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Una república marítima: el mito del puerto y el humanismo cívico

“El dinero es a la ciudad, lo que la sangre es al individuo”. Leonardo Bruni en su obra Económica (siglo XV)

Miller

 Imagen del Puerto renacentista de Venecia. | Foto por Internet

  Imagen del Puerto renacentista de Venecia.

Comenzando el siglo XV en Florencia apareció una defensa tenaz de la libertad de la república y un surgimiento de una ética que promovió la participación cívica entre los ciudadanos y humanistas en la construcción de su república cristiana en medio de tumultos, ambiciones, venganzas, masacres, homicidios y corrupción rampante.

De hecho, en el  año 1400 toda Europa fue desgarrada por conflictos internos muy graves:  guerras religiosas, disputas doctrinales, ciudad contra ciudad, facción contra facción y rey y príncipe contra rey y príncipe.

Ampliamos la visión de una república urbana en construcción, gobernada por humanistas cívicos, banqueros, empresarios y mercaderes tomando, como ejemplos, Pisa, Genova la Superba o la Serenísima República de Venecia del siglo XV.  Estas ciudades portuarias las podemos ubicar plenamente en la categoría de república marítima en el miasma de violencia y en el surgimiento de esperanzas para concertación.

La riqueza de estas ciudades portuarias de la Modernidad Temprana de los siglos XIV-XV (un período que antes se conoció como el Renacimiento), como los ejemplos mencionados, es heredada o acumulada desde el comercio marítimo de larga distancia, requisito para ostentar, manejar y mantener el poder político.  Y la primera acumulación de capital de consideración en la Europa Occidental provenía del negocio de transportar a los Cruzados desde Europa, comenzando en  1190, hacia la ciudad sagrada de Jerusalén en Levante.

Este transporte requería barcos especializados para transportar caballeros fuertemente armados y sus enormes y macizos caballos de guerra (en una especie de cunas de cuero colgadas del cielo del barco para que, en las tormentas fuertes en el camino para atravesar al oriente del Mar Mediterráneo, no se rompieran sus valiosas piernas).

En un panorama más amplio, el transporte de los Cruzados, sus caballos y sus séquitos armados requería también la alimentación, alojamiento, bodegas, servicios de traductores y notarios y un sinfín de otros servicios cobrados y pagados. Todo contribuyó a la acumulación del dinero, el capital que es la sangre de la vida para la construcción de una ciudad portuaria-estado-república marítima.  

Nada de eso funcionaba en estas repúblicas nuevamente ricas, sin cuentas bancarias, letras de cambio y líneas de créditos internacionales para financiar a la educación profunda que era un sine qua non para cualquier persona que deseaba asumir funciones importantes de estadista, diplomático o líder de cualquier índole en el gobierno de estas nuevas repúblicas marítimas, las economías de las cuales eran involucradas en el comercio marítimo de larga distancia. Con este último término se quiere comunicar navegación no cerca de las costas, pero por alta mar, navegando muy lejos de la costa de destinación, ya sea desde Genova a Jerusalén o desde Acra a Pisa en el Mar Mediterráneo del oriente.  Y todo eso requería protección militar de las rutas marítimas; ergo, flotas navales y ejércitos privados.

Obviamente, esta acumulación de capital requería una educación de alta calidad para manejar el erario y dirigir las estrategias—manejar las riendas—del gobierno consonante con lo que se denominaba el humanismo cívico. 

Y la república era el receptáculo físico o contenedor para esta nueva filosofía del gobierno, el humanismo cívico, que dio a nacer un nuevo movimiento y nueva formación gubernamental, que creció desde el humanismo, producto de la búsqueda de la sabiduría y limpieza en el gobierno practicado por sus ancestros en la península italiana:  los Romanos.  

Por ejemplo, las ideas éticas del abogado y filósofo romano Marco Tulio Cicerón encapsularon la ética del mos maiorum (i.e. las prácticas y costumbres de sus ancestros de la República Romana) que sobrevivió no solamente en las excavaciones arqueológicas debajo de sus propios pies, en los siglos XIV-XV, sino en los textos y manuscritos de los pensadores de la Antigua Roma preservados en los scriptoria y bibliotecas de los monasterios de toda Europa.  Pero como Cicerón no era cristiano se tenían que hacer ajustes entre la buena ética ciceroniana y las creencias de la Cristiandad.

La influencia de Roma en el humanismo cívico y cristiano era una tendencia tan fuerte que recientemente los profesores eruditos de historia en la Universidad de Cambridge no denominan estos pensadores florentinos del siglo XV “humanistas”, sino que “neo-Romanos”, como en el caso del importante historiador Quentin Skinner. (Véanse Visions of Politics, (Cambridge, 2002).

Los romanos, siendo ancestros prestigiosos de las repúblicas y monarquías de la península italiana, tenían la palabra junto con la Iglesia entre los humanistas cívicos de Florencia, Venecia, Genova y Pisa. Los humanistas cívicos analizaban su pasado ancestral romano bajo la lupa de obras y documentos desenterrados que iluminaban las ideas romanas junto con la teología y práctica del Catolicismo de las repúblicas en formación en un afán humanístico aplicado a la construcción de una república. Eso era una práctica de ir ad fontes (es decir, “desde las fuentes” filosóficas, intelectuales y éticas de los ancestros romanos junto con las doctrinas de la Iglesia).  

