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El apoyo de laicos a la Iglesia

Los laicos tenemos el derecho de recibir con abundancia de los sacerdotes los bienes espirituales de la Iglesia, la Palabra de Dios y los sacramentos

La iglesia Católica salvadoreña se ha visto envuelta en un escándalo desde que se sacó a luz el caso de abuso sexual, ya prescrito, en el que el victimario fue un destacado y gran sacerdote, quien aceptó y pidió perdón a la víctima. Los altos representantes de la iglesia han expresado enfáticamente su posición de cero tolerancia a este delito, pidiendo a la Asamblea la imprescriptibilidad.

La pregunta ante esta tribulación, para los laicos católicos, es: ¿Qué hacer para fortalecer a la Iglesia, además de  orar por la curia?

Los que no somos sacerdotes, normalmente, estamos acostumbrados a las vivencias del mundo; por el contrario, los sacerdotes, por disciplina, desde jóvenes, fueron alejados de esas vivencias mundanas para dedicarse y compenetrarse en la Iglesia, la oración y lo sacramental.

Es aquí donde surge el trabajo complementario de los sacerdotes con el apostolado de los laicos, fortaleciendo la unión de la Iglesia. Hace más de 50 años se aprobó el Decreto de El Concilio Vaticano II, el cual dedicó en la Constitución Lumen Gentium, un capítulo específico a los laicos, desarrollando su misión en el mundo actual.

Los clérigos y  laicos llevan consigo la unión, puesto que los pastores y los demás fieles están vinculados entre sí por necesidad recíproca. Los pastores de la Iglesia, siguiendo el ejemplo de Cristo, dedican su vida poniéndose al servicio de los demás, asociando su trabajo a la misión evangelizadora. De este modo, en la diversidad, todos debemos dar testimonio de unidad, en tanto que la misma diversidad de gracias, servicios y funciones de la grey, congrega en la unidad a los hijos de Dios.

Los laicos estamos llamados a procurar el crecimiento de la Iglesia y su perenne santificación con todas sus fuerzas, hacer presente y operante a la Iglesia en los lugares y condiciones, donde ella no puede hacerlo si no es a través de ellos.  Así, todo laico, por los mismos dones que le han sido conferidos, se convierte en testigo e instrumento vivo.

Además de este apostolado, los laicos podemos también ser llamados de diversas maneras a una cooperación más inmediata con el apostolado de la jerarquía católica, como aquellos hombres y mujeres que ayudaron al apóstol Pablo en la evangelización.

Los laicos tenemos el derecho de recibir con abundancia de los sacerdotes los bienes espirituales de la Iglesia, la Palabra de Dios y los sacramentos; y ellos han de hacernos saber, con la libertad y confianza digna de Dios, sus orientaciones. 

Los laicos, en la medida de los conocimientos, de la competencia y del prestigio que poseen, tienen el derecho; y en unos casos, la obligación, de manifestar su parecer sobre aquellas cosas que sean en bien de nuestra comunidad. Advertir, de manera  oportuna,  que se hagan las cosas correctamente si las circunstancias así lo requieren, mediante instituciones establecidas por la Iglesia; siempre con veracidad, fortaleza y prudencia.

No debemos dejar de encomendar en nuestras oraciones a los sacerdotes, para que, viviendo en  continua vigilancia, cumplan con gozo y no con angustia su apostolado.

Los pastores promueven la dignidad y la responsabilidad activa de los laicos en la Iglesia. Con sus consejos y,  además, encargándoles tareas en servicio de la Iglesia, dejando libertad y espacio para actuar creativamente.
 
La Iglesia se encuentra afrontando un durísimo invierno, pero segura que viene una espléndida primavera. Decía San Agustín: “Si me aterra el hecho de lo que soy para vosotros, eso mismo me consuela, porque estoy con vosotros. Para vosotros soy el obispo, con vosotros soy el cristiano. Aquél es el nombre del cargo; éste, de la gracia; aquél el del peligro; éste, el de la salvación”.
 

*Colaborador de El Diario de Hoy.
resmahan@hotmail.com