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Un bien escaso: Saber razonar

Los numerosos correos recibidos sobre la elección en las dos últimas semanas me han puesto de relieve un mal que no es exclusivo de El Salvador sino que tiende a extenderse y hacerse mundial: la escasa educación lógica, la crítica mal razonada, pobre en argumentos y en conclusiones bien enlazadas.

Mencioné en uno de mis artículos un tipo de gente a la que con toda justicia se la puede calificar de mentecatos y expliqué su génesis de origen en el idioma del Imperio Romano y de la Iglesia Católica: el latín. Mentecato viene de mens-captus >mente-capto, o sea mente cautiva secuestrada, incapaz de razonar con lógica y claridad.

El fanático es el ejemplar de mentecato llevado al extremo: el que vive solo de consignas, slogans y estereotipos simples. Sin embargo todos podemos ser más o menos contagiados de simplificaciones mentales porque vivimos en un ambiente donde los slogans de la publicidad comercial son intensos, continuos y rodeantes.

Los peores mentecatos son los fanáticos seguidores de algunos equipos de futbol o de algún partido político. Son gente que no ve nada más que lo que quiere ver y eso además como a través de lentes deformadas.

"Por desgracia --escribe un autor europeo con cierto humor desesperado-- es difícil encontrar una palabra mejor para describir el estado en que se encuentra Occidente en nuestro siglo. La mentecatez lo inunda todo, y encontrar a un ciudadano que piense con rigor y serenidad se ha convertido en tarea propia de un trabajo de investigación".

Y no es raro ni exagerado ese juicio. El tipo de cultura, más bien de anticultura imperante, tiende a la emoción superficial y a los placeres efímeros. Está dominado por imágenes, visuales o musicales. Ese esfuerzo deportivo de pensar con rigor les resulta fatigoso e innecesario.

No es algo que haya ocurrido de repente. Los Ilustrados del siglo XVIII que se creyeron ser las grandes luminarias de la razón --¡qué ironía!-- fueron los que comenzaron a debilitarla y desorientarla. Despreciaron la metafísica y la teología y atacaron a la fe con esa calumnia exitosa de que la Edad Media fue la época del oscurantismo. Ellos sí que entenebrecieron e inmovilizaron muchas mentes europeas y después exportaron el mal a otros continentes. Han tenido que ser los pontífices Juan Pablo II y Benedicto XVI los que han venido a demostrar en nuestro siglo, con sólidos argumentos, que la fe y la razón no sólo no son enemigas sino que se necesitan y se favorecen mutuamente.

La educación de los niños está intoxicada por la intención insistente de que desde muy pequeños sean pequeñas bestias lujuriosas, que practiquen deportes, que dibujen o pinten, pero que no estudien ni filosofía, ni lógica ni antropología ni historia universal. Y según van creciendo se les enseña a adorar a las ciencias experimentales como lo único válido y progresista, para pasar pronto al materialismo y el relativismo. Con esto último el mal ya se completó y se obtiene un perfecto mentecato, que además está feliz de serlo.

Si siempre el punto débil de la democracia es que venza y obtenga el poder la mayoría triunfante, en la medida en que las mayorías con derecho a voto vayan siendo abundantes en mentecatos, el triunfo de la verdad, de los datos verificables, de la buena política, pueden quedar aplastados por las mentiras insistentes de un equipo hábil en marketing y publicidad.

Por ese camino se han aceptado por muchos que dos homosexuales, si lo dice la ley, pasan a ser un matrimonio; que el aborto no es un crimen sino un derecho; que no existen verdades ni leyes morales de alcance universal; que el camino de la felicidad es el egoísmo narcisista o que la Cuba de Fidel y la Venezuela de Maduro son los faros que alumbran a toda Hispanoamérica.

Esta columna está escrita antes de la elección presidencial de ayer, por lo tanto lo aquí dicho está muy encima de cual haya sido el resultado de esa elección.

*Dr. en Medicina.

Columnista de El Diario de Hoy.

luchofcuervo@gmail.com