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Aquel septiembre chileno

Era 1970, año crucial en una era de cambios y revoluciones. Era Santiago de Chile, y Salvador Allende, el candidato marxista de la Unidad Popular, iba a ganar las elecciones presidenciales. Los músicos armados de zampoñas y charangos cantaban "esta vez no se trata de cambiar un presidente, será el pueblo quien construya un Chile muy diferente". La euforia traspasaba las fronteras.

Salvador Allende no era un social demócrata, como ahora algunos quieren hacer aparecer. Era un marxista radical, amigo y admirador de Fidel Castro y consideraba a la Unión Soviética como el hermano mayor de Chile. Sin embargo, era un comunista extraño en aquellos tiempos. Hoy, viendo a los dueños de ALBA no lo sería tanto. Tenía una mansión en la exclusiva calle Tomás Moro, su bodega de vinos era considerada como una de las mejores, era uno de los hombres mejor vestidos de Chile y tenía pasión por la buena comida y las "delicatessen".

Su estrategia, a diferencia de Fidel Castro, para alcanzar el poder político no fue ciertamente la vía armada, sino la vía electoral. Chile no era Cuba, ni Eduardo Frei padre, era Fulgencio Batista. Los métodos eran distintos pero el objetivo el mismo, destruir el capitalismo para construir la sociedad socialista. Salvador Allende ganó las elecciones por mayoría relativa lo que le valió la ratificación del Congreso Nacional y, una vez en el poder, comenzó a impulsar una serie de medidas que sumieron a Chile en un caos. Lo que siempre ocurre después de que un marxista toma el poder. Allí está la historia.

El peor error del Gobierno de la Unidad Popular fue poner al servicio de una estrategia política criterios estrictamente técnicos. Tal como lo prometió en campaña, Allende impulsó su "agenda social": aumentó los salarios, decretó el control de precios, pero al mismo tiempo ordenó al Banco Central imprimir más billetes, lo cual disparó la inflación. Nombró a dedo a burócratas para controlar y distribuir bienes y servicios básicos, intervino empresas y fincas, mientras los músicos del charango y la zampoña cantaban felices: "Usté no es ná, no es chicha ni limoná, y si sigue molestando le vamos a expropiar, las pistolas y la lengua y todito lo demás".

En tiempo récord, el Gobierno de Allende había desmantelado prácticamente todo el aparato productivo. Pero no sólo eso. Invitó a Fidel Castro a una visita de Estado que duró más de un mes. Ordenó el cierre del influyente diario El Mercurio y hostigó al diario La Tercera y a otros medios independientes. El mismo Allende había dicho a Regis Debray que lo que estaba impulsando era una estrategia que usaba los mecanismos de la democracia para acceder al poder total.

En menos de año y medio, tal estrategia había socavado profundamente la democracia y provocado una crisis económica sin precedentes. La producción cayó dramáticamente, la inflación se desbocó, las tiendas estaban desabastecidas. Para paliar la crisis, los gobiernos del "campo socialista" enviaban de emergencia toneladas de alimentos a Chile. Ya en 1973, las fuerzas democráticas habían acusado a Salvador Allende de violar constantemente la Constitución.

El desenlace de aquel Gobierno encabezado por un hombre de vibrante oratoria y proceder imprudente fue trágico. El 11 de septiembre de 1973, terminaron los mil días, marcados por el caos, la ruina económica y la división de la sociedad, del Gobierno de la izquierdista Unidad Popular.

Salvador Allende, como decía, era un marxista refinado, de camisa de seda de gusano legítimo, vino tinto, gourmet, recitador de poemas, médico de profesión y amante de la buena música. Y sin embargo sumió a Chile, un país próspero, de larga tradición democrática y de respeto a la Constitución, en uno de los períodos más tristes de su historia.

Si eso pasó con Allende en un país próspero, Imaginemos lo que pasaría acá, un país con todos los indicadores de desarrollo por el suelo y con un presidente marxista pero muy lejos de ser el médico culto, sibarita, que era Allende, sino más bien un hombre con una pobre formación académica, una pésima hoja de servicio público y un pasado escalofriante.

* Columnista de El Diario de Hoy.

marvingaleasp@hotmail.com