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Amadas mentiras

Al abrir una novela, uno sabe que lo que va a leer es una mentira. Quizá una media verdad o una media mentira. Una mezcla, pero al final una fábula. Y sin embargo, desde la primera página se establece un pacto secreto entre el autor y el lector. Un contrato sin firmas que establece que en dependencia de la calidad literaria, vale decir, el manejo del lenguaje y la capacidad narrativa para contar una historia, esa mentira será vivida a lo largo de la lectura como la más sagrada de las verdades.

Ernesto Sábato, el gran escritor argentino, dijo que "la literatura no es un pasatiempo ni una evasión, sino una forma --quizá la más completa y profunda-- de examinar la condición humana". Los sentimientos más profundos de los protagonistas de una historia, y los detalles del entorno en que ésta se desarrolla quedan aprehendidos en las páginas de una novela. En los grandes novelistas la trama de la mentira, una creación literaria, se convierte en una verdad como toda cosa creada.

Tengo mi colección de mis mentiras más amadas. Novelas y novelistas que me hicieron viajar por lejanos países: tiritar de frío en las nevadas de Rusia, recorrer la margen izquierda del Sena en París, la ciudad luz; recorrer callejones oscuros y siniestros por la niebla de Londres, sentir el olor de la guerra en Canudos, Brasil, o ver asombrado las mariposas amarillas papaloteando sobre la cabeza de Mauricio Babilonia, en Macondo.

Novelas y novelistas me hicieron amar a grandes mujeres, de contornos inexistentes. De adolescente me enamoré de Helena de Troya, sus pies delgados y su veleidosa conducta. La ternura de la delgada Laura Avellaneda, la estupenda creación de Mario Benedetti, dejó una huella profunda en mi manera de ver a las mujeres.

Seguí en París, en el año de 1998, la huella de la Maga, la misteriosa mujer creada por Cortázar. Me hizo sentir profunda melancolía La Fugitiva de Sergio Ramírez, con su vida tan parecida a Raquelita, la de los ojos miel. Y me alborotó el establo Gabriela, la de Clavo y Canela, inventada por Jorge Amado y hecha carne por Sonia Braga.

El primer lugar entre mis amadas mentiras lo ocupa El Conde de Montecristo de Alejandro Dumas. Es, dentro de la imperfección humana, la novela perfecta. La que estableció el paradigma aquel de la introducción, nudo y desenlace, que todavía hoy resuena en las aulas de todo el mundo. Hasta las telenovelas de quinta, sorbieron su poquito de esa leche: el gran amor, la traición, la penitencia, el tesoro, la venganza y la rehabilitación.

Leer las más de mil páginas de Los Miserables, de Víctor Hugo, es recorrer la tragedia, la injusticia, la carencia de todo, la permanente cruz de la humanidad; pero también es aprender sobre la solidaridad y los grandes gestos de amor incluso en las condiciones más dramáticas. Pero es después de leer Crimen y Castigo de Dostoievsky, cuando uno alcanza a comprender plenamente la afirmación de Sábato sobre la literatura.

Hay, se me olvidaba, un personaje femenino en Cien Años de Soledad, no tan celebrado como Amaranta, Rebeca o Remedios la Bella, pero que se repite en las historias municipales una y otra vez: Pilar Ternera, la de los oficios domésticos, la que le quitó la inocencia al niño de la casa; esa que con el tiempo perdió la fuerza de los muslos y la dureza de los senos, pero que conservó intacta la locura del corazón.

Dicen los expertos que la novela cumbre de Mario Vargas Llosa es La Guerra del Fin del Mundo, puede ser. Pero lo que yo más disfruté, quizá por identificación vital, fue "La Tía Julia y el escribidor", singular forma de meter en situaciones cotidianas, los valores eternos de la vida. O Como decía Cortázar: esa forma de contar que a Pedro le duele la cabeza, que hace que al final al lector lo que menos le importe al lector es Pedro y la Cefalea.

* Columnista de El Diario de Hoy.

marvingaleasp@hotmail.com