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El ayuno nos ayuda a compartir

Hemos iniciado la cuaresma, camino hacia la Pascua. Es tiempo de gracia, misericordia, arrepentimiento, perdón y reconciliación fraterna. Los tiempos que estamos viviendo exigen grandes cambios a las instituciones, a las estructuras de gobiernos, a las empresas, a la iglesia y a las comunidades. En esta euforia de cambios, también nosotros, necesitamos reorientar nuestra vida y dar calidad a opciones cristianas.

La ceniza que hemos recibido al iniciar la cuaresma, no es un rito que perdona los pecados, es un signo que nos pone en camino hacia la celebración de la pascua. Ha elevado nuestra mente a la realidad de la eternidad, nos ha hecho reconocer con humildad y sinceridad, que el tiempo de nuestra vida depende de Dios y que a El debemos volvernos. La conversión que pide este tiempo no es, en efecto, sino un volver a Dios valorando las realidades terrenas conforme al plan de Dios. El profeta Joel nos cuestiona con sus palabras: "todavía es tiempo, vuélvanse a mí de todo corazón con ayunos, con lágrimas y llanto, enluten su corazón y no sus vestidos" (Joel 2, 1).

Entre las prácticas cuaresmales recomendadas por el evangelio se encuentra el "ayuno". Esta práctica es común y ayuda a obtener un sano equilibrio espiritual, desprendiéndonos de una actitud consumista para favorecer a los pobres. Todo esto es bueno, pero ayunar, no es sólo abstenerse de ingerir alimentos. En muchos hogares falta la comida y viven permanentemente en ayuno. Se puede practicar otro tipo de ayuno que también es muy meritorio ante Dios: Ayunar de nuestro egoísmo, de nuestras vanidades, odios, perezas, venganzas, rencores, injusticias, y sobre todo, saber frenar nuestra lengua con la que podemos hacer mucho daño.

Los grandes profetas de Dios entendieron muy bien cómo es el ayuno: "el ayuno que yo quiero este éste: abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos dejar libre a los oprimidos romper todos los cepos" (Is.58, 6); "Lo que el Señor desea de ti: que defiendas el derecho y ames la lealtad y que seas humilde con tu Dios" (Mi 6,8).

El Papa Francisco nos decía el Miércoles de ceniza: "Debemos estar atentos para no practicar un ayuno formal, o que en verdad nos "sacia" porque nos hace sentir bien. El ayuno tiene sentido si verdaderamente afecta a nuestra seguridad, y también si se consigue un beneficio para los otros, si nos ayuda a cultivar el estilo del Buen Samaritano, que se arrodilla ante su hermano en dificultad y se encarga de él. El ayuno implica la elección de una vida sobria, que no desecha, que no "descarta". Ayunar nos ayuda a entrenar el corazón en la esencialidad y el compartir. Es un signo de toma de conciencia y de responsabilidad frente a las injusticias, a los acosos, especialmente en lo relacionado con los pobres y los pequeños, y es signo de la confianza que ponemos en Dios y en su providencia".

*Sacerdote salesiano.