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Adulocracia salvadoreña

En el medioevo era normal que existieran ordenanzas reales que obligaban a los súbditos a decir cosas bonitas y cumplidos a los reyes, príncipes y grandes personajes con poder e influencias en la corte so, pena de perder la cabeza o pasar una temporada en un calabozo. A pesar de que no hay leyes que obliguen a adular en los tiempos modernos, quedan algunos resabios que no están escritos en ninguna parte pero que deben cumplirse para curarse en salud y no complicarse la vida.

Son ejemplos las "colaboraciones voluntarias" para el regalo al jefe, para la compra de flores y corona al fallecido padre o abuelo del "macizo", que por cierto uno ni siquiera conoce, participar en marchas prefabricadas para apoyar alguna causa y aplaudir con entusiasmo algún discurso pleitista.

El halagar sin motivo con el objetivo de obtener ventajas, asegurarse un puesto en la organización o ascender a un cargo mejor remunerado es producto de una personalidad miserable en donde campea la baja autoestima y una vocación sórdida muy comunes en la clase política de nuestros tiempos.

El adulador profesional se conduce aparentemente con normalidad, hasta tiene buenas costumbres y una cultura aceptable, pero cuando el mandamás lo llama su personalidad cambia como por arte de magia y emerge su vocación rastrera, zalamera e hipócrita.

La subcultura de la lambisconería alcanza niveles altos en el mundillo político sobre todo en grupos de poder y esferas de influencia. Una modalidad frecuente es el proceder de algunos jefes intermedios que actúan más allá de las directrices del jefe y por ejemplo obligan a los subalternos a trabajar fuera de los horarios no para producir más sino para quedar bien y agradar al "masucho" aunque este ni siquiera se dé cuenta.

Otra variante bastante común son los homenajes a personas que no lo ameritan porque son recién llegados, porque todo mundo sabe de su ineptitud y que antes de tener "cuello" se perdían en el anonimato o por ser parientes del que reparte las "chambas". La repartición de medallas al mérito, diplomas y homenajes a verdaderos "don nadies" y oscuros individuos que nunca pasaron por una aula universitaria, con rostros desgastados que de tanto salir en la pantalla chica terminan cayendo mal.

Es común que cuando el poderoso es aficionado a una actividad deportiva de la noche a la mañana surgen entre las personas que lo rodean nuevos aficionados al deporte del jefe. Y si se trata de competir, los lambiscones fingen ser derrotados ante la "extraordinaria y nunca vista habilidad del adulado" y cuando el "jefazo" es un gastrónomo consumado no se sabe de dónde salen tantos expertos en cocinas exóticas y amantes de la buena mesa.

Los adulados pueden reaccionar de varias maneras, aquellos que rechazan todo tipo de servilismo; los que lo permiten por un tiempo para darse cuenta de qué clase de gente están rodeados; finalmente, los que creen que todo lo que les dicen es verdad, a menudo narcisistas con grandes complejos que necesitan que alguien les esté recordando a cada rato que él es el jefe, el que manda, el más bello y sabio y el líder de la más brillante oratoria.

*Dr. en Medicina.

Colaborador de El Diario de Hoy