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¿Aprobar o desaprobar una gestión presidencial…?

Limitarse a aprobar o desaprobar una gestión gubernamental es una manera muy mediocre de calificar el desempeño del sector público. Igual de superficial es el conocimiento del funcionario evaluado que se conforma con leer los enfoques periodísticos sin ni siquiera hojear los documentos y estudios en los que se examina su trabajo. Los ministros, secretarios y presidentes de autónomas que actúan así, sustituyen el rigor técnico de los investigadores que elaboran las evaluaciones por el juicio y la visión de los reporteros que suelen estar inducidos por la línea editorial del medio.

A los miembros del Gabinete de Gobierno se les audita su eficiencia en base al cumplimiento de las metas trazadas y por el nivel de ejecución del presupuesto asignado a la institución estatal que presiden. También se revisa la coherencia entre su comportamiento como servidor del Estado y el que demostraba cuando se encontraba en la sociedad civil o como líder en la oposición política. Si antes reivindicaba el respeto de la ley ahora debe impulsar las reformas necesarias para garantizar que nadie pase por encima de la libertad de expresión ni se atreva a debilitar el sistema democrático. Si señalaban el despilfarro y el robo del erario público, cuando alcanzan el poder, el Presidente y sus colaboradores deben combatir, sin contemplaciones, ese tipo de faltas.

El acceso a la información pública, la lucha contra la corrupción y el apego irrestricto al Estado de Derecho son otras de las variables que se aprecian entre los que administran el poder político. En una época donde la simpleza y el populismo orientan la actividad pública, también es necesario vigilar el cuidado con el que los responsables de las finanzas administran los impuestos de todos los ciudadanos. De la misma manera se les debe señalar cuando comprometen al Estado con préstamos millonarios sin buscar antes otras opciones como la reducción de gastos innecesarios y su reorientación allá donde su uso es indispensable.

El mejor escudo para esconder las deficiencias de un gobierno es el de la polarización. Cuando parte de la sociedad se divide en dos extremos opuestos, unos en contra y otros a favor de quienes dirigen el Estado, se corre el riesgo de centrar el debate en temas ideológicos y en disputas partidarias y se dejan en segundo plano los aspectos trascendentales y de fondo. Con esta estrategia los responsables evaden rendir cuentas y se empeñan en acusar a quienes se las exigen de responder a una agenda política con fines desestabilizadores.

Durante la presente semana el Ejecutivo ha debido someterse al escrutinio público. Las encuestas de opinión de diferentes medios de comunicación han coincidido plenamente con las apreciaciones cualitativas que realizaron distintas instituciones de la sociedad civil. La inseguridad pública destaca como una de las preocupaciones más angustiantes de la población. El primer año de la actual administración cierra con más de quinientos homicidios solo en el último mes. En materia económica los indicadores revelan cifras desalentadoras. Lo mismo sucede en el ámbito del respeto a los principios democráticos. Para agredir al republicanismo, fundamentado en la división de poderes, no es necesario que se implante el socialismo como sistema político. Bastan las descalificaciones que los gobernantes y los liderazgos partidarios hacen del trabajo de los otros Órganos fundamentales del Estado o las limitaciones legales que les imponen manipulando a su antojo el ordenamiento jurídico que las regula.

La eficiencia o deficiencia de una gestión presidencial no se "aplaza" ni se "avala"; lo correcto es medir, por un lado, el nivel de gobernabilidad de un sistema a través de las relaciones que el presidente y su gabinete han construido con la oposición política y con actores relevantes como el sector privado y los sindicatos durante el periodo observado, y por el otro, el grado de satisfacción o de frustración ciudadana en función de las respuestas del Gobierno a las demandas de aquellos.

En el caso del presidente Sánchez Cerén se reconoce su interés por el diálogo, una menor injerencia en los procesos electorales, un grado de tolerancia notablemente mayor que el de su antecesor, una política exterior que ha logrado fortalecer la relación bilateral con socios estratégicos como los Estados Unidos y una audaz agenda política que mantiene sólidas sus bases de sustentación. Sin embargo diversos sectores reclaman su ausencia para dirimir los principales problemas del país, la improductividad del diálogo, las amenazas, pocas pero muy peligrosas a la Sala de lo Constitucional, la falta de un plan concreto que mejore la productividad y la competitividad del país y la carencia evidente de resultados en materia de seguridad ciudadana. El reto es que en los próximos años la tendencia se revierta y el país avance hacia la senda del desarrollo al que todos aspiramos.

*Columnista de El Diario de Hoy.