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Aprender la democracia

Pienso que es difícil disentir con que la educación es el más importante de los caminos que hace posible el país que queremos. Sólo personas educadas son capaces de transformar ellas mismas las cosas que deben cambiarse, y --más importante aún-- sólo ciudadanos suficientemente preparados podrán evitar ese opio del pueblo: la demagogia, y ser capaces de pensar por sí mismos, comprender la democracia, y actuar dentro de la democracia.

Porque para vivir en democracia es necesario ser capaz, poseer no sólo el conocimiento adecuado, sino también las competencias necesarias para comprender-proponer-actuar. Tríada que va bastante más allá del simple sufragio, de la presencia crítica en las redes sociales, o de la comparecencia pública en las calles protestando por lo que no nos gusta cómo va.

En la escuela no sólo se aprende matemáticas, lenguaje y geografía. También se aprende, y no sé si más que en la familia y en el barrio, a coexistir. A convivir en paz y con respeto por todos: allí está una de las claves más importantes de la democracia.

Pensar que aprender a vivir la democracia en la escuela es solamente elegir por votación las directivas de grado, o --incluso--, los representantes estudiantiles, es simplificar el tema en demasía. Es importante aprender a elegir, pero más importante es aprender a convivir; entender que no pensamos igual, que hay unas reglas de la convivencia que deben ser vividas por todos y sobre las que nadie está por encima.

También se aprende en la escuela y en la familia a hacerse escuchar, no porque se hable a gritos, sino porque se habla con la razón por delante, con respeto por quienes disienten y con el afán de alcanzar no sólo consensos sino el bien general.

En las aulas es posible reconocer los papeles y responsabilidades que cada uno tiene en el tejido escolar, que luego será fácil trasladar al entramado social. Los maestros y directores pueden potenciar los líderes, responsabilizar a los más dotados para poner al servicio de todos sus peculiares características, sensibilizar para reconocer la necesidad de apoyar a los más necesitados, etc.

No hay democracia si no se ha desarrollado la capacidad de tener confianza en los demás, seguridad en sí mismo, y capacidad de involucrase en proyectos comunes. Y en este punto es esencial el papel de la familia.

Necesitamos que la acción sana de la escuela y la familia, termine por conformar en los jóvenes un perfil ciudadano adecuado para la convivencia, principalmente en esta época de híper comunicación y capacidades de conocimiento más cargadas hacia lo emotivo que hacia lo racional.

También los medios de comunicación tienen un papel privilegiado para mostrar, transmitir y proponer valores tales como el pluralismo, la identidad, la apreciación y valoración de las diferencias, la responsabilidad personal para con los intereses colectivos, la convivencia, y la paz.

Y en estos tiempos de campaña electoral, cada uno de los partidos políticos en contienda, tiene la enorme responsabilidad de hacer una propaganda respetuosa, propositiva, honesta. Si no actúan así, y se enzarzan en pleitos de dimes y diretes, calumnias y difamaciones, promesas absurdas y descalificaciones sucias al rival, o presentan su plataforma sólo en base a cancioncillas y eslóganes, estamos perdidos: una vez más se habrá desaprovechado la oportunidad de aprender la democracia.

En el contexto de una sociedad violenta, con los antecedentes de una atávica polarización ideológica, con la perpetua amenaza de la violencia pandilleril que se vive a diario, es imprescindible formar ciudadanos que prefieran el acuerdo y el pacto --distinto de la negociación a secas--, antes que las armas y la violencia para resolver conflictos. Y está en las manos de cada uno hacerlo.

*Columnista de El Diario de Hoy.

carlos@mayora.org