Lee la versión Epaper
Suscríbase
Lee la versión Epaper

Ateos sabios e ignorantes

En "La rebelión de las masas", Ortega y Gasset, muestra cómo los especialistas, porque han logrado grandes éxitos y fama en su parcela científica, con frecuencia se lanzan a pontificar sobre otras cosas mostrando su ignorancia en aquello que no es de su competencia. Son, decía Ortega, a la vez sabios e ignorantes.

Me acordé de eso al ir viendo las declaraciones que sobre Dios hicieron y hacen algunos científicos positivistas, que si creyeran en Dios deberían tener por patrono al apóstol Tomás. Da risa o pena, leer, por ejemplo, al ruso Alexander I. Oparin (1894-1980) o al británico Julian Huxley (1887-1975). Oparin, en su libro El Origen de la Vida decía: "Los adelantos de las ciencias naturales modernas que han logrado descubrir las leyes que presidieron el desarrollo y el origen de la vida, asestan golpes cada vez más contundentes al idealismo y a la metafísica". Años después, en 1953, dos científicos, Harold Urey y Stanley Miller, lograron, por primera vez en el mundo, sintetizar aminoácidos en unas condiciones que, según ellos, se asemejaban a los de una Tierra muy primitiva. Pero en 1991, el mismo Miller tuvo la humildad de reconocer que: "el origen de la vida ha resultado más complicado de lo que yo y muchos otros suponíamos".

Huxley, ateo famoso por su teoría sintética de la evolución, declaraba en 1959 que: "La Tierra no fue creada: evolucionó. Y lo mismo hicieron los animales y las plantas, al igual que el cuerpo del ser humano, la mente, el alma y el cerebro". Pero todo lo que evoluciona lo hace a partir de algo ya existente. Hoy día ninguna mente científica ve oposición entre creación y evolución. En cuanto al alma…¡a saber a qué llamaba alma este ateo positivista!

Los positivistas que son expertos en alguna ciencia empírica y creen ver en ella una prueba contra la existencia de Dios no se dan cuenta de que una cosa es la causa eficiente —quien hizo algo— y otra muy distinta la causa funcional-instrumental: como se fue haciendo eso.

Un caso típico es el del afamado astrofísico Stephen Hawking. En su obra Historia del tiempo se atreve a decir: "Lo que he hecho es mostrar que es posible que la forma en que comenzó el universo esté determinada por las leyes de la ciencia. En ese caso, no sería necesario apelar a Dios para decidir cómo comenzó el universo. Esto no prueba que no exista Dios, sólo que Dios no es necesario". Sigue moviéndose en la forma, en el como. Porque esas leyes ¿de dónde salieron? ¿Quién las hizo? Porque todo efecto requiere una causa. Años después, en su libro The Grand Design afirma: "La Física moderna excluye la posibilidad de que Dios crease el Universo". Eso puede ayudarle a vender más ejemplares de ese libro pero es una solemne y soberbia estupidez, ya que Dios, que es espíritu, no es objeto de la Física, ciencia solo competente para juzgar cosas materiales.

Stephen Jay Gould, defensor público de la evolución de última generación, harto de esos razonamientos erróneos proclama: "Para decírselo a todos mis colegas y por enésima vez: la ciencia, por sus legítimos métodos, no puede simplemente juzgar la cuestión de la posible superintendencia de Dios en la naturaleza. Ni la afirmamos ni la negamos; sencillamente, no podemos comentarla como científicos".

Hawking al quedarse en el cómo y no en el quien hizo el universo se expone a una broma cruel, porque el no puede hablar. Tiene una maquina especial sobre cuyo teclado, con dos o tres dedos puede escribir lo que quiere decir y la máquina lo traduce a una voz metálica. Se le podría decir: Ese sonido que oigo procede de una máquina. Conozco todos sus mecanismos. Sé cómo se produce y cómo se transmite. Hasta puedo expresarlo en términos matemáticos… Me temo, querido maestro, que tu existencia ya no es necesaria. Más aún: creo que no existes.

* Dr. en Medicina.

Columnista de El Diario de Hoy.

luchofcuervo@gmail.com