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"Birdman" y los vestidos nuevos del emperador

Antes que nada debo confesar que no soy un crítico profesional de cine. Ni pretendo serlo. Pero, eso sí: ver películas es una de mis grandes pasiones. No sé cuántas he visto a lo largo de mi vida, pero estoy seguro de que se cuentan por miles. Mi opinión sobre producciones cinematográficas es, pues, la de un apasionado del llamado Séptimo Arte.

Dicho lo anterior, también debo decir que no puedo resistirme a escribir sobre el famoso director de cine Alejandro González Iñárritu y sobre todo sobre su última película "Birdman". La cinta Amores Perros (2000), del mencionado director, me sorprendió por su crudo realismo y por la hábil trenza de historias que se mezclan en una sola.

Pero ya desde ese filme percibí la tendencia de Iñárritu al culto a lo grotesco y sobre todo a lo feo. Tal percepción se me confirmó como un hecho con la película Babel. Una repetición de la técnica de Amores Perros, pero a nivel planetario. La sola definición de que es feo y que no podría desatar una polémica, que iría desde lo legal y discriminatorio hasta lo filosófico.

Para el propósito de este artículo hablo de lo bello y lo feo tal como lo entendemos la inmensa mayoría en nuestra cultura occidental. Consideramos bello el rostro de Charlize Theron y feo el de Danny Trejo, por ejemplo. O consideremos que es placentero contemplar un cielo estrellado de noviembre y todo lo contrario mirar la formación de nubarrones negros y amenazantes en una tarde de julio en pleno invierno. Bella la rosa y feos los cardos. Y así.

Pues bien dentro de ese marco de referencia no muy académico que digamos es que me refiero a al marcado culto de Iñárritu por lo feo. Su última producción "Birdman", ganadora del Oscar como mejor película en la entrega de este año, e Iñárritu, ganador del premio en la categoría de mejor director, me recuerda el cuento que todos leímos de niño, aquel de "Los vestidos nuevos del emperador".

El cuento decía que dos truhanes llegaron a una comarca. Allí convencieron al rey de comprar unos bellísimos vestidos que solo las personas inteligentes podían ver. Los tontos no veían nada. Por supuesto que las telas no existían.

Pero engatusaron al rey y a casi todos los súbditos. Cuando el rey marchó desnudo en medio de la calle estrenando el supuesto vestido, nadie quería quedar mal con el soberano y menos aparecer como estúpido. Todos alababan el vestido nuevo del emperador. Hasta que un niño, la inesperada virtud de la ignorancia, exclamó: "El rey va desnudo".

Algo así me parece que ocurre con la película Birdman. Se vende como una comedia y como la última chupada del mango en materia de técnica cinematográfica. La verdad es que no es ninguna comedia, sino un asfixiante y melancólico drama de un actor venido a menos, sufriente y fracasado que termina, eso creo, suicidándose.

La técnica es simple. Una cámara que no discrimina y va de corrido por todos los entresijos del escenario. Una banda sonora monótona y unos maquillajes que afean hasta a las guapas actrices y que hacen horribles a Michael Keaton (lo vi en persona hace menos de un mes en Los Ángeles y no se ve así de repelente) y a Ed Norton.

Las escenas son repetitivas hasta el cansancio; los diálogos, aburridos, y recursos como el de la telequinesis de Riggan Thompson (Keaton), innecesarios. No aporta nada a la historia. Pero Iñárritu es el nuevo Almodóvar, quien elevó el tema de la diversidad sexual a la categoría de lo más exquisito en materia de cine (no tengo nada contra eso, pero tocarlo una y otra vez, cansa).

Así que Iñárritu es el nuevo Almodóvar: diferente, extravagante, irreverente y supuestamente un genio. No alabarlo es no entender los nuevos códigos del cine. Pues a mí, que me perdonen los que supuestamente saben pero "Birdman", por mucho que haya ganado el Oscar, me pareció una muy mala película. No es una buena historia: ni divierte, ni educa, ni da miedo, ni innova, ni nada.

* Columnista de El Diario de Hoy. marvingaleasp@hotmail.com