Lee la versión Epaper
Suscríbase
Lee la versión Epaper

Tercera edad, sin leyes que brinden protección social

b El desempleo, el abandono y el maltrato figuran como causas de la mendicidad en los adultos mayores

La mendicidad es la única forma en que los adultos mayores que deambulan por el gran San Salvador obtienen ingresos. Lo recolectado apenas alcanza para un almuerzo. Foto edh / Archivo

La mendicidad es la única forma en que los adultos mayores que deambulan por el gran San Salvador obtienen ingresos. Lo recolectado apenas alcanza para un almuerzo. Foto...

La mendicidad es la única forma en que los adultos mayores que deambulan por el gran San Salvador obtienen ingresos. Lo recolectado apenas alcanza para un almuerzo. Foto edh / Archivo

Envejecer en El Salvador resulta muy difícil para los ciudadanos que se encuentran en el rango de la tercera edad, o se acercan ella, sobre todo porque no existen leyes que los amparen y muchos de ellos terminan en la mendicidad o en un asilo.

A excepción de los pocos que gozan de una pensión por sus años de servicio laboral, lo que no significa que no pasen carencias o terminen en el abandono, un gran número de ellos ya se encuentran viviendo de la caridad.

El VI Censo de Población y V de Vivienda que realizó en 2007 la Dirección General de Estadística y Censo (Digestyc) del Ministerio de Economía, estableció que en el país existen 361,878 personas de 60 año a más, lo que representa el 9.4 % de la población. Se prevé que el porcentaje que en el año 2050 la cifra será de un 24 %.

Don Joaquín Guardado es parte de esa cifra. A sus 76 años aún continúa vendiendo billetes de lotería en el centro de San Salvador para llevar el sustento para él y su esposa.

Aseguró haberse iniciado en esta actividad comercial cuando tenía cerca de 20 años, luego de emigrar a la capita desde de Arcatao, Chalatenango.

El éxodo de su familia fue a raíz de la guerra entre Honduras y El Salvador, en 1969.

Desde entonces él, junto a sus nueve hermanos, buscaron oportunidades para ganarse la vida de una manera digna.

La falta de escolaridad se convirtió en la principal limitante para encontrar un trabajo que le garantizara una pensión ya que solo cursó primer grado.

"Antes se creía que el estudio no le daba de comer a uno, pero hoy que estoy viejo la cosa es más seria, porque ni trabajo encontramos y debemos rebuscarnos para ganar unos centavitos", afirmó.

Don Joaquín es uno de los muchos ancianos que no poseen una pensión ni servicios médicos, entre otras prestaciones sociales que todo anciano debería tener derecho.

En las calles y plazas de El Salvador es fácil encontrar a algunos ancianos con ansias de hallar oportunidades de trabajo en el sector informal, mientras que otros recurren a la mendicidad como medio de sobrevivencia.

Ese es el caso de Mario Reinhartd de 83 años, un anciano con serios problemas de salud y, además, con una discapacidad. Él se gana la vida recolectando latas, cartón y plásticos, para suplir de alguna manera sus necesidades.

Según relata, su padre era de Hawaii, uno de los Estados de Estados Unidos, y su mamá usuluteca. Por cosas del destino terminó su juventud en Usulután, junto a su madre.

Años después quedó huérfano y sin casa, solo con el amparo de Dios y trabajando de cualquier cosa.

Antes de ser parte de los pupilos del dormitorio público municipal, durmió 10 años en el Portal La Dalia, en el corazón del Centro Histórico de San Salvador.

La calle ya no lo asusta, pero su avanzada edad lo doblegó, por eso optó por dormir en este albergue, donde ya lleva 14 años refugiándose de las frías y lluviosas noches.

"El dormitorio es una bendición para quienes no tenemos dónde pasar la oscurana. Algunos personas caritativas nos regalan cena. Aquí tenemos techo y agua para bañarnos y lavar nuestra ropa, hasta televisión vemos", contó con mucha complacencia.

Su compañera de vida, Blanca Alvarado, también pernocta en el mismo lugar, pero en camas separadas ya que las mujeres están en otra habitación.

Ambos aseguran haber tenido una vida de maltrato y abandono, esa es la razón de vivir bajo el amparo de la generosidad del Comité Manos Fraternas, iglesias, alcaldías, e incluso el apoyo de personas particulares.

Por suerte, explicó, tienen donde dormir, porque otros ancianos se quedan en las aceras, debajo de los puentes o en casas abandonadas.

De acuerdo a Roberto Panameño, encargado de la administración del único dormitorio público de San Salvador, este lugar tiene registrado un promedio de 52 personas, 20 son ancianos.

Las condiciones del lugar son sencillas pero permiten un cálido y temporal descanso a quienes ahí llegan cada noche.

Mucho por hacer

Para Olga Miranda, presidenta de la Fundación Salvadoreña para la Tercera Edad (Fusate), la lucha por hacer valer los derechos de los adultos mayores no ha terminado.

Con más de 24 años de trabajar con este población, aún lamenta la indiferencia de las autoridades por aprobar leyes que otorguen beneficios dignos a estas personas.

"Hay leyes, pero aún están en revisión y otras engavetadas. Para nosotros la situación del adulto mayor es aflictiva y las donaciones, que son nuestro soporte, han menguado", refirió la presidenta de Fusate.

De acuerdo con Miranda, el país tiene dos grupos poblacionales de adultos mayores.

Los primeros tienen, al menos, un ingreso mínimo para suplir las necesidades inmediatas, no así los gastos médicos para tratar enfermedades propias de la vejez como los problemas cardíacos, respiratorios, artríticos y diabéticos.

Para solventarlos deben emplearse en supermercados, recurrir al sector informal o buscar una actividad que les permita obtener ingresos extras para ese fin.

El otro grupo lo conforman las personas que nunca cotizaron y han envejecido sin ningún beneficio de ley.

Amas de casa, vendedores, recolectores, jardineros, domésticas, y la lista continúa. Para estas personas la situación es mucho más precaria.

Tal es el caso de doña Paula Henríquez , una mujer de 63 años que trabajaba de lavar y planchar. Ella tiene tres hijos, pero ninguno se hizo cargo de cuidarla al verla enferma.

Hoy permanece postrada en cama y es la única usuaria del dormitorio público de San Salvador a la que le permiten quedarse todo el día por su avanzada diabetes.

Su caso de abandono no es el único, en la gran urbe de San Salvador la población indigente se cuenta con facilidad al caer la noche.

La ruidosa capital se convierte en un dormitorio para hombres y mujeres que sobrepasan los 60 años, y que solo poseen la esperanza de contar con un cartón para abrigarse y una taza de café caliente que los ángeles nocturnos lleguen a dejarles dos o tres veces por semana.

Lea además
Abrimos este espacio para el fomento de la libre expresión, que contribuya al debate y a la crítica constructiva. Te invitamos a hacer buen uso y a leer las normas de participación