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El arte de ser famoso por no hacer nada

Igual que la dinastía Kardashian, nuestra clase política –salvo honrosas excepciones- se ha hecho  experta en ser famosa por no hacer nada, nada bueno, se entiende.

Conocí a Kim Kardashian por accidente. Me encontré con ella en un hotel, no lo digo en sentido bíblico, sino utilizando el término como sinónimo de mera casualidad.

En uno de mis viajes de trabajo, regresando de una reunión a mi hotel, había un inusual ajetreo en el lobby. Al preguntar a otro huésped respecto a la razón a la que se debía dicho alboroto, se limitó a decir, “es que en este hotel se está hospedando Kim”. 

Ok, lo acepto, en cuestiones de moda, soy más bien un apócrifo. Mi conocimiento sobre lo que está ocurriendo en el mundo del espectáculo está constante y profundamente desfasado. Confieso que la última novela que vi, fue “La Esclava Isaura”, siendo su artista principal una fogosa brasileña que me desvelaba y respondía al nombre de Sonia Braga. En esa tan lejana época, en la que todavía no me afeitaba y me tenía que esconder de mi madre para poder verla, fue prácticamente la última vez que encendí un televisor con un propósito lúdico.

Así las cosas, sumergido en la más profunda ignorancia, confundí la información que me dio ese confiado turista, pensando que cuando se refería a “Kim”, estaba hablando de Kim Jong-un, Presidente Vitalicio y Tirano de la misteriosa Corea del Norte, último bastión comunista en el mar Amarillo.
 
Pensando que iba a tener la oportunidad de ver de cerca a uno de los últimos sátrapas de la tierra, decidí pedir una copa de un delicioso Pinot Grigio, para esperar a que apareciera por el ascensor tan infausto individuo. Al fin y al cabo –razoné-, no siempre se tiene la oportunidad de tener a un tirano al alcance de tiro de un cacahuate.

Iba por mi segunda copa, cuando finalmente el ascensor se abrió y para mi sorpresa, en vez del líder norcoreano, apareció una menuda mujer, de grandes ojos y pelo castaño, con unas curvas tan pronunciadas que te hacían recordar ese tramo de la Carretera de Oro cuando empieza a descender hacia el Puente Quebrada Seca; las costuras de su vestido, de tan apretado, al seguir unidas, desafiaban todas las leyes de la física. Así fue como conocí a Kim.

A mi regreso a El Salvador, pregunté a amigos y conocidos: ¿quién era Kim Kardashian?, ¿una actriz?, ¿una cantante? ¿una escritora? Y nadie me brindó una respuesta coherente, aparentemente ella era famosa por el solo hecho de ser Kim Kardashian. Ante semejante tautología, dediqué algunas horas libres a investigar sobre el origen y razón de su fama.

Noté que no había mucho en su hoja de vida: ni triunfos académicos ni deportivos, ninguna incursión en política, ni siquiera el rescate de un perico a punto de ahogarse. Lo más relevante que descubrí es que es la hija de Bruce Jenner, el ex medallista de oro de los Juegos Olímpicos, que por un extraño giro del destino dejó de ser “Don Bruce”, para empezar a usar los “baños de damas”.  En fin, aún eso no explicaba el furor que levanta al pasar.

Una posible explicación es que, de la nada, se convirtió en compañera de las noches lúdicas de otra rubia sin brújula, una tal Paris Hilton, oscuro personaje que dedica todas sus mañanas a meditar profundamente, cómo hará ese día para botar el dinero de su familia.

Aprovechando la dudosa fama que le brindó su amistad con Paris, el nombre de Kim empezó a tener notoriedad, la cual llegó a la estratósfera cuando empezó a circular un vídeo en donde mantenía relaciones con su novio de turno. Luego de ingresos millonarios derivados de los récords de ventas por su vídeo, Kim ya la tuvo fácil.

Finalicé mi investigación sin nada en concreto, parece que Kim es simplemente el resultado de una sociedad que eleva a los máximos pedestales a personas sin méritos, y que la notoriedad pública que le brindan no es por sus logros, sino por sus escándalos; no por sus virtudes, sino por sus excesos. En El Salvador, tenemos nuestros Kim cuscatlecos, pero a falta de “socialités” que llenen esos vacíos mediáticos, nuestros políticos -alegre y entusiastamente- se han ofrecido para iluminar nuestras noches con sus escándalos de corrupción.

Al final de cuentas, ellos se han empeñado en pasar a la historia no por sus obras como estadistas, sino por sus excesos y corruptelas. Igual que la dinastía Kardashian, nuestra clase política –salvo honrosas excepciones- se ha hecho  experta en ser famosa por no hacer nada, nada bueno, se entiende.
 

*Abogado, máster en Leyes.