Lee la versión Epaper
Suscríbase
Lee la versión Epaper

Opinión

Ayer, un penal... hoy, un asilo de ancianos (Un llamado a la solidaridad)

El pasado 13 de junio, este periódico publicó un reportaje bajo el título: "Alcaldía de Atiquizaya busca fondos para asilo". El caso lo retomó LPG el domingo 21 con el siguiente encabezado: "Alcaldía sin presupuesto para mantener asilo" En ambas entregas se destaca el llamado de la comuna a la generosa ayuda para suplir el vacío que dejó la ONG española "Asociación Mensajeros de la Paz", que después de un esfuerzo humanitario que duró doce años, se vio obligada a dejar el hogar porque los recursos que recibía ya no alcanzaban para atender a más 20 personas de la tercera edad.

Del esmero y la calidez humana del asilo, puedo dar fe, incluso de sus necesidades de sus de ayuda, porque durante más de dos años mi hermana mayor Celia Margarita y su esposo Armando, vivieron con personas que no podían pagar una pensión por módica que fuera, atendidas con ternura y dedicación por un reducido número de personas, que infortunadamente fueron despedidas y reemplazadas por personal de la propia municipalidad. Mi cuñado falleció en el ISSS de Santa Ana –al que fue remitido unas dos semanas antes por su delicado estado de salud– precisamente el día en que el EDH dio la primicia. Sin embargo, mi hermana permaneció en el lugar, siempre bajo el calor humano del nuevo personal; aunque la última vez que la visitamos pudimos constatar también, a través de una regidora y la administradora del hogar, los apuros que pasa la alcaldía para enfrentar las enormes responsabilidades que ha asumido. 

De paso, quisiera compartir que la primera vez que visité a los nuestros en compañía de mis hermanas menores, me causó una extraña sensación el recordar que yo también había sido "huésped" de ese lugar, pero por otras razones, compañeros distintos y en diferentes instalaciones. Tendría unos quince años cuando fui remitido a la entonces cárcel de la ciudad, por haber infringido una disposición municipal que prohibía sentarse en el respaldo de las bancas del parque. Yo no lo sabía, pero lo triste fue que esto sucedió un Viernes Santo, cuando con mis compinches, esperábamos la llegada del Santo Entierro después de haber cargado la urna unas horas antes. Ahí pasé la noche, a pesar de que mi padre era o había sido juez de paz y había sido fue avisado por uno de mis amigos. A tempranas horas del Sábado de Gloria, mi viejo me fue a rescatar con un semblante marcado por la compasión y la firmeza, acompañadas de unas palabras que después de más de 60 años se las sigo agradeciendo y que de acuerdo con lo que recuerdo decían más o menos lo siguiente:"con tu madre, no hemos cerrado los ojos durante toda la noche, pero yo espero que esto te sirva de lección para que en adelante respetes las leyes".

Ingresamos al lugar y rápidamente imaginamos la diferencia entre pasar días, semanas, meses y años enteros –rodeado de calidez humana y amor por los ancianos- con solo unas horas entre personas recluidos por haber cometido una falta o un delito. Es cierto, también aquellos, de alguna manera y por su misma edad, han perdido su libertad; pero como padres o madres sin duda han sido socialmente responsables y eso ya es suficiente razón para que no los dejemos en el abandono.

 Y al invocar la solidaridad con estos ancianos, puedo imaginar -como es el caso nuestro- que algunos de sus padres, fueron parte de esa generación de personas comprometidas con el progreso de la ciudad. De hecho, con el apoyo de los gobiernos turno, hicieron posible que Atiquizaya contara con la infraestructura básica que hoy en día disfrutan sus hijos y sus nietos: calles pavimentadas, alumbrado público renovado y agua potable. Y sin duda de lo más importante: el Instituto "Cornelio Azenón Cierra", nombre que corresponde al del insigne maestro que nos introdujo en el complicado campo de las matemáticas y de donde han egresado muchos hombres y mujeres convertidos en dignos profesionales, arropados bajo principios y valores de honestidad y solidaridad con los semejantes, muy echados de menos hoy en día. Mi padre fue parte de ese grupo de hombres visionarios, donde destacaba el abuelo de la actual alcaldesa y otras personas prominentes de la ciudad. Seguramente después de seis décadas, la infraestructura física ha sido remozada, pero su base, sigue estando allí.

Aquellos eran tiempos de esperanza, de gobiernos que cumplían con sus obligaciones sin tintes ideológicos o populistas, de personas altruistas comprometidas con los pobres, que sin esperar prebendas de parte del Estado, ponían lo mejor de sí en búsqueda del bien común. Es más, aunque nuestra generación tuvo su propia "pandilla", los cinco o seis miembros de la misma nos dedicábamos más que todo a practicar juntos el fútbol, el ciclismo, el físico culturismo, entre otras distracciones sanas. Claro, esa camaradería nos servía mucho para compartir nuestras cuitas con los primeros amores. Hoy, sin embargo, la ciudad también es víctima de otro tipo de pandillas.

Con el fallecimiento de Armando, mi hermana ha sido trasladada a San Salvador, a un lugar donde la podemos visitar diariamente. Pero esto no es razón para que la familia se olvide de la deuda con el asilo que funciona en el lugar donde pasamos nuestra primera juventud. En la medida de nuestras posibilidades y más hoy que la alcaldía está apelando a la solidaridad para mantener funcionando ese hogar. Obviamente, los recursos que se necesitan no pueden ser suplidos solo por la comuna; por ello se requiere el concurso del gobierno, de instituciones y personas altruistas y especialmente de aquellos nacidos o con arraigo en la ciudad.

En mis próximas visitas al asilo, sin duda echaré de menos la presencia de mis hermanos, pero con la expectativa de que sus amigos seguirán siendo atendidos como ellos lo fueron. Por supuesto, siempre recordaré, aquel Viernes Santo cuando en mis años mozos aprendí una lección que he tratado de practicar toda la vida. A estas alturas, tampoco descarto volver, pero no como infractor de la ley, sino como un anciano que espera igualmente vivir sus últimos años, rodeado del calor humano que merecen y reciben los ancianitos que pasan sus últimos días en ese modesto pero cálido hogar, esperando el llamado del Credor.