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Anoche tuve un sueño

...Y en ese sueño viví por momentos en un país maravilloso y ese país se llamaba El Salvador y ese nombre redentor hacía justicia a lo que allí se veía y se vivía.

La alegría y la paz eran la música que empapaba todas las relaciones sociales, donde los principios éticos de carácter universal guiaban la conducta de la mayoría de los ciudadanos.

¿Cómo había ocurrido ese milagro en el mismo país que ahora nos abruma con toda clase de males?

El país de mi sueño estaba gobernado por un presidente y unos ministros honestos y competentes que se dedicaban con pasión a sacar al país del subdesarrollo, no sólo económico sino también moral y cuyas actuaciones, ganancias y viajes eran transparentes, divulgadas por los principales medios informativos y conocidas por todos los ciudadanos.

Ese gobierno había acometido como principal tarea una revolución en la intención, los contenidos y los modos educativos, dedicándole el mayor porcentaje de su presupuesto. Era un sistema educativo justo, exigente y discriminativo. Nada de indulgencia con los holgazanes y los tramposos, tanto fueran alumnos como profesores. Aquellos que no tenían interés o dotación intelectual para el acceso a la universidad, disponían de escuelas técnicas que en tres años les capacitaban altamente para el trabajo que escogiesen y les daban el título acreditativo de su especialización (electricidad, fontanería, electrónica, mecánica, etc.). Eso hacía que pronto podían fundar y sacar adelante una familia propia, mientras que los universitarios todavía dependían económicamente de sus padres varios años más hasta terminar sus estudios.

Ninguna inteligencia se perdía para la educación por razones económicas porque el Estado y las universidades particulares disponían de una amplia variedad de becas, incluyendo las de especializaciones en el extranjero.

Ya no había analfabetos. La delincuencia iba en descenso y los mareros recalcitrantes a su reeducación y reinserción social, eran solo unos pocos viejos, recuerdo de oscuros tiempos pasados, cumpliendo su condena en cárceles nuevas, adecuadas a la dignidad esencial que existe en todo ser humano, aunque sea delincuente.

En economía imperaba la libre empresa pero, vigilada y orientada por el Estado para que fomentara el bien común social como principal meta. Por tanto las desigualdades económicas se habían reducido enormemente, con una fuerte justicia e investigación en el monto de los impuestos de acorde con los ingresos. Aquel era un país sobre todo de una amplia y diversificada clase media. Las fuentes de trabajo crecían, muchos emigrantes volvían alegres al país. Ya nadie tenía que ganarse la vida en los semáforos o con un mal puesto de comidas en la calle.

El gobierno de aquel país había resistido valientemente los ataque de la cultura de la muerte y en la Constitución y en otras leyes se defendía la vida humana desde el momento de la concepción, se amparaba el matrimonio legal y el religioso, la prostitución estaba regulada por los ministerios del Interior y de Sanidad y se premiaba legal y económicamente a los matrimonios estables que habían criado y educado cuatro o más hijos. La homosexualidad privada se respetaba pero al tener claro que no es algo que beneficie a la sociedad, no se permitían sus manifestaciones públicas y mucho menos sus desfiles de carácter ofensivo contra la religión o la ley moral universal. Se cuidaban extremamente la educación de los niños y adolescentes en virtudes humanas esenciales como la castidad, la sinceridad, la lealtad, la laboriosidad, etc. La adopción de huérfanos sólo se permitía a los matrimonios estables, de buena conducta.

La educación escolar y universitaria había difundido versiones auténticas de la historia. La mentira en los medios informativos se castigaba legalmente con multas elevadas. Por eso el partido comunista y otros partidos gangueros no lograban obtener más de un dos por ciento de los votos.

Era una democracia casi perfecta… pero sonó el despertador y debí encarar la cruda realidad de un país que todavía no hace justicia a su nombre.

*Dr. en Medicina.

Columnista de El Diario de Hoy.

luchofcuervo@gmail.com