomo totalmente en sentido evolutivo.

Estamos otra vez en período electoral. Y la palabra renovación se ha puesto de moda en los dos grandes partidos. El reto para ambos es cambiar de verdad. El truco de la camisita blanca para decirle al electorado que" yo soy, pero no soy," no sirve, aunque siempre los asesores lo proponen como la última chupada del mango.

Lo cierto es que más allá de las voluntades que muestren las cúpulas, el cambio, es urgente. Cuando en 2009 el FMLN ganó por primera vez la elección presidencial tuvo la oportunidad de cambiar la forma de hacer política. Lo ideal es que hubiese continuado con lo mucho de bueno que hicieron los gobiernos anteriores y desechado por completo todos los malos procedimientos.

Pero ocurrió totalmente lo contrario. Cambiaron los nombres, pero no los procedimientos amañados. Muy poco o nada ha cambiado el FMLN en la manera hacer política. A parte de bajarle el tono a la agresividad verbal sabatina (lo cual se agradece) lo demás sigue igual.

Los salvadoreños le han confiando el Ejecutivo al FMLN en dos ocasiones consecutivas. Eso debe motivar profundas reflexiones no sólo en ARENA sino en todas las fuerzas democráticas. El cambio en los institutos políticos no es sólo una cuestión de relevo generacional. Eso es una parte y quizá no la más importante.

ARENA, por ejemplo, no puede pretender regresar al gobierno en cinco años, para volver a los tiempos de fines de guerra. Eso ya pasó. Las redes sociales y los mismos gobiernos de izquierda empoderaron como nunca antes a la gente.

Ciertamente esos gobiernos están sacando a la gente de la pobreza, pero hablan y gobiernan en nombre de los pobres. Impulsan programas que si bien no mejoran en esencia sus condiciones de vida, al menos manda señales de sensibilidad. Las redes sociales por su parte, han hecho que la antigua comunicación vertical, autoritaria y unidireccional sea ahora horizontal, democrática y bidireccional.

El cambio no puede ser sólo de jingles, logos y lemas. Se trata de una adaptación profunda y realista a los tiempos que vivimos. Por todos lados hay señales que, el ciclo (todo es cíclico) del socialismo del Siglo XXI está llegando a su fin: Maduro hace aguas, Raúl y Fidel se acercan a los cien años y no tienen relevo, el petróleo va en caída libre. La economía de Cuba es un barco que se hunde afianzado a otro en iguales condiciones.

¿Qué vendrá después? En América Latina ya probamos de todo: caudillos, dictaduras militares, revoluciones de todo tipo, democracias liberales, ajustes estructurales, y los pobres siguen siendo tan pobres como siempre.

Las fuerzas democráticas, la derecha si se quiere, ya no pueden sólo hablar de eficiencia, sanidad macro económica , competitividad, responsabilidad social empresarial, equilibrio fiscal y todo ese palabrerío, que suena cada vez más hueco y lejano al electorado. Esas cosas se hacen simplemente.

El cambio en estas fuerzas debe ser tal que si no muestra sensibilidad, pero sobre todo si el sistema de libertades no logra mejorar "realmente" la calidad de vida de la gente, los encantadores de serpientes serán siempre una tentación.

* Columnista de El Diario de Hoy. marvingaleasp@hotmail.com