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En la aventura de vivir

Vivir siempre es una aventura. Implica riesgos. Nadie conoce que nos depara el futuro hasta que éste deja de serlo y se hace presente. Y como nadie es igual a los demás, ante la vida, cada uno elige su modo de vivirla. Algunos eligen aferrarse a lo ya conocido y arriesgar lo mínimo ante un futuro siempre incierto. Otros, en cambio, sobre todo si están en plena juventud o estrenando una incipiente madurez, prefieren el desafío de lo nuevo. El riesgo de lo desconocido les estimula, los hace emprendedores y acrecienta en ellos su goce de vivir.

Si esas dos actitudes opuestas se exageran, aparecen, en un extremo, la triste caricatura de los anticuados que observan todo lo nuevo como un peligro, un fracaso o una maldad. Y por el otro extremo caminan, los frívolos, los insensatos, que con tal de estar "en la cresta de la ola", su vanidad los lleva a aceptan cualquier maldad o estupidez, con tal de que se presente con el sello de novedad, aunque más de una vez sean errores, de tiempos tan antiguos, que por olvidados, puedan presentarse ahora como nuevos.

In medio virtus: en el medio está la virtud. Ese justo medio que exige la virtud de la prudencia, ya lo vio ayer, Aristóteles y hoy también lo percibe cualquiera que tenga bien asentada la madurez de su personalidad, porque huir de los extremismos es muestra de sensatez.

La sabiduría china lo dice de un modo simpático y pintoresco con un dejo de humor: "para caminar hay que tener un pie en el aire y otro en el suelo". Con los dos en el suelo no avanzas; con los dos en el aire, te caes sin remedio.

Tontos los hay en toda época, e inteligentes, también. En los siglos pasados hubo personas inteligentes y en ocasiones muy inteligentes, Por eso existen muchas cosas buenas que se las debemos a nuestros antepasados. Que en el presente gozamos de un desarrollo científico y técnico acelerado, que cambia más rápido que las generaciones, es algo muy evidente. Pero que todo lo nuevo sea bueno no es verdad, aunque la cultura de la muerte insista en presentarnos como nuevos y buenos, todas sus degeneraciones y crímenes sociales.

Entonces, ¿cuál es el criterio, la ruta acertada por donde encauzar nuestra vida? En el fondo el criterio es sencillo. No somos vegetales ni animales. Estamos dotados por nuestra naturaleza de inteligencias para conocer lo que es bueno y lo que es malo. Y estamos dotados de voluntades libres para elegir el bien y rechazar el mal. Si una cosa es antigua o si es nueva, es lo de menos. El quid está en saber si algo nos hace mejores, más buenos, más humanos y más beneficiosos socialmente, o si nos envilece y nos transforma en un peligro para la buena armonía o la vida de los demás.

Es cierto que en ocasiones, la bondad o maldad de un asunto, el beneficio o perjuicio de una costumbre o de una ley, no se presentan de un modo claro. Resulta difícil decidir. La regla de la prudencia ética pide, primero no actuar; después: estudiar con detenimiento la cuestión, pedir consejo, escuchar opiniones y al final decidir. Hay fanáticos de la democracia --o sea, los que no entienden sus debilidades y limitaciones-- que se quedan conformes con que la decisión haya sido por mayoría. Pero no siempre las decisiones por mayoría son acertadas y más de una vez han sido funestas.

Y aquí nos encontramos de pronto con doña democracia. ¿Cuándo se puede decir que se vive en una verdadera democracia?... No sé si tendré fuerzas o ganas de meterme a escribir en otra ocasión sobre tan peliagudo asunto. Me temo que si lo hiciera, más de uno se escandalizaría, porque en la espesa jungla de la política mundial, la democracia es un ave muy rara y que requiere un hábitat muy delicado.

*Dr. en Medicina.

Columnista de El Diario de Hoy.

luchofcuervo@gmail.com