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El ardid de los espejismos

Como un juego de espejos, las sicodélicas imágenes propagandísticas del socialismo del Siglo XXI, que destilan la pura esencia del arte publicitario, invaden de colores nuestros monitores con una frecuencia alucinante. En una, un anciano de facciones ladinas, verdadero artista de la actuación, gime por la finalización del período presidencial de nuestro amado gobernante: "Cómo lo vamos a llorar cuando se vaya", dice. En otra, dos rudos candidatos, cuyo pasado como guerrilleros es prohibido recordar, hablan de las bondades de la paz, de la beatitud y del progreso.

En un torbellino sin fin, un alto ejecutivo pregona los beneficios de la Sociedad Alba Petróleos, caballo de Troya del gobierno de Venezuela, cuyos activos han crecido como la espuma, se ha diversificado ampliamente, y con sus prácticas anticompetitivas va sacando rápidamente del mercado a las empresas nacionales, y se ha convertido a su vez en una empresa capitalista multinacional, administrada por los nuevos oligarcas. "Prohibido el juego sucio", gritan unos jóvenes futbolistas, entendiéndose por tal la colocación subliminal de un velo sobre la memoria histórica, pretendiendo extender la amnistía legal hasta el ámbito moral.

¡Caramba! ¡Ni el mago Merlín hubiera producido un espejismo tan idílico y fascinante! Porque una cosa son las imágenes y las palabras astutamente filtradas por el tridente propagandístico oficial, y otra cosa son los elocuentes hechos de nuestra triste realidad. Una cosa es hablar del "buen vivir", del juego limpio, de su vocación por la libertad, de las novedosas convicciones democráticas, del súbito amor hacia el imperio otrora aborrecible, de la limpieza de intenciones, del respeto al orden establecido por los candidatos del partido de gobierno, y de la bonanza de las arcas públicas, verdaderas "Cartas de amor", como diría Roque Dalton, y otra los filosos colmillos que asoman debajo de su nívea piel de ovejas.

Porque, vamos a ver: ¿No son estos candidatos los mismos que han declarado públicamente su adhesión a los gobiernos de Cuba y Venezuela? ¿No son ellos quienes peregrinan religiosamente hacia esos lugares sagrados para expresarles su más rendida adhesión? ¿No son ellos quienes aplaudían frenéticamente la quema de la bandera de los Estados Unidos de América? ¿No son ellos quienes, a través de los principales funcionarios del gobierno, injurian a sus enemigos y desacatan la normativa nacional? ¿No es el actual gobierno el que tiene postrado económica y financieramente al país?

¿No es, en fin, el peor que ha soportado nuestra historia? ¿No son ellos, gobierno y partido, quienes, apartando toda la hojarasca propagandística, quieren conducirnos, como en los sistemas que tanto admiran, a la pérdida absoluta de la libertad, de la creatividad, del vuelo de la inspiración, de la fuerza de la voluntad colectivas, y del emprendedurismo que hace grandes a los pueblos?

¿Tendremos que creer tanta mentira? No. El pueblo salvadoreño, valiente, perspicaz y trabajador, no habrá de tolerar la imposición del estéril pensamiento único que tiene postrados a otros pueblos y encumbrada a la nomenklatura. No. Los salvadoreños auténticos y patriotas no sentimos nostalgia del rebaño, "ni --como dice Ortega y Gasset-- queremos marchar por la vida bien juntos, en ruta colectiva, lana contra lana y con la cabeza caída; más bien creemos que la libertad es una idea radical sobre la vida, y que cada ser humano debe quedar franco para henchir su individual e intransferible destino".

"La socialización del hombre es una faena pavorosa --sigue diciendo nuestro filósofo--, porque no se contenta con exigirme que lo mío sea para los demás (propósito excelente que no me causa enojo alguno), sino que me obliga a que lo de los demás sea mío. Por ejemplo: a que yo adopte las ideas y gustos de los demás, de todos.

Prohibido todo apartado, toda propiedad privada, incluso la de tener convicciones para uso exclusivo de cada uno". Díganlo, si no, quienes en los países arrasados por el socialismo del Siglo XXI, levantan la voz contra la dictadura y caen, de inmediato y para siempre, en las tinieblas de las mazmorras o bajo el fuego del paredón.

Las elecciones del dos de febrero próximo en nuestro país son cruciales. Nos jugamos nada menos que la soberanía y nuestro vital e inalienable destino. ¡Pueblo salvadoreño: despierta! Aunque los últimos ecos de mi voz se hayan quedado íngrimos en la advertencia de esa letal amenaza, este es el grito que he gritado y seguiré gritando: "Donde hay libertad --dice Benjamín Franklin-- está mi patria".

*Doctor en Derecho.