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Beato, perdónalos porque no saben lo que hacen

Crucemos los dedos para que cuajen los números en Bogotá; para que la huacalada de agua helada, que aventó la tía Sam, despierte a los de CEPA; para que nuestro aeropuerto recupere su esplendor

Les guste o no les guste, esta autopista se llama Monseñor Romero, frase célebre de un expresidente, de non grata recordación, al inaugurar una obra preñada de corrupción e ineficiencia.

Ese desafiante corte de cinta, así como una tropezada audiencia con el Papa, fueron shows políticos en busca de protagonismo como oveja de Cristo.

Pero, por la culata le salieron los tiros, pues una oveja no llega tarde a una cita con su Santidad, ni le vale sorbete la opinión de la ciudadanía, en concurso por bautizar la autopista.

¿Verdad que nadie se traga la devoción del susodicho? 

“¡Devoto al pisto!”, grita la lorita Pepita.

Su anciano sucesor, también tiene pinta de non devoto, pero raja si le sacó a la beatificación que su antecesor perseguía. Los dientes también peló cuando, sin pena, anunció que Comalapa no más: “Aeropuerto Monseñor Óscar Arnulfo Romero y Galdámez te llamarás”. 

Y con inusual eficiencia, anclan el nombre del beato, con enormes letras, que le dan la bienvenida a millones de pasajeros.

Perdónalos Monseñor. ¿Cómo se atreven a bautizar con tu nombre, una autopista llena de manos peludas, y un aeropuerto estancado en el pasado?

El George W. Bush de Houston, el Charles de Gaulle de París y el Reagan National, honran memorias operando con eficiencia. ¿Y el nuestro?
“¡Patas arriba como todo el país!”, afirma Pepita. 

En la última ampliación de Comalapa, hace dos que tres décadas, extendieron el diseño original de los 70, ignorando la magia de la arquitectura que, con un poco de visión, hubiese diseñado una obra más amplia y moderna.

Ahora, aquello es apretado, colas por aquí, colas por allá, seguido se convierte en sauna, salas de espera con menos sillas que viajeros y baños de los que mejor me aguanto.

Si no vacilaron para anclar el nombre del beato, ¿porque lo hacen para arreglar la escalera eléctrica? Me cuenta una viajera frecuente, que lleva meses con las tripas de fuera (la escalera, no ella), y que le parte el alma ver ancianas, rumbo a casa de sus hijos en los “yunai”, a gradita tun tun, luchando con bolsotas de encargos. 

Si la escalera eléctrica está caput, ¿cómo estará el radar, cómo estarán las pistas? 

Da culío pensar que la administración de lo que queda de aeropuerto, está en las mismas manos de la entidad que no ha podido echar a andar el puerto de la vergüenza. Solo falta, que cuando lo hagan, le pongan su nombre, monseñor. 

Urge actuar pero no actúan. Urge la cooperación pero la ahuyentan. Urge ser eficiente, pero imposible con tanta grasa incompetente.

Con razón los gringos tiraron la toalla. “Sorry, sus intereses no coincidir con los nuestros”. Y nos dejan chiflando en la loma.

¿Que estarán craneando los colombianos de Avianca? ¿Que SJO vuelva a ser su hub regional? O quizás mejor SAP, pues el clima lo cierra menos. 

Yo espero que estén haciendo números y, a pesar de que sería un reto contra viento y marea, le apuesten a levantar SAL.

Un aeropuerto, en el ombligo de América, adonde convergen los aviones, que vienen del sur y van al norte, con los que vienen del norte y van al sur; con abundancia de asientos para traseros y panzas para carga, con servicio, directo y sin escalas, a un montón de aeropuertos; con personal de la ex-TACA que maneja la operación como reloj suizo; con un hospital de primer mundo, para que sus naves vuelen con seguridad y a tiempo.

Crucemos los dedos para que cuajen los números en Bogotá; para que la huacalada de agua helada, que aventó la tía Sam, despierte a los de CEPA; para que nuestro aeropuerto recupere su esplendor, y así sea digno de la memoria de nuestro monseñor.

Te rogamos, Beato, óyenos.

*Colaborador de El Diario de Hoy. 
calinalfaro@gmail.com