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Aquella tarde de octubre

(Comparto con mis lectores, fragmentos de mi próximo libro).l

La tarde del miércoles 31 de octubre de 1979 estaba especialmente radiante. No había una sola nube. No hacía calor. Por el contrario, una brisa fresca bajaba desde el volcán e inundaba las calles y avenidas de San Salvador.

Algunos almacenes ya habían comenzado a colocar arbolitos y anuncios navideños. En las esquinas comenzaban a aparecer las ventas callejeras de la época, especialmente las que ofrecían uvas y manzanas. A pesar de la creciente violencia política agudizada tras el golpe de Estado ocurrido sólo 15 días antes, ya se respiraba en el ambiente el tradicional ambiente de optimismo de fin de año.

Jaime Hill Argüello, 42 años, mediana estatura, ojos claros, cabello castaño, piel blanca, aspecto jovial se sentó en su escritorio y comenzó a escribir una carta a su hija mayor. Hacía poco se había marchado a estudiar a los Estados Unidos. El reloj de pared de la oficina de la presidencia de las Compañía Financiera Comercial, en el edificio número 1003 de la calle Rubén Darío, marcaba las 4 de la tarde con 17 minutos.

Afuera dos vehículos, un pick-up y un jeep, se estacionaron de manera brusca frente al edificio. De inmediato unos supuestos policías armados con fusiles salieron del jeep y se desplegaron por las calles aledañas. Detuvieron el tráfico. Del pick-up se bajaron varios sujetos vestidos de verde olivo con sub ametralladoras uzis. Llevaban los rostros cubiertos con pasamontañas.

Dispararon sus armas contra los dos vigilantes. Uno cayó mortalmente herido y el otro logró refugiarse. En pocos segundos los asaltantes penetraron a la primera planta y obligaron a todo el personal a punta de gritos y disparos al techo a tirarse al suelo boca abajo.

En la segunda planta Jaime Hill dejó de escribir y por unos instantes pensó que algún ladrón perseguido por la policía había penetrado a sus oficinas. Sin embargo se percató con horror que los gritos se oían cada vez más cerca escaleras arriba. Tuvo la certeza de que se trataba de un secuestro.

Apenas tuvo tiempo de sacar su escuadra 45 mm, y corrió, por puro instinto de conservación, a ocultarse en el baño. Una voz gritó del otro lado de la puerta:

--Salí de allí, no te pasará nada porque te necesitamos vivo.

--…. Silencio.

--Bueno entonces allí vamos nosotros --dijo la voz.

Una lluvia de balas hizo añicos la puerta de acero del despacho y tres de los secuestradores penetraron.

--Jaime, esto es un secuestro. Ya sabemos que estás en el baño. Mejor tirá la pistola y entregate.

--Le quité el seguro a la escuadra y si la tiro se puede disparar, alcanzó a decir Jaime Hill.

--No importa. Tirála. Dijo con voz autoritaria el líder del grupo.

Pálido como una sábana, Jaime Hill salió y con mucho cuidado puso su arma en el suelo. Lo sujetaron por los brazos, y con cierta violencia se lo llevan. Al pasar por la primera planta vio a Cristina, su secretaria, tendida en el suelo temblando de miedo. "No se preocupe que no voy herido", le alcanzó a decir.

Lo tiraron en la parte de atrás del pick-up boca abajo. El motor del vehículo ya estaba en marcha. Un sujeto le colocó las manos en la espalda y le puso unas esposas. Le colocó una capucha en la cabeza y le conminó a que no se moviera. El pick-up que tenía cubierta la parte de atrás con un toldo color verde, se dirigió a toda velocidad en dirección al occidente de la ciudad, seguido por el jeep, donde viajaban los supuestos policías. La operación había durado apenas unos cuantos minutos.

Cuando a eso de las 5 y 15 de la tarde llegaron los verdaderos policías, encontraron a un grupo de empleados en estado de "shock", nervioso; un cadáver mirando sin ver al cielo en medio de un charco de sangre.

El sillón de Jaime Hill tenía dos agujeros de bala todavía humeantes y sobre el escritorio un papel en el que había sido escrita una sola oración: "Querida Alexandra…."

* Columnista de El Diario de Hoy. marvingaleasp@hotmail.com.