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Cambiar de modelo económico: una necesidad impostergable

El modelo económico neoliberal iniciado en 1989, y todavía vigente, perseguía cinco objetivos: a) lograr tasas de crecimiento económico altas y sostenidas; b) modificar la estructura productiva en favor del sector secundario (industria) y en detrimento del sector terciario (servicios); c) reducir los desequilibrios financieros internos (déficit fiscal, deuda pública e inflación); d) mejorar las condiciones del sector externo de la economía (reducir la brecha comercial, aumentar y diversificar las exportaciones y reducir la tasa de crecimiento de las importaciones), y e) aumentar la tasa de empleo, la productividad de la mano de obra y los salarios reales.

25 años después, de todos esos objetivos solamente ha sido logrado el de reducir la inflación y, parcialmente, el de ampliar y diversificar las exportaciones. Nueve años atrás, el Informe sobre Desarrollo Humano El Salvador 2005 (IDHES 2005) llegó a esta misma conclusión, añadiendo que dicho modelo no estaba arrojando los resultados esperados, debido a que había sido diseñado para un país que ya no existía. El argumento principal para fundamentar ese hallazgo era que las migraciones y las remesas habían transformado radicalmente el modo de funcionamiento de la economía salvadoreña y que esas transformaciones habían sido ignoradas, subestimadas o malinterpretadas por los promotores del modelo neoliberal.

Durante los años noventa ciertamente hubo algunos estudios que mostraban que el flujo creciente de remesas podría convertirse en un obstáculo para el crecimiento de la economía nacional debido a que los precios relativos de los bienes no transables (propiedad inmobiliaria, servicios, etc.) estaban aumentando, al mismo tiempo que se abarataban las importaciones, en detrimento de la competitividad de la producción agrícola e industrial del país. Algo similar a lo que le ocurrió a los Países Bajos luego del descubrimiento y explotación de petróleo y gas natural en el Mar del Norte, conocido en la literatura económica como "mal holandés".

Análisis hechos por el profesor Arnold Harberger (1993), Manuel Enrique Hinds (1994) y el Banco Mundial (1995), por ejemplo, advirtieron el problema, pero asumieron que se trataba de un fenómeno temporal, cuya importancia relativa disminuiría con el curso del tiempo, sugiriendo para su tratamiento ocho recomendaciones: a) acelerar la apertura comercial; b) pagar por anticipado la deuda externa; c) comprar la maquinaria importada requerida para la inversión en infraestructura; d) mejorar el desempeño fiscal para reducir las necesidades de financiamiento externo del sector público; e) incrementar el ahorro interno para reducir la demanda agregada; f) ampliar el alcance de las privatizaciones; g) aumentar la inversión pública en salud, educación e infraestructura y, h) adoptar la dolarización.

De estas recomendaciones, únicamente fueron implementadas las privatizaciones, la profundización de la apertura comercial y la dolarización, justamente las únicas tres de las sugeridas que el IDHES 2005 consideraba inapropiadas para abordar el problema identificado.

El cuestionamiento del IDHES 2005 a las privatizaciones era porque en la mayoría de los casos habían desembocado en oligopolios mal regulados y mal supervisados, que aunque operasen con mayor eficiencia, no estaban contribuyendo a reducir los costos de operar en el país, ya que los precios de los bienes y servicios por ellos ofrecidos estaban aumentando más que los del resto de la economía.

La crítica más contundente, sin embargo, era que apostarle a una apertura comercial agresiva y a un sistema de tipo de cambio fijo dentro de un contexto de remesas crecientes, únicamente estaba contribuyendo a promover las importaciones y el consumismo, en detrimento del ahorro, la inversión y el crecimiento económico. Como prueba de ello, el IDHES 2005 sostenía que, contrario a la lógica del modelo neoliberal, no era extraño que las únicas ramas económicas agrícolas o industriales que estaban creciendo a tasas relativamente altas eran las que recibían mayores incentivos fiscales (maquila) y las que habían logrado exceptuarse de la apertura comercial (azúcar) o mantener cierto grado de protección (lácteos y avicultura).

En congruencia con ello, el IDHES 2005 sostenía que al haberse configurado una economía de consumo y servicios, lo que más le convenía al país era brindar cierta protección para que las empresas viejas y nuevas subsistan y para que las remesas se gasten en productos nacionales. Complementariamente, sugería que habría que expandir el alcance de los sistemas de ahorro programado y medidas fiscales destinadas a desestimular el consumismo y a promover la inversión, especialmente en sectores intensivos en la generación de empleos, tales como la agricultura, la industria, la construcción y el turismo.

Nueve años después, sin embargo, la necesidad de un nuevo modelo económico continúa vigente. No sin razón Jean Monnet, uno de los padres de la Unión Europea decía que "Las personas sólo aceptan el cambio resignados por la necesidad y sólo ven la necesidad durante las crisis". Ese momento parece estar llegando a El Salvador.

*Economista Jefe PNUD.