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Barrido amplio y no parcial

Cada vez es menor el porcentaje de incidentes motivados por rivalidades entre pandillas contrarias

Hace varias semanas, en este mismo espacio, hice referencia a un artículo de opinión de Roberto Cañas en el que argumentaba que el país, en ese entonces, había tocado fondo y que, por lo tanto, de allí en adelante, solo era posible mejorar. Advertí que el escenario del momento no era tan alentador como lo pintaba Cañas, ya que las condiciones indicaban que aún faltaba que la situación empeorara significativamente. Aún creo que su lectura benevolente de la crisis en seguridad estaba más orientada a generar esperanza en medio del caos y la desesperación, que proveer un análisis técnico y acertado. 

Desde entonces, la crisis se ha agudizado y la criminalidad empeora exponencialmente. Cada semana parece ser insuperable, pero la siguiente termina siendo más sangrienta y aterradora. Este contexto crítico era previsible, considerando la nefasta estrategia de seguridad adoptada durante la administración de Mauricio Funes. Muchos trataron de vender la negociación con las pandillas como una iniciativa “audaz” e “innovadora”, disfrazándola con el término “tregua” para causar un efecto similar al generado por el cese de hostilidades entre dos enemigos en el marco de una guerra, pero el pacto oscuro que se gestó tenía muchos referentes históricos que, al estudiarlos, no había otro deslace más que el actual. 

El dañino fanatismo ideológico, los intereses personales y posturas irracionales alimentadas por antiguos odios y rivalidades, también motivaron a que otros intentaran maquillar la negociación en algo que no era y descalificar sus detractores. La re-calibración de la negociación era lógica. También era obvio que la relación extorsiva a la que las pandillas habían sometido al Estado alcanzaría un punto en el que el intercambio de beneficios se iba a complicar. Las monedas de cambio en la negociación, la visibilidad de la violencia y la alarma social que conlleva, entrarían en juego de nuevo. 

Así es el escenario actual. Los homicidios y las muertes son instrumentales. El fin último de cada hecho no es la acción en sí, sino la consecución de un objetivo ulterior. El incremento de la violencia es parte de un esfuerzo que persigue una meta más amplia y recompensas que no son inmediatas. Cada vez es menor el porcentaje de incidentes motivados por rivalidades entre pandillas contrarias. Progresivamente, los homicidios se han alejado de la naturaleza caótica de las decisiones impulsivas y emocionales, acercándose más a la frialdad de las decisiones calculadas y las acciones planificadas. La sofisticación de las pandillas avanza de forma acelerada.

La absurda e inexplicable negligencia estatal y sus bizarras reacciones ante incidentes graves como el reciente homicidio de más de una decena de pandilleros en el centro penitenciario de Quezaltepeque, son sospechosas. Más aún cuando, en este contexto, los funcionarios hacen señalamientos en contra de la oposición y capturan a personas vinculadas a ellas, publicitando un presunto vínculo con estructuras delictuales y sugiriendo que la espiral de violencia no es el resultado de la negociación de la administración Funes con cabecillas criminales. 

Ningún partido salvadoreño está inmune al atractivo de las pandillas. Concentrarse convenientemente en casos que vinculan a dichas agrupaciones y figuras de la oposición es un abordaje parcial de un problema grave, no es más que una persecución política y, por lo tanto, no tendrá ningún efecto sobre esa nefasta dinámica entre el sector político y las estructuras delictuales. Mucha información transita en círculos de seguridad e inteligencia de alcaldes del bloque oficialista que han enlistado la ayuda de pandilleros para desempeñar tareas propias de los cuerpos de agentes metropolitanos. Hay un caso que suena con especial tono del área paracentral del país. 

Los salvadoreños debemos de exigir que las autoridades barran parejo con este problema. De lo contrario solo se estaría motivando la persecución de adversarios políticos y no abogando por la desarticulación de esta nefasta interacción entre malos políticos y criminales iniciada por la administración de Mauricio Funes. 

*Criminólogo.
@cponce_sv