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A 100 años de la Gran Guerra

En un caluroso día de junio, dos disparos resonaron en el centro de Sarajevo. Un hombre y una mujer cayeron abatidos en su coche. En pocas semanas, una guerra que finalmente devoró a casi todo el mundo había comenzado, redefiniendo el mapa y el orden social de Europa, dejando una marca indeleble en el mundo.

Los imperios que se hicieron añicos en la Primera Guerra Mundial han pasado a la historia, pero las fuerzas que hicieron posible el conflicto, las fuerzas, como el nacionalismo, la lucha económica, alianzas de poder complejas y las preocupaciones sobre el potencial de la agresión rusa, están tan vivos hoy como lo estuvieron hace un siglo. Y las implicaciones de estas tendencias para el futuro siguen siendo igualmente profundas.

Y si bien no se pronostica la llegada de otra Gran Guerra, se reconocen ciertos paralelismos que incluso ahora están sacudiendo la estructura de la Europa moderna, el creciente nacionalismo, las acciones de Rusia por afianzar territorio y mantener su influencia, la gobernanza política y económica fragmentada, y los intereses en conflicto de estados individuales, incluso dentro de los confines de una Unión ampliada.

La Gran Guerra, que comenzó en el verano de 1914 y terminó en la primavera de 1918 se puede narrar desde ángulos diferentes. Desde la óptica de los vencidos, de los vencedores o de ambos; desde el tradicional relato histórico o desde la recreación de batallas; también se puede desde los muertos, casi 10 millones.

La primera víctima de la guerra, visto retrospectivamente fue el Archiduque Francisco Fernando, asesinado el 28 de junio de 1914 en Sarajevo, cuando estaba de visita por los territorios exteriores, repletos de tensiones nacionalistas. Su muerte es considerada como "la chispa de la Gran Guerra". Un mes y medio después, tras una escalada diplomática y de alianzas cruzadas entre los diferentes estados europeos, comenzarían las hostilidades.

Antes de esta Primera Guerra Mundial, la geopolítica europea ya se dividía en bandos, agrupados por una mezcla de intereses estratégicos, políticos y por afinidades históricas y culturales. Así, la conocida como Entente era la alianza constituida por Gran Bretaña, Rusia y Francia. Adversarias eran las potencias centrales, lideradas por Alemania, el Imperio Austrohúngaro y Bulgaria, a la que se unió el Imperio Otomano.

Las democracias liberales, cuya naturaleza dista bastante de nuestras actuales democracias, eran la forma de gobierno más extendida y con mejor prensa entre las élites políticas de los Estados. Una mezcla de liberalismo económico, despotismo ilustrado y democracia en ciernes. El liberalismo, pese a que las naciones triunfadoras de la guerra lo practicaban, salió al cabo derrotado de la Gran Guerra. En la era de los extremos, que nació en 1918, no había cabida para la vieja política. Uno de los conceptos políticos que más influyeron en la mentalidad prebélica de las naciones europeas fue el nacionalismo, una forma de patriotismo exacerbado, apoyado en argumentos raciales y seudocientíficos de la época. Combatir por la Patria era algo que estaba bien visto antes de comenzar la guerra y durante sus primeros meses. La situación, después de una carnicería de cuatro años cambiaría esta mentalidad. El patriotismo se ablandó, pero el nacionalismo surgió con fuerza en los estados surgidos de la descomposición de las fronteras y de los movimientos políticos de masas, que hacían de sustitutos laicos de la religión.

Entonces un soldado anónimo, Adolf Hitler, participó como cabo en la Primera Guerra. Su experiencia bélica combinada con la derrota de Alemania, contribuirían a formar y desarrollar los demonios interiores del futuro dictador. Su patológico resentimiento por la decadencia germana se materializaría luego en la historia con millones de asesinatos.

* Colaborador de El Diario de Hoy.

resmahan@hotmail.com