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Bajando los estándares

Uno de los problemas más serios que plantea el segundo gobierno del FMLN es la rebaja continua de los estándares que la sociedad aplica para juzgar a sus gobiernos. La rebaja de dichos estándares es irremisible porque aplicar los estándares normales resultaría en una repetición aburrida de lo que la realidad evidencia: que el gobierno no da la medida en ninguna de las dimensiones en las que puede juzgarse un gobierno. La economía, el desempleo, la inseguridad, la salud y la educación pública están cada vez peor.

A la gente le da vergüenza sólo decir estas cosas, que son la realidad, porque cree que la imparcialidad demanda decir igual número de cosas buenas y malas, de cualquier cosa, de cualquier gobierno, de cualquier acción. Con sólo adoptar este ridículo concepto de la imparcialidad el descenso de los estándares se vuelve inevitable. La gente empieza a buscar razones para decir algo positivo para sonar moderado, y al no encontrarlas, a tomar como positivo el que las cosas no estén peor. Como todo puede estar peor, siempre, esta es una cantera inexhaustible de cosas positivas que decir.

La fecundidad de esta cantera se ha notado claramente en los análisis de los primeros cien días del gobierno. Se ha alabado mucho al presidente, por ejemplo, porque no insulta como insultaba el presidente anterior (a pesar de que comparó a los empresarios con los burros, pero eso es un detalle), porque no hace despliegues de consumo conspicuo de bienes de lujo, porque se traslada en procesiones más pequeñas de carros de lujo, porque sigue viviendo en su casa, porque habla mucho del diálogo aunque no dialogue nada, porque no amenaza con meter presos a las personas que lo contradicen, porque supuestamente ha desmontado los aparatos para intimidar a la prensa y a los críticos del gobierno, porque pareciera que ya no va a seguir atacando sin razón a ENEL y porque no tiene un programa sabatino para insultar a la oposición sino uno igual al que tenía Chávez, que es peor pero no hay que decirlo, y porque el presidente es una buena persona.

Algunas de estas cosas pueden ser ciertas, otras ni siquiera están demostradas. Pero ninguna es una razón para alabar al gobierno en ningún lado. Estas cosas y otras que se mencionan como grandes logros del gobierno forman parte de lo mínimo que un país debe demandar de sus gobernantes. ¿O es que ha oído usted alabar al presidente Obama porque no insulta a los empresarios de su país, o proferir alabanzas a la canciller Merkel como gran líder de la democracia porque no amenaza con meter presos a los que la contradicen, o al primer ministro Cameron por no tener un programa semanal para degradar a la oposición, o al presidente Hollande por tratar a las empresas internacionales de acuerdo a las leyes?

Esta manera de agradecer cosas que son mínimos esperables es insidiosa porque refuerza una de las fuentes más negativas del subdesarrollo: el servilismo al gobernante, que lleva a los ciudadanos a agradecerle que no los atropelle, que no los insulte, que no bote el dinero de sus impuestos en whisky caro. El entrar en ese servilismo hace que la gente olvide el servilismo de nuestros gobernantes a Venezuela y a Cuba, la ignorancia demostrada en cada una de las dimensiones de gobierno, la violencia cada vez peor, la erosión de toda la institucionalidad democrática del país, la falta de medicinas en los hospitales y en las unidades de salud, las escuelas cayéndose…¡Y, además de olvidar todo esto, quieren que les agradezcamos por no insultarnos más allá de decirnos burros, por no meternos presos al no estar de acuerdo con ellos, por no intimidar tanto a la prensa, por no tomar tanto whisky!

Bajando así los estándares es que los comunistas y los socialistas del Siglo XXI han logrado que los cubanos y los venezolanos besen las manos que los degradan. No caiga en esa definición ridícula de imparcialidad. Aplique los mismos criterios que se aplican en los países democráticos. Y dese cuenta del gobierno que tenemos.

*Máster en Economía,

Northwestern University.

Columnista de El Diario de Hoy.