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¡Bueeeenos días, El Salvador!

¿Cuándo se atreverá un funcionario del Gobierno actual a desafiar al “relato oficial” y decirnos la verdad? Si lo llegase a hacer, ¿peligraría su empleo?

En 1965, llegó a Saigón, Vietnam del Sur, el aviador y locutor radial para las fuerzas armadas estadounidenses Adrian Cronauer. Su misión era clara: entretener e informar día con día a las tropas que llegaban a la que en ese momento era una misión “policial” en este país del sudeste asiático que en ese momento era una bomba de tiempo.

La historia de Cronauer fue rescatada en 1987 por el director Barry Levinson, quien la transformó en la popular película “Buenos días, Vietnam”, en la que Robin Williams (QEPD) protagonizaba al extravagante locutor que entre risas, parodias e imitaciones mantenía elevados los ánimos de las crecientes oleadas de soldados y oficiales que se hacían presentes a la otrora Indochina.

Más allá de las risas y la simpatía generada por el emblemático comunicador, la historia de Cronauer es una de censura y propaganda. En 1965, era claro que el efecto del poscolonialismo francés en Vietnam sería desastroso y que se avecinaba una guerra devastadora, sangrienta, larga.

No obstante, en la sala de prensa de la radio norteamericana, todo eran buenas noticias. Cronauer no pudo revelar las escaladas en los ataques del movimiento insurgente Viet Cong, las bajas de estadounidenses, las incipientes lluvias de Napalm o el aparente estado de guerra, so pena de ser suspendido temporal o permanentemente por difundir información no aprobada.

Le recomiendo que vea la película y lea un poco sobre Cronauer, estimado lector. Luego apague Netflix y busque los canales oficiales de información. Al estilo de Buenos días, Vietnam, El Salvador transita peligrosamente a una pérdida territorial y el Gobierno es incapaz de gestionar sus recursos ordenadamente (sin amenazar con recurrir a medidas desesperadas para cubrir sus costos básicos), pero con recursos públicos se siguen financiando bellos comerciales con niños cantándole al Presidente y blancas palomitas de castilla volando con gallardía en las principales plazas de la ciudad.

Le sugiero que escuche a algún vocero gubernamental ser confrontado por la tasa creciente de homicidios y posiblemente se encontrará con que “podríamos estar mejor, pero tampoco somos Siria”. ¡Gracias funcionario, ahora me siento más tranquilo!

Preste atención a los desvaríos del gabinete económico que no encuentra cómo hacerle saber a usted que se le acabaron las ideas sensatas para conseguir financiarse. Que se terminaron la porción de sus impuestos que se les asignó y lo que otros nos prestaron. Que no les queda más que cometer un suicidio económico para sobrevivir. Eso sí, dicen clarito que ninguno de los culpables pertenece a la honorable planilla estatal. 

No le sorprenda un día encontrarse con la canción What a Wonderful World (Qué mundo tan maravilloso) de Louis Armstrong, para describir al país que habitamos, ocultando selectivamente el declive en la calidad de los servicios públicos. 

¿Será posible que, al estilo de Buenos Días, Vietnam, nos estemos acercando a una irreversible situación de conflicto y al Gobierno no le quede más que darle volumen a su peligroso optimismo y continuar ofreciendo demandas por apología de la violencia a quienes expongan las cifras de su incapacidad?

“No soy el tipo más inteligente del mundo, pero tampoco soy el más tonto”, admitió Rob Gordon, el personaje protagonizado por John Cusack en otra película, High Fidelity. Quizá no somos el país más ágil y oportuno en sus críticas al gobierno o no somos los ciudadanos más despiertos, pero definitivamente merecemos más respeto y menos propaganda.

Temo arruinarle la película, pero le cuento que cuando Cronauer finalmente se rebeló y rechazó leer únicamente las noticias curadas que le autorizaban, fue removido de su puesto y tuvo que dejar Saigón. Me pregunto: ¿Cuándo se atreverá un funcionario del Gobierno actual a desafiar al “relato oficial” y decirnos la verdad? Si lo llegase a hacer, ¿peligraría su empleo? 

Me pregunto también si habrá honestidad algún día o deberemos conformarnos a que un día nos digan: “¡Bueeeenos días El Salvador! No salga a la calle, pero sepa que usted vive en el mejor país del mundo”.
 

*Columnista de El Diario de Hoy.