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Atlacatl, el indio inexistente

Cuando el pueblo ya no se trague esa píldora, seguramente el Gobierno se inventará que nuestra tragedia es culpa del “Imperio Yanqui”, de la “oligarquía” o de la “derecha internacional”

Las naciones se forjan a punta de leyendas: batallas aguerridas, héroes, mártires y víctimas. Glorias y esplendores antiguos, hijos idealistas que morirán por una patria destinada a florecer; pueblos abnegados y trabajadores que tuvieron la desventura de nacer pobres y por ello su destino es sufrir. Todas estas narrativas sirven para construir el Estado-nación. Muchas veces un gobierno puede adoptar e impulsar entre la población aquella narrativa que más le convenga para obtener sus fines. 

La mayoría de nosotros “sabe” que Atlacatl fue el líder indígena que se opuso a la conquista del Señorío de Cuscatlán por parte de Pedro de Alvarado, quien tuvo que huir del lugar por la fuerte resistencia. Fue hasta cuatro años después que otro conquistador, Diego de Alvarado, logra derrotar a Atlacatl. Sin embargo, de acuerdo a los historiadores (nacionales y extranjeros), Atlacatl es un mito surgido de la opresión española, a efectos de reunir en su figura la imagen del “indígena rebelde y mártir”, de paso, su imagen sirve para erigir estatuas, nombrar bancos nacionales y ser mencionado con los ojos llorosos, cada 12 de octubre, el 15 de septiembre y ¿por qué no? cada vez que la ocasión lo amerite.

La historia sobre lo que realmente ocurrió es diferente. De acuerdo al historiador Jorge Lardé y Larín, en 1855, el abate Charles Étienne Brasseur de Bourbourg, tradujo del idioma cachiquel, al francés, un manuscrito al que llamó Memorial de Tecpán Atitlán, e hizo una transcripción del numeral 150 del texto donde consignó que, «Pedro de Alvarado, arribó a Cuscatlán y dio muerte a Atlacatl y a los señores de su corte». Este escrito sería reproducido por otros autores en los años siguientes como Juan Gavarrete en el Boletín de la Sociedad Económica de Guatemala (1873); Daniel G. Brinton en The Annals of the Cakchiqueles (1885) y Georges Raynaud en Les Manuscrits précolombiens (1893). Asimismo, autores salvadoreños retomaron esta versión, entre ellos Carlos Arturo Imendia (1903) y Juan José Laínez (1905).

Fue hasta 1948 que el guatemalteco Adrián Recinos traduciría el documento, del cachiquel al castellano, el cual tituló Memorial de Sololá. El antedicho numeral 150 lo transcribió de la manera siguiente: «Veinticinco días después de haber llegado a la ciudad (de Iximché o Tecapán, Guatemala) partió Tonatiuh (Pedro de Alvarado) para Cuzcatan, destruyendo de paso a Atacat, o Escuintla. El día dos Queh (el 9 de mayo de 1524) los castellanos mataron a los de Atacat, o Escuintla...» De esta manera, y de acuerdo con esta traducción, Atacat, Atágat o Atlácatl era el nombre dado por los cachiqueles al poblado yaqui o pipil de Escuintla y no el nombre de un soberano como había dicho Bourbourg.

Nuestro antepasado guerrero, no es más que una ficción. El famoso guerrero pipil que murió “peleando por su tribu” nos ayudó, en su momento, a formarnos la idea del aguerrido espíritu nacional y, de paso, a crear a un mártir que sirvió para antagonizar la “odiada” conquista y al “opresor” español.

Y es que lo mejor que puede pasarle a un Estado es tener un mártir y un antagonista. A las gestiones del FMLN les resulta ideal tener a un referente mártir tan fresco como Monseñor Romero y un enemigo tan fácil de inculpar, como la gestión “neoliberal de los veinte años de ARENA”. Si todo sale mal ahora, es por culpa de esas odiosas políticas neoliberales. Pero el Frente no es el único. Por su parte, ARENA tuvo a la URSS, a los guerrilleros comunistas y posteriormente a la oposición de izquierda que “no los dejaba hacer nada”. El PDC tuvo al congreso estadounidense, a la oligarquía y al temor de la invasión sandinista, y así sucesivamente, ad nauseam.

Eso sí, llega un momento en que la cadena de culpas rebotadas no da para más: ¿la gestión del profesor Sánchez Cerén va a investigar a su antecesor en la Presidencia con la misma pasión con que el susodicho siguió al caso CEL/ENEL o el “Caso Taiwán”? ¿Qué pasará cuando nuevas cosas ocurran y ya no haya manera de ligarlas a los veinte años de ARENA? 

Cuando el pueblo ya no se trague esa píldora, seguramente el Gobierno se inventará que nuestra tragedia es culpa del “Imperio Yanqui”, de la “oligarquía” o de la “derecha internacional” o de las “hormonas en los pollos”, nunca de su incapacidad, ineficiencia o falta de transparencia, ¡Dios nos libre de aceptar semejante herejía! La culpa es de otros, jamás del fracaso de las políticas sin sentido del Socialismo del Siglo XXI o de su propia incapacidad como gobernantes.

Al fin de cuentas, argumentaciones y justificaciones de nuestro fracaso como país siempre las habrá, ¿por qué no? 

Y si es necesario, hasta nos podemos inventar a nuestro propio guerrero indígena inexistente. 


*Abogado, Master en Leyes.
@MaxMojica.