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No a la austeridad

El caso de Grecia pasará a los textos de economía y de política como un raro ejemplo de cómo destruir a un país en unos cuantos meses. A mediados de 2014, Grecia estaba en una mala situación pero ya encaminada a una solución a sus problemas. Por primera vez desde que la crisis comenzó en 2009, el país había comenzado a crecer en 2013 y seguía haciéndolo en 2014. Las condiciones eran duras, pero duras son siempre cuando hay que ajustarse a una reducción del déficit fiscal tan grande como Grecia tenía que hacer para que la deuda del país no siga creciendo.

Mucha gente que cree que Europa está tratando despiadadamente a Grecia olvida que Grecia exige dinero no sólo para pagar las enormes deudas que acumuló en la primera década del siglo sino también para seguir gastando más que sus ingresos.

Grecia iba avanzando poco a poco en este camino, reduciendo su déficit fiscal de 15.4 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) en 2009 a 4.1 por ciento a fines de 2014. Pero esta última cifra es demasiado alta para un país que se queja de no poder pagar sus deudas. Era necesario reducirlo más para poner al país en una trayectoria de crecimiento. Cada año, Grecia discutía con Europa el plan para obtener este objetivo. El plan de este año fue la manzana de la discordia.

Los griegos, como los que se han echado en un sábado una francachela millonaria que no pueden pagar y pretenden seguir fiesteando el domingo a cuenta de alguien más, se fueron poniendo furiosos ante las condiciones que Europa seguía pidiendo como contraparte a seguirles financiado la fiesta del domingo, aunque comprensiblemente cada vez menos. Pensaron que los europeos les estaban imponiendo un política económica, llamada austeridad, que ellos pensaron que era errada e inmoral, sin darse cuenta de que ellos mismos se habían impuesto esa austeridad al gastar por varios años enormes cantidades de dinero más que lo que ganaban.

Para Grecia, que por su propia admisión no puede pagar todas sus deudas, no hay manera de seguir gastando más que sus ingresos que recibir regalos de alguien más. Y no hay razón alguna para pensar que deba haber algún tío rico que le pague sus excesos a Grecia. ¿Por qué deben los ciudadanos de los países europeos pagar impuestos para que los griegos no los paguen, o para que se los despilfarren?

Esta manera de pensar que existe en Grecia fue aprovechada por el partido marxista Syriza para subir al gobierno impulsado por ideas irreales: que Europa estaba abusando de Grecia, que Europa se iba a deshacer si ellos no pagaban, y que por tanto había que negociar duramente con los acreedores.

El primer ministro que los griegos eligieron, Alexis Tsipra, el ministro de Hacienda, Yanis Varoufakis, el partido Syriza, y Grecia entera estaban tan fuera de la realidad que pensaron que haciendo desplantes y exigiendo más dinero fresco y que les perdonaran más deudas, rechazando así la oferta de Europa para este año, iban a poner a ésta de rodillas. Esos desplantes no sólo no lograron ponerla de rodillas sino que empeoraron drásticamente la situación de Grecia. Con el miedo de que el gobierno iba a reintroducir el dracma, el público vació los bancos de euros, poniendo el sistema bancario en peligro de quiebra.

Ahora Grecia necesita más préstamos para servir su deuda, financiar el déficit fiscal y restaurar la liquidez del sistema bancario. Políticamente, ahora tiene que darle la vuelta al calcetín del país entero, diciéndole que lo que le dijeron que rechazara en el referéndum del domingo antepasado, ahora tienen que aceptarlo, y con condiciones más drásticas, que hasta violan su soberanía.

Es decir, con su comportamiento inmaduro, populista, este gobierno aumentó la necesidad de austeridad del pueblo griego. Esto fue como si Tsipras hubiera convencido a los de la francachela, que no podían ya pagar sus deudas de lo bebido y bailado, de que le pegaran fuego al lugar de su fiesta, aumentando así la deuda, pero esta vez sin siquiera haber bebido y bailado más porque de sus desplantes no lograron nada bueno para Grecia. Ese es el populismo.

*Máster en Economía, Northwestern University.

Columnista de El Diario de Hoy.