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La abrumante ola delictual y las preocupantes declaraciones oficiales

Resulta difícil encontrar una analogía que describa y dimensione de forma adecuada la gravedad de la ola de violencia que enluta al país. La cantidad de agresiones letales no tiene precedentes. El Estado, desde el fin del conflicto armado, no había enfrentado una ofensiva delictual en contra de la Policía. El Salvador nunca había adolecido de un déficit tan profundo de liderazgo gubernamental durante una crisis nacional.

Este lunes, después de la más sangrienta Semana Santa de la última década, los comisionados Mauricio Ramírez Landaverde y Howard Cotto, director y subdirector de la Policía, respectivamente, amanecieron en el programa de entrevistas Frente a Frente para hablar sobre la espiral de violencia que ha plagado los noticieros y redes sociales. Ambos, empleando su envidiable don de oratoria, dieron sus propias lecturas sobre la situación. Después de escuchar con atención sus intervenciones, quedé aún más preocupado sobre lo que le depara al país.

Siempre que veo a estos funcionarios quedo angustiado. Ramírez y Cotto son una pareja dispareja. Sus afinidades dentro de los grupos que conforman la izquierda ortodoxa salvadoreña, sus trayectorias y estilos profesionales, y sus personalidades, son en extremo diferentes. Esto podría ser algo bueno si fueran complementarios, ya que garantizaría una dirección estratégica y operativa más integral. Sin embargo, Ramírez y Cotto son personajes antagónicos e incompatibles. Este disfuncional engranaje es evidente en todas las interacciones públicas de estos jefes policiales y, muchos sostienen, las indiscutibles discrepancias se traducen en cruentas luchas de poder, traiciones y zancadillas, todo en detrimento del trabajo antidelincuencial. Esto siempre me deja consternado.

El lunes por la mañana, las incómodas interacciones de ambos funcionarios, como de costumbre, me dejaron preocupado, pero me quedé aún más perturbado por el contenido de sus intervenciones. Ramírez y Cotto, como muchos de sus antecesores, dedicaron parte significativa del programa para, en esencia, justificar el trabajo de la Policía citando las estadísticas de capturas diarias y población penitenciaria. Argumentaron, utilizando estas cifras, que la Policía está haciendo su parte, pero que otros sectores de la sociedad necesitan hacer lo suyo. Los comisionados, para ilustrar su punto, explicaron que el aparato de seguridad no puede hacer que las pandillas dejen de ser atractivas para los jóvenes de las comunidades en las que operan.

Esta lógica es alarmante, ya que devela que las máximas autoridades policiales no logran interpretar la realidad que se esconde en sus mismas cifras y no conocen la dinámica subyacente de los patrones delictuales pandilleros. Bajo estos argumentos, me pregunto, por ejemplo, qué capacidad tienen otros sectores sociales para controlar la ola de homicidios perpetrados por pandilleros en contra de policías. ¡Ninguna!

La Policía puede estar capturando a miles de personas cada mes y los centros penales albergando a una población carcelaria que ronda ya los treinta mil internos, pero esto no significa que su trabajo sea efectivo. La efectividad de los golpes asestados se mide con el debilitamiento de la estructura criminal. La crisis actual indica que este no es el caso. El trabajo reactivo policial y la falta de un esquema analítico no han permitido dar contundentes golpes quirúrgicos a las pandillas. Actualmente, estas estructuras delictivas atraen a los jóvenes porque son referentes de poder, dinero e influencia en sus comunidades, derivados precisamente de sus actividades criminales. La Policía, contrario a lo que opinan sus máximas autoridades, puede y tiene que quitarle el atractivo a las pandillas interrumpiendo sus lucrativas empresas criminales.

La Policía necesita ser más analítica para enfocar mejor su abordaje y, como resultado, ser efectiva. Esperemos que las accidentadas declaraciones de los comisionados no reflejen su verdadero entendimiento de la criminalidad y solo sean una forma desafortunada de enfrentar el haber sido utilizados como escudo por sus jefes, que buscaron no ser salpicados al no asumir públicamente responsabilidad alguna por la ola de violencia.

*Criminólogo. @cponce_sv