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Viviendo entre cielos

Con una experiencia de 40 años surcando los cielos "El Sobrino" es uno de los más experimentados pilotos comerciales de la aerolínea Avianca

El capitán Jaime Cuéllar en uno de sus vuelos con destino a Bogotá, Colombia. Fotos EDH / Mauricio Cáceres

El capitán Jaime Cuéllar en uno de sus vuelos con destino a Bogotá, Colombia. Fotos EDH / Mauricio Cáceres

El capitán Jaime Cuéllar en uno de sus vuelos con destino a Bogotá, Colombia. Fotos EDH / Mauricio Cáceres

Es placentero, bonito y desestresante hacer un viaje a cualquier parte del mundo, y la comodidad, la tranquilidad y seguridad dentro de un avión es una de las cosas que disfruta el viajero, además de comida bien preparada, bebidas, una frazada, una almohada y películas. Todo eso ofrecen las lineas aéreas.

Sin embargo, nunca nos damos cuenta de quién o quiénes están a cargo de todo el servicio abordo y solo escuchamos su voz por un parlante en el que nos da las indicaciones e instrucciones de seguridad por cualquier percance durante el vuelo.

Se trata del capitán. El responsable de todos los pasajeros que van a bordo.

Él tiene una gran compromiso con la seguridad de cada uno de ellos, de todos esos que viajan en avión por placer, turismo o trabajo a todas partes del mundo, ya que es el único medio de transporte que los puede llevar en cuestión de horas a lugares muy lejanos.

En el grupo Avianca Airlines, lo que anteriormente fue TACA, cuenta con pilotos experimentados que casi nadie conoce, solo los ven con sus maletas en los aeropuertos.

A él le llaman el "El Sobrino", hasta hoy, título que se ganó porque siempre acompañaba al hermano de su madre, quien lo incentivó en la aviación.

"El Sobrino" es Jaime Enrique Cuéllar, de 60 años, con más de 40 años de experiencia en volar, y hoy cuenta sus aventuras en el aire.

Cuéllar es un experimentado capitán de Avianca Airlines, y es uno de los pilotos que ha visto con el tiempo la tecnología análoga y la digital en los aviones, a la cual se adaptó muy rápido.

Comenzó a volar en 1974 después de salir como bachiller, y cuando pensó en su siguiente carrera profesional su madre lo motivó para que estudiara aviación en el exterior, por lo que inició entrenamientos en Estados Unidos, porque uno de sus mayores sueños era trabajar en TACA.

Y a pesar de conocer lo peligroso de esta profesión, a Jaime nada lo detuvo y comenzó a volar en avionetas fumigadoras, ahí culminó las horas de vuelo que necesitaba para iniciar en los aviones comerciales en TACA, ahora Avianca Airlines.

Uno de los requisitos para estar en una línea aérea es estar en constante adiestramiento, por lo que Jaime asiste a sus entrenamientos en un simulador cada seis meses, en el que pasa un examen que le garantiza mantener su licencia y su trabajo.

El simulador, ubicado en Comalapa, es sumamente caro y es igual que estar en un avión real.

Otro de los entrenamientos es en una piscina, en la que se aborda una balsa inflable y se muestran las habilidades como si se estuviera en pleno mar.

Además, hay otras prácticas, como estar listo para abrir la puerta de emergencia y conocer el uso adecuado del tobogán para garantizar la seguridad de todos los viajeros.

Su día de trabajo

Jaime sale desde muy temprano de su casa. Se despide de su esposa, con quien ha procreado tres hijos, dos varones y una mujer, todos profesionales. Un microbús lo recoge en su casa para llevarlo al aeropuerto.

Ahí entra al salón VIP que tienen los pilotos, en el que encuentra la camaradería de otros profesionales de la aviación. Se saludan y luego busca a su copiloto, es este caso un hondureño de nombre José Lino Martínez, con quien viajó a Colombia.

Hay una sala en la que todos los pilotos se reúnen para ver la cartilla de vuelo.

Después, Cuéllar y Martínez se dirigen al avión, un 636 de 150 pasajeros, para su chequeo general, y luego emprender el vuelo hacia el aeropuerto El Dorado, de Bogotá, Colombia.

Crónica

Como fotoperiodista tuve la oportunidad de ser el tercero en la cabina para hacer mis tomas fotográficas sin estorbar en ningún momento a los pilotos, que con mucha responsabilidad y profesionalismo hicieron un chequeo general de toda la aeronave.

Primero se reunieron con las azafatas del vuelo, con quienes siempre hacen una minireunión para informarles de cualquier cambio. Después Jaime se baja del avión y le hace un chequeo en la pista. Ahí revisa hasta el último rincón del avión para dar el visto bueno de que todo está en total normalidad.

El experimentado piloto, además, debe firmar muchos papeles que le llevan los mecánicos de pista, quienes están atentos de la aeronave que saldrá. Durante el despeje, Jaime y Martínez se ponen de acuerdo y se comunican a la torre de control, la que les da la autorización para salir con rumbo a Bogotá.

Observé que con mucha serenidad, Jaime tomó el control del 636 de Avianca, con rumbo al sur. La tecnología con la cual estos aviones cuentan les facilita a los pilotos desviarse de muchas tormentas. Y así lo hizo Jaime. En su radar aparecieron varias tormentas, ambos pilotos, muy atentos, pidieron autorización para desviarse, con ello estaban garantizando la seguridad de la aeronave, los pasajeros y la tripulación.

Piloto y copiloto no comen lo mismo. A Jaime le ofrecieron un tipo de comida diferente a la de José; y eso es por prevención.

En caso de que una comida les haga daño, solo uno se enfermará; también se hace por seguridad.

Así hay muchos detalles abordo. Fueron casi tres horas de vuelo y ellos en ningún momento se durmieron, siempre estuvieron atentos hasta aterrizar en Bogotá.

Cuéllar inició a trabajar con TACA 1987, recibió entrenamiento en Estados Unidos, que fueron hasta de 50 horas.

"Inicié en 1974, tengo 40 años de ser piloto. Al terminar mi colegio de bachiller mi madre me dijo que si me iba para Israel con unos amigos. Estuve en la parte de la siembra del algodón y preparativos de los trabajos agrícolas", comentó.

Agregó que comenzó fumigando algodoneras, ya que un tío de él era dueño de Eerocomander, por lo que volaba aviones de fumigación. Después se fue a una escuela de aviación de Ilopango.

Ahí inició sus clases y terminó con las 250 horas para obtener su licencia comercial. Esa es parte de la historia de Jaime, una historia que está llena de sacrificios, disciplina y satisfacciones.

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