Para ir ad fontes los humanistas buscaron en los manantiales de conciencia ancestral preservada en documentos por siglos hasta los siglos de la Modernidad Temprana, en las telarañas, en los polvosos sótanos y bibliotecas de los monasterios de Europa o en el equipaje de los refugiados huyendo hacia la costa del Mar Adriático a Ravenna en el norte de la península itálica desde Constantinopla, cuando esta majestuosa ciudad portuaria cayó ante los Turcos Otomanos en 1453.

La posibilidad de cambio—mutabilidad—fue prestada no solamente de los tratados del famoso Cicerón y demás pensadores romanos, si no también del gran poeta romano Publius Ovidius Naso (Ovidio para nosotros) en su largo poema Los Metamorfoses, que inmortaliza las mutaciones por medio de las cuales los Romanos lograron formar la vida civilizada.  

Tal vez recordamos del ejemplo por excelencia que nos presenta Ovidio en su obra Los Metamorfoses, de la metamorfosis de Dafne, una bella joven ninfa adolescente, quien rechazando el acoso sexual del dios Apolo pide a su padre una manera de escapar a las atenciones del dios.  

Su padre, utilizando un proceso de mutabilidad, rescataba a su hija por medio de una transformación de ella en un árbol de laurel.  De sus brazos y dedos levantados, en suplicación para escapar la violencia ofrecida por el dios, comienzan a crecer hojas de laurel. Continúa el proceso de mutabilidad hasta que  ella se transforma plenamente en un árbol de laurel:  un símbolo de crecimiento y producción que escapa de la violencia que casi la agobia.  

El árbol de laurel es una planta verde y bella, símbolo del florecimiento de  la educación humanística en los gobiernos de las repúblicas ya mencionadas.
Así que, la construcción de una república necesitaba una metamorfosis desde la violencia, venganza y conflicto hacia la esperanza y crecimiento por medio de la creación de una educación en base del humanismo cívico para los que gobiernan; dinero para financiarla y---no menos importante-- un puerto para que se califique como república marítima que generaba riqueza.  

Un último factor—y tal vez lo más importante de todos estos factores—es que los ciudadanos deberán creer en el futuro y en las posibilidades de riqueza combinados con la ética en los gobiernos del humanismo cívico y cristiano aplicado a la vida pública en los de estas repúblicas marítimas.  

La combinación del humanismo cívico y la creciente economía produjo mitos energizantes que penetran el  psique de los ciudadanos portuarios escritos en mayúscula que crecieron al estatus de un estado; y porque los ciudadanos creyeron en la posibilidad de una república sana y rica es que fueron capaces de crearla.

Una clave, en cierto sentido  entonces, es un puerto y todo lo que requería para su funcionamiento, incluyendo un buen gobierno basado en el humanismo cívico, dinero acumulándose para financiarlo y ciudadanos que crean en el futuro y sus posibilidades. La mutabilidad era una alusión no solamente al movimiento desde la deformación, violencia y mutilación hasta la exaltación de una sociedad.  Era la transformación a la vida moral y a la transhumanización de las actividades a las que se dedica el ser humano para construir un estado. Así es la necesidad de la aplicación del humanismo cívico en el gobierno.

Venecia, Génova y Pisa, por ejemplo, eran originalmente ciudades sin importancia, que sin embargo brotaron como flores  lujuriosas en el desarrollo de sus puertos y el ejercicio del comercio marítimo en su construcción por ciudadanos que creyeran en su ciudad portuaria que, por lo tanto, creció y pasó una metamorfosis para llegar a ser repúblicas marítimas llenas de esperanza por medio del humanismo cívico en todo su esplendor.

Para finalizar, consideramos un ejemplo de mutabilidad en que el futuro es visualizado en los puertos del Pacífico en el siglo XXI. Es el ejemplo de la geografía portuaria de Venecia que creció, desde el siglo VI, desde pantanos sin tierra en que los refugiados no tenían nada que vender más que la sal del océano y el pescado seco.  
Desde este humilde comienzo y sus creencias en el mito energizante de la posibilidad de su futura grandeza, llegaron por medio del humanismo cívico y cristiano a formar la exitosa y lucrativa República Serenissima de Venecia, la más rica de las repúblicas italianas en el siglo XV. 

Comparamos, entonces, el potencial del Puerto de La Unión con el desarrollo de  las ciudades portuarias del Mar Adriático con esta ciudad portuaria de la Costa Pacífica en la creación de una república marítima. Y para tomar un ejemplo de la Cuenca del Pacífico en el siglo XXI comparamos el puerto de La Unión con el puerto de Shanghai, ambos en la Cuenca del Pacífico.

En el momento en que se puede edificar el gran Puerto de La Unión, se pueden percibir las posibles transformaciones saludables en la vida moral nacional que cambiará radicalmente con los nuevos tratados de libre comercio internacionales que vienen en camino—quiérase o no—con el desarrollo del puerto y la acumulación del capital.

Pero tal vez  requiere el secreto de la traducción del humanismo cívico en la manera del  siglo XV hasta el siglo XXI.  Hay tiempo todavía para escoger unas metáforas nacionales que pueden captar las imaginaciones de los futuros gobiernos y ciudadanos (que esperamos que sean altamente educados). 
Agregamos el sueño del comercio marítimo a la visión del país, imaginando un puerto que funciona. El país puede crecer, como nos dice Leonardo Bruni en su obra Económica, hasta que parezca una república en que la riqueza es como la sangre de los ciudadanos en una economía que prospera por medio de un puerto magnífico.  Las transformaciones que resultan de la creencia de los ciudadanos en un mito energizante, puede producir el prestigio internacional de una República Marítima de El Salvador. 
FIN

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