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La aceptación de la mediocridad y la incompetencia

En estas elecciones parece que hemos dado un salto de varias décadas hacia atrás. Por años, yo había llegado a votar a las siete en punto para salir rápido del trámite, y lo había logrado siempre. Esta vez abrieron mi puesto de votación a las nueve menos veinte, casi dos horas después de la hora debida. El lugar de entrada, que siempre había estado un poco sucio, ahora estaba definitivamente puerco, como si a propósito el público botara la basura y los encargados de limpiarla se negaran a hacerlo.

En años anteriores, los resultados se daban en la misma noche. Ahora es viernes, cinco días después de la votación, y todavía no hay resultados oficiales. El Tribunal Supremo Electoral dice que la cuenta tomará al menos una semana más. El Tribunal ha contratado empresas a deshoras para que ayuden a contar los votos. Se robaron las fibras ópticas que iban a servir para transmitir los datos. Hay un aire de ineficiencia e incompetencia que permea el proceso entero. Es un aire que no existía ni aun en los años de la guerra, cuando la guerrilla amenazaba con atacar las filas de votantes. Nos acostumbramos a procesos ordenados de votación y a tener los resultados rápidamente.

Ciertamente que en esta votación el conteo ha sido más complicado, pero igual con un poco de organización podría haberse llevado a cabo con mucha más celeridad y eficiencia. El atraso y el desorden son inaceptables en cualquier actividad pública, pero lo es peor cuando afecta la base misma de la democracia del país. De todos es conocido que la falta de transparencia, la lentitud de los procesos, la negligencia y el descuido forman un caldo de cultivo ideal para los fraudes.

Ha habido protestas pero no como el desastre administrativo amerita. Es como si la gente, aunque molesta, aceptara como algo inevitable que la mediocridad impere, que las cosas y los procedimientos decaigan, que el descuido y el riesgo de la potencial trampa en las cosas públicas se vuelva la norma. Esto es la marca de un proceso de corrupción interna en la sociedad que desgraciadamente se ha estado configurando en el país.

El Salvador ha declinando en términos de eficiencia administrativa rápidamente en los últimos años. Y la gente lo ha aceptado, ha seguido eligiendo a los más ineficientes, quienes se defienden diciendo que las cosas siempre fueron así de ineficientes y mediocres. Y después de que lo repiten muchas veces, mucha gente cree que es cierto. Esa aceptación de la mediocridad es la muerte del desarrollo.

La exigencia de las sociedades en términos de la calidad y precio de las cosas que consumen es un factor clave en la competitividad de las naciones. Países donde la gente es muy exigente se vuelven muy competitivos porque los productores no tienen ninguna oportunidad de subsistir si no llenan los altos requisitos de la población. La competitividad se vuelve más específica cuando la gente es más exigente con ciertos productos o con ciertos aspectos de los productos, como la moda femenina en Milán y en París, o como los automóviles deportivos en Alemania, Inglaterra y el norte de Italia. El diseño italiano es reconocido en todo el mundo porque los italianos son muy exigentes para el diseño.

Lo mismo pasa en otras dimensiones de la vida, como la política y la administración pública. Países en donde la gente es intolerante con la corrupción tienden a ser muy probos, y en donde la gente defiende sus derechos tienden a ser muy democráticos. En donde exigen la eficiencia en la administración pública son muy eficientes. El subdesarrollo se caracteriza por la falta de exigencia, por las bajas expectativas, por la aceptación de la negligencia, por la quieta aceptación de la decadencia misma.

La gente tiene que exigir más. Con su apatía hacia la mediocridad, manifiesta en su actitud indiferente hacia el desastre electoral, El Salvador, en vez de desarrollarse, se está orientando hacia atrás, hacia más subdesarrollo. El abuso del gobierno llegará sólo hasta donde se lo permitan los salvadoreños.

*Máster en Economía,

Northwestern University.

Columnista de El Diario de Hoy.