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Un alegato por el disenso

Me canso de estar escuchando el mismo discurso de que el país necesita superar sus divisiones políticas, llegar a acuerdos entre todos sobre el rumbo del 
país, y que entonces nuestros problemas se resolverían. Lo escucho de religiosos, de algunos empresarios que quieren quedar bien con Dios y el diablo, de columnistas que no quieren ofender a nadie. Y de políticos que buscan un nicho electoral predicando “unidad” y “el fin de las ideologías”, y que se ofrecen como salvadores capaces de superar la polarización. 
Sostengo lo contrario: No habrá consenso entre personas, sectores y partidos que en el fondo, aunque no lo dicen claramente, visualizan rumbos muy diferentes e incluso excluyentes para el país. El problema es precisamente que nadie dice con claridad y sinceridad adónde quiere llevar al país.
El déficit nuestro no es de “unidad”, sino de conceptos claros y de discusión abierta de nuestras diferencias. Me encanta que el FMLN haya anunciado que quiere discutir, en su próximo congreso, su concepción del socialismo. Ojalá lo hago con sinceridad y claridad, no de manera cerrada, sino pública; no de manera defensiva, sino ofensiva. Y ojalá que ARENA se atreva a poner en su agenda un debate serio, público y ofensivo sobre el Estado liberal y el carácter del capitalismo que quiere construir en El Salvador.
Lo que nos hace falta es el disenso honesto y transparente, no el consenso. Lo que nos urge es que las diferencias entre las distintas visiones del país se vuelvan tan claras que los ciudadanos, a la hora de votar en 2018 y 2019, puedan tomar una decisión consciente y educada, creando una mayoría alrededor de una propuesta definida. Solo así se puede definir el rumbo. Es ilusorio (o incluso engaño) querer encontrar el rumbo en una mezcla, una fusión o un promedio de posiciones antagónicas.
¿Acaso no son antagónicas las visiones de los dos partidos principales? Aunque no hacen lo suficiente para definir y proyectar con claridad sus visiones, estas inmediatamente se vuelven visibles cuando en el mundo ocurren procesos definitorios. Tomemos el caso de Grecia: Con una claridad que pocas veces muestran en temas nacionales, ante el antagonismo clarísimo de posiciones encontradas, en la crisis europea-griega todo el mundo toma posición: unos por el gobierno socialista y estatista griego, otros por los líderes socialdemócratas, socialcristianos y conservadores que insisten en responsabilidad fiscal para facilitar el crecimiento, mercados libres y sostenibilidad del Estado de Bienestar Social construido en Europa.
Tomemos el ejemplo de Venezuela: Ante la imposibilidad del régimen chavista de gobernar sin represión y sin atentar contra las libertades individuales y empresariales, el FMLN se identifica plenamente con el chavismo y ARENA plenamente con la oposición venezolana. Es reflejo de sus posiciones claramente antagónicas y excluyentes, aunque poco se perfilan con claridad cuando se discute sobre el rumbo de nuestro propio país. Es obvio que en el país existen diferentes visiones sobre el funcionamiento de las instituciones, sobre el tema de la independencia de los poderes, sobre el rol del Estado y del mercado, sobre el significado de “participación ciudadana”, y sobre la relación entre medios de comunicación y Estado. Sería mucho más viable administrar estas diferencias si fueran más claramente asumidas por los actores políticos y sociales. 
Olvidémonos de la ilusión (o el engaño) de que la definición del rumbo que necesita el país para salir de la paralización económica y política, saldrá de la conciliación de las diferencias. Saldrá de la capacidad de los partidos (y de la ciudadanía) de construir mayoría (y no un “consenso nacional” entre todos) alrededor de propuestas claras y no disfrazadas. Solo esto dará al ciudadano votante la posibilidad de apostar por una de las visiones alternativas que los partidos le presentan.
Lo dicho no significa que los partidos, una vez que sus propuestas económicas y políticas sean claramente definidas y proyectadas, no puedan ponerse de acuerdo sobre soluciones prácticas a problemas concretos y urgentes. No se trata de una guerra ideológica entre gobierno y oposición. Se trata de un enfrentamiento de ideas y programas, mediante el debate democrático. Por supuesto las ideologías pueden y deben convivir en un país, pero en competencia, regulada por la Constitución, y no con el permanente engaño que de dos visiones excluyentes vamos a forjar un “consenso nacional”. 

*Columnista de El Diario de Hoy.