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Cada quién escoge cómo va a usar las tijeras

Nadie debatiría que el internet y las redes sociales han acelerado, no solo el proceso de conexión humana, sino  también el alcance, acortando distancias y agrupando intereses

Hace un par de ediciones, la revista semanal The New Yorker le dedicó un perfil de varias páginas a Reid Hoffman, el fundador de la red de contactos laborales y currículo llamado LinkedIn. Hoffman, apodado por la revista “El hombre de las redes” (o Network Man), es alguien convencido de que las conexiones humanas y las redes que creamos con ellas (el famoso “networking”) son las herramientas con el potencial de resolver todos nuestros problemas: desde encontrar el trabajo ideal hasta la cura del cáncer. Hoffman dedica parte de su día a conectar personas dentro de su red – al igual que un casamentero, Hoffman busca emparejar perfiles complementarios esperando que la química mezcle excelentes ideas para generar la reproducción de un gran proyecto. 

Si bien siempre hemos tenido la capacidad de generar conexiones humanas y crear  redes personales, nadie debatiría que el internet y las redes sociales han acelerado, no solo el proceso de conexión humana, sino también el alcance, acortando distancias y agrupando intereses. Este potencial infinito es lo que gente como Reid Hoffman (LinkedIn), Jack Dorsey (Twitter) o Mark Zuckerberg (Facebook) entendieron mucho antes que el resto del mundo y es por eso que le apostaron a construir las plataformas digitales que nos permitieran alcanzar este potencial. 

Como cualquier herramienta, las redes sociales son moralmente neutrales. Lo mismo que unas tijeras en manos de un sastre habilidoso consiguen resultados estelares, en manos de un psicópata pueden generar sangre y destrucción, y seguir siendo las mismas tijeras. En manos de gente que entiende el potencial positivo de las redes, estas han servido para empezar movimientos cívicos de cambio social, recaudar fondos para salvar vidas, conectar expertos con principiantes con fines educativos, emparejar emprendedores con buenas ideas y sin capital con inversionistas con capital y ganas de arriesgarse, y con el concepto de la “economía compartida” (Uber, AirB&B y otros), bajar las barreras de entrada para que cualquier ciudadano pueda ser hotelero o taxista sin tener que tener un hotel o invertir en un taxi.

Pero este torrente positivo de creaciones y potencial humano, tiene una contraparte de destrucción. Las redes, con su capacidad de aceleración y magnificación, también han empoderado las peores partes del ser humano. Hobbes habría estado de acuerdo en que, en las redes sociales, más que el lobo, el hombre es el dinosaurio del hombre. Permiten hacer daños irreparables (al honor, a la dignidad o a la autoestima, que no es poco) a miles de kilómetros de distancia y sin una gota de sudor. Lanzar pedradas y esconder no solo la mano, sino el cuerpo entero, tras el refugio del anonimato. Consiguen que lo ya de por sí repudiable de ciertos crímenes –como la violencia sexual y el  acoso– alcancen magnitudes antes inimaginables. 

En El Salvador, se ven ambos tipos de uso: el que pone las redes al servicio del potencial creativo del ser humano y el destructivo. El problema, es que, en ciertos sectores, hay un desbalance a favor del potencial destructivo. En nuestro país hay más personas usando las redes para “trolear” (solo en las redes sociales el afán de destruir y ofender necesita un verbo específico) que para conectar ideas que podrían solucionar problemas de políticas públicas o innovar la economía de servicios y generar riqueza.
 
Para muchos, la toxicidad del aire destructivo que se respira en ciertas esquinas de las redes sociales salvadoreñas –específicamente en la intersección de la política, el activismo ciudadano y la opinión pública–, ha sido más de lo que querían tolerar y decidieron abandonar las plataformas digitales (¡saludos, don Marvin Galeas!).  Podría argumentarse que es una decisión sensata, puesto que la libertad de expresión, para ser realmente libre, abarca y protege también a las expresiones tóxicas y, como bien reza el dicho, “al que no le guste el humo, que no se meta a la cocina”. Sin embargo, también puede argumentarse que la cocina de calidad, la que crea, no genera humo. Y ahí entra el rol del libre albedrío: cada quien escoge cómo va a usar las tijeras, o en este caso, contribuir en las redes sociales. Y puede decidir aportar ideas, humor, respeto, tolerancia y opiniones fundamentadas, como las obras del sastre, o insultos, homofobia y misoginia, como los crímenes del psicópata.

*Lic. en Derecho de ESEN con maestría en Políticas Públicas de Georgetown University. Columnista de El Diario de Hoy.
@crislopezg