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Benditos “cocoons”

Yo tampoco quiero donas ni sorbete. Quiero que los salvadoreños recuperemos la paz, que volvamos a sentir tranquilidad fuera de nuestros “cocoons”

El gallo aún está en el último sueño cuando se escuchan señales de vida en la casa de los Raymundo. Sin pensarlo, Beto se da un duchazo de agua helada, y ya “shayneado”, despierta a su mujer quien, aún dormida, corre a sacudir a los cipotes. Todos van a la cocina a medio tragarse un francés con chojoles, o un cerealito y, por supuesto, un cafecito. Luego al baño, y a salir chipusteados se ha dicho, primero al colegio y después , él a Claro, ella a La Salud.

Típico acelere matutino de una típica familia luchadora salvadoreña. Madre y padre echando riata para que sus hijos tengan una vida con menos aprietos. Su día comienza a las cuatro de la mañana y termina a las diez de la noche, dieciocho horas de las cuales pasan diez en el trabajo, dos en la trabazón del Sitramss, y seis cocinando, lavando platos, comprando que comer, haciendo tareas, remendando el chorro, zurciendo calcetines, viendo las noticias, y orando en el culto. ¡Ufffff, con razón siempre se duermen con la tele encendida!

Rezando en el culto para que nos dejemos de matar, para que de verdad Unidos Crezcamos Todos, para que alcance la quincena, y para que Dios derrame sobre sus hijos las tres grandes cosas que hay en la vida.

Gracias a Dios es sábado, lo que significa un bienvenido cambio de rutina, aunque primero hay que ir al banco, hacer las compras, lavar uniformes y dejar comida preparada.

Hablando de comer, eso es lo que más disfrutan el fin de semana. Su paladar ha salivado cataratas, por culpa del constante bombardeo publicitario de hamburguesas, pizzas, pollo, donas y sorbete.

“El domingo probaremos la Maxi Burger”, dice Beto; “trato hecho, nunca deshecho”, gritan en unísono los cipotes.

Pero más importante que lo que se tragan, es que los restaurantes de comida rápida , en su radar, son una especie de “cocoon”, o capullo de seguridad y esparcimiento.

El precio de un combo les da derecho a que los cipotes se devanen en los juegos, a disfrutar el aire acondicionado, a leer El Diario de Hoy y hasta conectarse a Internet.

Benditos “cocoons” en los que, a diferencia de su propia casa, disfrutan de la paz mental que les da saber que, ahí adentro, nada les pasará.
“¡Estaba buena la Maxi! ¿Van a querer postre?”, cuestiona mami. “¡Siii, vamos al Mr. Donut, creo que están al 2 x 1!”, ruega la cipota. “También La Nevería está al 2 x 1”, afirma el cipote.

Problema resuelto sonríe Beto, quien guía a sus queridos, directo y sin escalas, a su segundo “cocoon”, el “food court” de Plaza Mundo. Cero pleito pues ahí a cada quien se le concede su deseo con total tranquilidad.

El deseo de papi y mami no era dona ni sorbete, sino pasar una tarde alegre y, sobre todo, segura, vitrineando, echándose un cafecito en el quiosco de Coscafé y haciendo cuentas para ver si les alcanza para la cuota de una pantalla plana.

Que dicen, ¿habrá en la capital unos 200 mil hogares con cuatro habitantes promedio como el de los Raymundo? Quizá más, juzgando por el mar de luces que se alcanza a ver bajando de noche del volcán. ¿Cuántos de estos hogares reciben remesa?

¡Bingo! Con razón que nos bombardean con publicidad de comida rápida; que abundan palacios de cristal y neón; que contamos con vastos centros comerciales, algunos verdaderos oasis de paz, en medio de zonas de guerra.

Benditos “cocoons”, protegidos por tecnología, y un ejército privado, que garantiza la seguridad de sus clientes.

Yo tampoco quiero donas ni sorbete. Quiero que los salvadoreños recuperemos la paz, que volvamos a sentir tranquilidad fuera de nuestros “cocoons”.

*Colaborador de El Diario de Hoy. 
calinalfaro@gmail.com